He amanecido este año 2026 con la sensación de que vivo en un mundo más inseguro. Es muy posible que siempre haya sido así, pero ahora me parece difícil mirar hacia otro lado. En la esfera privada, construimos nuestra propia seguridad a través de los vínculos afectivos, como explica la antropóloga Almudena Hernando en su libro ‘La fantasía de la individualidad’: por mucho que nos repitan que somos autosuficientes, seguimos necesitando al otro para crear nuestra identidad y sentirnos seguros. No puedo estar más de acuerdo.
En la esfera pública, en cambio, la seguridad se levanta sobre la creencia en una serie de valores y principios que se traducen en leyes, en acuerdos, en tratados internacionales. Hasta ahora, en el mundo occidental confiábamos en ese entramado jurídico y político como quien confía en los cimientos de una casa sobre la que se edifica su seguridad como ciudadano. Pero cuando esa confianza se quiebra, se desestabilizan las instituciones y caemos en la polarización, entre otros males. La polarización nos vincula emocionalmente a un grupo que nos ofrece el espejismo de sentir y pensar como nosotros. Una pertenencia que, en tiempos de miedo, se confunde con protección. Cuanta más desconfianza se genera, más necesitamos el refugio del grupo. No somos departamentos estancos.

La pérdida de mi padre en el mes de diciembre fue el principio de todo. Él era mi piedra angular —ahora me doy cuenta— el soporte sobre el que he construido buena parte de lo que soy. Desde ese sentimiento de orfandad he ido leyendo las noticias con las que hemos estrenado este 2026, “un año muy creativo donde todo es posible” dicen algunos auspicios. Y tanto. Lo ocurrido en Venezuela —la operación militar estadounidense para la captura del dictador Nicolás Maduro y su mujer, y la posterior llegada a la presidencia de Delcy Rodríguez— parecía, hasta hace nada, material de una serie de ficción política. Con una diferencia, al menos en una buena serie, tras los hechos traumáticos o el uso de la fuerza, se produce un restablecimiento del orden que suele dejar satisfecho al espectador, reconfortado en el sofá de casa. Aquí no. La ansiada libertad y soberanía en Venezuela están por ver, como me dice un buen amigo venezolano.
Incluso María Corina Machado ha entregado su medalla del Nobel al presidente norteamericano. La libertad de Venezuela bien vale un Nobel, habrá pensado, al más puro estilo de aquel “París bien vale una misa”, frase atribuida al rey Enrique IV de Francia, protestante, cuando se convirtió al catolicismo para poder reinar. Es razón de Estado y el precio de entrar en el círculo del poder.

A esta conmoción se une el inquietante caso de Groenlandia. En las últimas semanas, el destino de esta isla se ha convertido en moneda de cambio. El deshielo provocado por el cambio climático ha disparado el valor de su posición estratégica para nuevas rutas comerciales, convirtiéndola también en una pieza codiciada —y potencialmente peligrosa—si cae bajo la influencia rusa o china. Por ello, Estados Unidos, el principal aliado en la OTAN, habla ya de anexión y no descarta para ello el uso de la fuerza a pesar de que la isla sea un territorio autónomo de Dinamarca, aliado atlántico.

De pronto, el viejo imaginario de la Guerra Fría se cierne sobre el mundo. Y la seguridad jurídica sobre la que se sustentaba el orden occidental, con sus valores y principios, se tambalea, socavando la posibilidad de la vía diplomática para la resolución de conflictos pues ésta requiere confianza.
Por eso en este comienzo de año, tras leer las noticias, siento que me asomo a un mundo menos estable. Tal vez debamos aprender, como sugería Heráclito, a fluir: a desasirnos de la falsa promesa de seguridad para asumir la incertidumbre y, peor aún, la erosión de los principios democráticos que durante décadas dieron al mundo occidental un suelo sobre el que caminar y construir la paz. Yo aún me resisto a ello.



