Aisladas, jóvenes y vulnerables: así son las mujeres que denuncian a Julio Iglesias

Eran jóvenes, estaban solas y dependían por completo de su trabajo cuando, según sus testimonios, comenzaron los abusos y la violencia del cantante

Denunciantes del caso Julio Iglesias - Cultura
Una fotografía de espaldas de una de las denunciantes.
Univisión Noticias

El lugar donde trabajaban estaba rodeado de palmeras, vigilantes armados y mar turquesa. Pero para ellas no era un paraíso. Era un espacio de encierro. Dos mujeres jóvenes relatan que allí, en la mansión de Julio Iglesias, perdieron la libertad, el control sobre sus cuerpos y la posibilidad real de decir que no. Sus testimonios forman hoy parte de una denuncia presentada ante la Fiscalía española, que estudia los hechos en el marco de una investigación en la Audiencia Nacional.

Los hechos que describen ocurrieron en 2021, durante los meses en que trabajaron en residencias privadas en el Caribe. Entonces tenían 22 y 28 años. Procedían de contextos humildes y atravesaban una situación económica crítica tras el impacto de la pandemia. Aceptaron el empleo como una oportunidad para salir adelante. Lo que encontraron, según relatan, fue un sistema de control basado en el aislamiento, la dependencia total y la violencia reiterada.

Julio Iglesias en el momento de descubrir su estrella del Paseo de la Fama de Puerto Rico.
EFE/Thais Llorca

Mujeres vulnerables y con trabajos precarios

Las mujeres —cuyos nombres han sido cambiados para proteger su identidad— tenían perfiles laborales distintos, pero compartían una condición de fondo: ambas desarrollaban su trabajo dentro de residencias privadas, en un entorno cerrado y completamente controlado por su empleador. Una fue contratada como empleada doméstica interna; la otra, como fisioterapeuta personal. Ninguna de las dos contaba con un margen real de autonomía durante el tiempo que trabajaron allí.

Tenían entre 22 y 28 años cuando comenzaron. Las dos atravesaban una situación económica frágil, agravada por la pandemia. Una de ellas venía de una experiencia de pobreza severa y había encadenado trabajos informales desde muy joven. La otra buscaba estabilidad profesional tras años de empleo precario. Ninguna contaba con ahorros ni con una red de apoyo cercana que pudiera sostenerlas en caso de perder el empleo.

No podían hablar con sus familias ni entre ellas

Ambas provenían de entornos humildes y se habían incorporado al mercado laboral desde edades tempranas. Antes de ese trabajo habían sido cajeras, vendedoras, trabajadoras domésticas o profesionales autónomas sin estabilidad. No estaban familiarizadas con entornos de alto poder ni con los riesgos asociados a empleos en residencias privadas de lujo, lejos de su lugar de origen.

Aunque sus funciones eran distintas, las dos vivían en las propiedades donde trabajaban o pasaban allí la mayor parte del tiempo, bajo un esquema que diluía los límites entre la vida personal y la laboral. El empleo implicaba disponibilidad permanente, horarios extensos y una relación directa y constante con el cantante. La dependencia no era solo económica: también era espacial y emocional.

El régimen de trabajo favorecía el aislamiento. Según relatan, apenas podían salir del recinto y tenían prohibido o desalentado relacionarse entre ellas o con otros trabajadores. El contacto con sus familias se reducía a llamadas o mensajes esporádicos. La distancia geográfica, sumada a la falta de redes de apoyo, reforzó la sensación de soledad y encierro.

En sus testimonios aparece de forma reiterada el miedo. No solo el miedo a perder el empleo, sino a las posibles represalias de una figura con poder, dinero y fama. Temían ser humilladas, no ser creídas, quedar abandonadas en un país ajeno o que las consecuencias alcanzaran a sus familias. Ese temor, explican, fue uno de los factores que las mantuvo en silencio mientras los hechos ocurrían.

Vulnerabilidad económica, laboral y emocional

Ambas insisten en que fueron contratadas para tareas concretas y que las exigencias sexuales no formaban parte de ningún acuerdo. Según relatan, esas demandas surgieron de manera progresiva, en un contexto de desigualdad extrema de poder. Lo que comenzó como preguntas personales o comentarios ambiguos derivó, con el tiempo, en situaciones que describen como invasivas y coercitivas, en las que decir “no” se volvió cada vez más difícil.

Las dos mujeres que han denunciado a Julio Iglesias estaban en una situación vulnerable
KiloyCuarto

Desde esa posición de vulnerabilidad —económica, laboral y emocional—, las mujeres describen un proceso de desgaste sostenido. No hablan de un episodio aislado, sino de una dinámica continuada que afectó su autoestima, su salud mental y su percepción de sí mismas. Una de ellas buscó ayuda profesional tras abandonar el trabajo; la otra relata haber normalizado durante un tiempo lo que estaba viviendo como una forma de supervivencia.

Hoy, al relatar lo ocurrido, ambas piden mantener el anonimato. Algunas personas de su entorno más cercano aún no conocen su historia. Decidieron hablar, dicen, no para exponerse, sino para dejar constancia de lo que ocurrió cuando eran jóvenes, estaban solas y se encontraban en una posición de clara desventaja frente a quien concentraba todo el poder. Y porque intuyen que hoy son otras las que están viviendo lo que ellas padecieron.

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