Opinión

No le hacía falta

Actualizado: h
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Todo en la vida es sexo, menos el sexo. El sexo es poder. No hay manera de desvelar si esa cita de verdad la dijo o escribió Oscar Wilde; lo más probable es que no, como tantas otras cosas que citamos, yo incluida, en el día a día, sin darnos cuenta de que tienen más que ver con una verdad cotidiana o un consenso social que con la gran revelación o proverbio de un intelectual. La más extraordinaria de las defensas que han emergido estos días, en respuesta a la investigación de eldiario.es y Univisión América que ha señalado a Julio Iglesias, acusado de presuntos delitos de trata de seres humanos, trabajo forzado y servidumbre, acoso sexual y agresión sexual, es aquella según la cual todo eso es inverosímil, porque al artista “no le hacía falta”. No le hacía falta, dicen, forzar a trabajadora alguna a acostarse con él, cuando el gran galán español podía tener a quien quisiera. No le hacía falta tener contratadas a trabajadoras con fines sexuales cuando, en las fantasías de algunos, Iglesias era capaz de seducir a cualquier mujer.

Julio Iglesias. Fotografía: EFE
EFE

Detrás de ese “hacer falta” está la ideología que concibe el sexo como un bien, escaso o no, al cual se tiene acceso con mayor o menor facilidad, que para algunos abunda y para otros escasea, igual que lo conciben las comunidades incel que emergieron en internet en la última década. Pero es que aquí, como en la cita sin origen, no se trata de eso. Se trata de una fantasía narcisista de omnipotencia: la de quien, por su posición, por su dinero, por su estatus, cree que todo le está permitido, que puede hacer y deshacer el mundo a su antojo, tratar a los demás como medios y no como fines en sí mismos. Convertir a las mujeres en objetos, esclavas, herramientas a disposición, como en el horroroso testimonio de una de esas extrabajadoras, que relata haberse visto obligada a lamer genitales y ano durante horas “a ver si se le pasaba el dolor y se dormía”, barbaridad convertida después en la anécdota de quien se cree inexpugnable: “Estuvo ahí toda la noche chupándomela a ver si me entraba el sueño, pero nada”.

A Jeffrey Epstein, que era un hombre poderoso y con pareja, no le hacía falta traficar con menores para tener relaciones sexuales, pero vaya si lo hizo; su pareja, Ghislaine Maxwell, fue cómplice, de hecho. Al déspota que gobierna EEUU no le hacía falta humillar públicamente a Zelenski cuando se reunión con él hace unos meses, pero es que aquello no iba de hacer o no hacer falta. La omnipotencia también está presente en otras fantasías: como la de quien, por orbitar en los despachos de Presidencia, se cree tan intocable como para acosar sexualmente a sus propias trabajadoras. Intercambiemos el “no hacía falta”, que es un “no hacía falta X para tener sexo”; digamos que no le hacía falta cometer un abuso. Claro que no le hacía falta: en esta tercera persona genérica, el abuso no era una necesidad, no era algo sin lo cual no pudiera vivir, continuar su existencia en el mundo, no era oxígeno, no era como respirar o una función vital, podría perfectamente no haberlo hecho, como cualquier persona que acosa o abusa. Convertirlo en una necesidad o función vital es convertirlo en algo inevitable, como la peor de las ideologías machistas, la que ha dicho que los hombres violan por un impulso sexual irrefrenable que estaría en su naturaleza y que no podrían controlar.

Jeffrey Epstein junto a tres mujeres con el rostro censurado
EFE/ Oversight Dems

Hay monstruos de nacimiento, claro, pero esos son los que menos. A la mayoría de monstruos los creamos nosotros, como sociedad, con las impunidades que concedemos y el poder inmenso que les otorgamos; casi todos nuestros monstros son monstruos sociales, monstruos que podrían haber sido de otra manera. Y a ninguno de esos monstruos le hacía falta hacer lo que hizo, y a ninguno de esos monstruos le hará falta hacer lo que hará.