Cuatro días antes de su discurso sobre el Estado de la Unión, Donald Trump estalló. “Es una desgracia”, dijo durante un desayuno con gobernadores al recibir una nota que le informaba de que el Tribunal Supremo acababa de asestar uno de los golpes más duros de su segundo mandato. Según uno de los presentes, que habló bajo condición de anonimato, el presidente interrumpió su intervención y abandonó la sala abruptamente. Su herramienta predilecta de poder, los aranceles, la golosina que quita y pone a su antojo para manejar su agenda económica y geopolítica, le fue arrebatada de improvisto.
El discurso del martes por la noche en el Capitolio marcará el inicio de una campaña de mitad de mandato. Normalmente, está centrado en el mensaje de la reducción de costes para las familias y en la reivindicación de los logros del primer año. En lugar de eso, Trump llegará al Capitolio en mitad de una tormenta con señales de desaceleración económica, tensiones militares en Oriente Próximo, una agencia federal paralizada por el pulso migratorio con los demócratas y una sentencia del Tribunal Supremo que cuestiona el alcance de su poder ejecutivo.

El fallo del Supremo, adoptado por seis magistrados de los nueve que lo componen incluidos dos nombrados por el propio Trump, establece que el presidente no puede imponer de manera unilateral aranceles globales al amparo de una emergencia económica internacional. Esa facultad, subraya la mayoría, reside en el Congreso. La inusual coalición, que mezcló alas ideológicas opuestas, convirtió el revés en una bofetada a la política económica del actual Presidente.
“Es su política económica insignia, y cuatro días antes del Estado de la Unión, el tribunal le ha rechazado públicamente”, resumió una exresponsable comercial demócrata. La Casa Blanca intentó restar hierro al asunto asegurando que existen otras herramientas legales para mantener niveles de recaudación similares en 2026. Pero el golpe es innegable. Los aranceles han sido el “rotulador mágico” con el que Trump ha dibujado amenazas y concesiones en la escena internacional, desde su presión sobre aliados tradicionales hasta sus pulsos con China o la Unión Europea. Sin ese instrumento inmediato, su margen de maniobra se estrecha.
El presidente no ocultó su enfado. En una comparecencia improvisada calificó la sentencia de “profundamente decepcionante” y acusó a algunos magistrados de carecer de valor para “hacer lo correcto por el país”. En un mensaje posterior este mismo lunes en su red social, fue más allá y sugirió que ese mismo tribunal podría fallar en su contra en el caso pendiente sobre la ciudadanía por nacimiento, vinculada a la Decimocuarta Enmienda. El tono, agrio y desafiante, anticipa que el martes en su discurso habrá espacio para la ira contra los jueces que, según dice, se le han puesto en contra a él y a Estados Unidos.

En defensa de la legislatura
En este discurso del Estado de la Unión, Trump hablará de lo ‘excepcionalmente bien’ qué va la economía, y aunque muestra datos positivos en empleo y producción industrial, lo cierto es que se acusa una ralentización del crecimiento del PIB mayor de la prevista. Trump prometió proteger a la industria nacional con sus aranceles, una iniciativa que no se ha materializado y, además, las encuestas sitúan su índice de aprobación bajo mínimos.
La política migratoria, otro pilar de su agenda, también atraviesa turbulencias. Los demócratas se niegan a aprobar fondos para el Departamento de Seguridad Nacional si no se reforman los protocolos de actuación de los agentes federales. La muerte de dos ciudadanos estadounidenses durante protestas contra redadas migratorias en Minneapolis desató una ola de críticas y obligó a la Casa Blanca a enviar a su zar fronterizo para rebajar tensiones. El enfrentamiento ha desembocado en el cierre parcial de una agencia clave y amenaza con proyectar la imagen de un Ejecutivo atrincherado.
Tensiones diplomáticas latentes
En paralelo, Trump ha ordenado el despliegue de portaaviones y cazas en las aguas próximas a Irán ante la posibilidad de una operación militar. Parte de su base, tradicionalmente escéptica ante intervenciones en el extranjero, tolerar acciones puntuales como la detención del líder venezolano Nicolás Maduro o ataques limitados contra instalaciones nucleares iraníes. Pero una campaña más amplia podría erosionar ese apoyo y distraer el mensaje doméstico de asequibilidad que la Casa Blanca pretende vender.

El contexto del momento es delicado. Estados Unidos celebra el próximo 4 de Julio su 250º aniversario de independencia en un clima de polarización extrema y de tensión institucional. El Congreso, con mayoría republicana, ha acompañado muchas de las iniciativas presidenciales, incluida una ambiciosa reforma fiscal con recortes de impuestos y fuertes reducciones en programas sociales como Medicaid y ayudas alimentarias, pero ha observado cómo la Casa Blanca acumula poder a través de órdenes ejecutivas que ahora se dirimen en los tribunales.
El discurso del martes será, por tanto, algo más que una rendición de cuentas anual. Será también una prueba de fuerza entre los poderes que conforman el Gobierno. Trump previsiblemente reivindicará que ha “hecho un trabajo excelente en todo”: desde la creación de empleo hasta la presión sobre socios comerciales y sus valiosos aranceles, pasando por la lucha contra la inmigración irregular. Defenderá que dispone de “múltiples herramientas” para mantener su estrategia arancelaria y advertirá de que podría reimplantarlos incluso a niveles más altos. Y, a tenor de sus últimos mensajes, es probable que dedique pasajes enteros a cargar contra el Supremo por lo que considera una intromisión en su autoridad.

Descontento general de la ciudadanía
Pero también tendrá que convencer a una ciudadanía que, según la mayoría de los sondeos, empieza a dejar de creer en sus palabras porque la economía no funciona en su beneficio. También tendrá que explicar cómo piensa compatibilizar la confrontación con el poder judicial con la estabilidad institucional que exige el cargo. Y deberá hacerlo ante un Congreso que, aunque dominado por su partido, empieza a sentir la presión electoral de las elecciones de medio mandato.
Se espera que el discurso sea combustible político para alimentar su ira por el revés judicial. Queda por ver si su estrategia no acaba por resquebrajar al universo MAGA, el único que sigue creyendo en la excepcionalidad de un Donald Trump en horas bajas.
