No sé en qué momento acepté con naturalidad las contradicciones abisales en las que nos movemos en ese elemento invisible, a veces casi de ficción, que son las noticias. No sé de qué forma (debió de ser en mi niñez, en un goteo constante que mezclaba la frivolidad y el paternalismo con las mujeres artistas con poderosas figuras políticas emergentes, con víctimas de terrorismo que daban la cara donde otros callaban, con anuncios en los que quienes lavaban más blanco no eran las amas de casa, sino los detergentes que les recomendaban) asumí que lo imposible podía resultar no solo compatible sino lógico.
Y de aquellos polvos (años de entender la realidad en planos, en bloques, en nada tiene que ver una cosa con la otra) estos lodos. Y así puedo enlazar, sin interrupciones, esta enumeración de noticias que parecería absurda, si no fueran reales, una letanía mal montada por un editor delirante. Pero no: son noticias verdaderas, que ocurren a la vez, que transcurren ahora mismo, mientras usted, lectora, lector, me lee, con la misma jerarquía en los titulares, con idéntico peso en el flujo continuo de información que se desliza por nuestras pantallas.
Una mujer asesinada en Olvera, Cádiz. Cincuenta y ocho años. Su nombre apenas dura un día. Otra mujer en Calella, Barcelona: muerte cerebral tras una agresión de su pareja; su madre, también golpeada. Un detenido, una investigación, un comunicado institucional, un contador que sube. Son cifras que avanzan con la misma mecánica con la que se actualiza el marcador de un partido. Hay otro asesinato más, llevamos tres mujeres en menos de dos semanas. Nadie se sorprende ya. Nadie interrumpe la sobremesa.
La alfombra roja de los Globos de Oro sigue a pocos párrafos. Vestidos de ensueño, transparencias milimétricas, cuerpos entrenados y afinados durante meses para ser vistos. Julia Roberts pefecta, de negro, Emma Stone jugando a la ingenuidad sofisticada con una falda de color mantequilla, Teyana Taylor convertida en una Grace Jones suavizada y un poco más obvia. Las actrices arriesgan, se empoderan, caminan etéreas. Timothée Chalamet recorre la hilera de cámaras con traje y botas. También lo hace Maggie O’Farrel, pero ya sabemos que las escritoras rehuimos la dictadura de la elegancia. La carne femenina, otra vez, convertida en lenguaje: aquí deseable, allí desechable. Aquí celebrada; allí enterrada.
Al mismo tiempo —imposible ¿verdad?, pero todo ocurre al mismo tiempo— Irán muestra, como puede, su herida abierta. Ya hace dos años algunas mujeres se quitaron el velo, cortaron su cabello, caminaron por las calles con la certeza de que muchas no volverían. Jóvenes que hace dos años compartieron su imagen como un gesto mínimo de libertad desaparecieron: una fotografía, una sonrisa tensa, el pelo suelto como un manifiesto. Hoy, muchas de esas mismas imágenes circulan en Internet descontextualizadas, erotizadas, convertidas en iconos estéticos. Y otras. Un cigarrillo que consume una foto. El gesto político mutado en consumo visual. El coraje transformado en fetiche. La violencia no solo mata: también reabsorbe, redecora y neutraliza.
En Gambia, mientras tanto, un tribunal escucha seriamente el intento de legalizar de nuevo la mutilación genital femenina. Oh, sí, muy en serio. Hablamos de cuchillas, de sangre, de niñas, de infecciones que producen la muerte o lesiones muy serias, de dolor insoportable, de dominio sobre criaturas que no pueden defenderse, pero no en el sentido en el que desearíamos. . Se invoca la tradición, la identidad cultural, la libertad religiosa. Se discute, con solemnidad jurídica, si el dolor de las mujeres merece ser protegido o administrado. Todo esto ocurre en 2026. Enero. Día 13. La modernidad aquí es solo una ilusión óptica.
Y en España —volvamos a España, estábamos ya demasiado lejos— las mujeres sin hogar duermen con un ojo abierto. La calle es ya dura para todos, pero lo es para ellas de una forma específica: agresiones sexuales, intercambios forzados, dependencia de hombres para “protección”, invisibilidad administrativa. La pobreza tiene género. La intemperie también. A unas horas en el tiempo, a unos miles de kilómetros en el espacio ya nadie desfila por una alfombra roja descalza, ya no se reivindica nada. En Los Ángeles la mendicidad, la precaridad de las sin techo abunda hasta niveles de escándalo. Pero como para recordar esto.
Si se ponen todas estas noticias una junto a la otra —como están, de hecho, en cualquier agregador informativo— el contraste estructural se vuelve obsceno: mujeres asesinadas, mujeres adornadas, mujeres castigadas por rebelarse, mujeres mutiladas en nombre de la tradición, mujeres expuestas al abuso por no tener techo. Me dejo las víctimas de guerra, Ucrania, Gaza, Venezuela, me dejo tanto que sonroja no incluir el mundo entero en 900 palabras Distintas geografías, misma lógica. Distintos relatos, un solo fondo común: el cuerpo femenino como territorio disponible.
La conclusión no puede ser esperanzadora sin que caigamos en la mentira. No estamos ante excepciones, sino ante un sistema perfectamente coherente. Un mundo capaz de llorar una muerte y comentar un vestido en el mismo gesto; de indignarse por Irán mientras erotiza a sus disidentes; de condenar la mutilación genital femenina mientras tolera violencias menos exóticas pero igual de cotidianas.
Oh, no, no es información lo que falta. Falta gritar que esto es un escándalo. Falta jerarquía moral. Falta asumir que estas noticias no compiten entre sí: se explican unas a otras. Y que mientras sigan compartiendo espacio sin incomodarnos del todo, el problema no será lo que ocurre, sino nuestra capacidad infinita para normalizarlo.



