El primer día de trabajo en la mansión del artista en República Dominicana, Julio Iglesias no preguntó por la experiencia ni por las tareas. Preguntó por las uñas. “A ver tus uñas”, le dijo a Rebeca para comprobar si era “limpia”. Tenía 22 años. Él, 77. Ella ni siquiera sabía quién era. Lo buscó en Google después.
En el carrito de golf que recorre su extensa mansión de Punta Cana, el cantante empezó con los comentarios: “Eres muy bonita”. Días después subió el tono: “Tienes muy buenos glúteos”. Rebeca fue contratada para limpiar y cocinar. Interna. Sin salidas. Sin contacto con el exterior. Pronto entendió que aquel paraíso era una jaula.

“Me sentía como un objeto, como una esclava en pleno siglo XXI”, ha reconocido a Univision. “Soy tu puto robot, tu esclava, tu muñeca. Y no puedo moverme”, pensaba mientras ocurría. Según el testimonio de esta empleada doméstica, narrado en Univisión y en eldiario.es, Julio Iglesias la agredió sexualmente de forma reiterada. La manoseaba, la penetraba con los dedos, la abofeteaba, la humillaba.
“Él me metía los dedos por todos los lados”.
Las noches eran obligatorias. Cuando se quejaba de dolores de espalda, la llamaba a su dormitorio. “Me puso a chuparle el pito para no sentir dolor y lamerle el ano”, relató. “Así pasé la noche entera”. Si se quedaba dormida, le cogía del pelo para obligarla a continuar. A la mañana siguiente, lo contó como una broma. Delante de Laura, su fisioterapeuta.

“La pobrecita de la chica del servicio pasó toda la noche chupándome el pito para ver si me daba sueño”, dijo después Julio Iglesias. Laura pensó que exageraba. Después supo que era real. Ella también fue víctima.
El cantante la manoseaba durante las sesiones de fisioterapia. La besaba sin consentimiento. La insultaba. “Bruta de mierda”. “Boluda”. Le retorcía los pezones con fuerza. “Me duele”, le dijo ella. “Es que tienes los pezones grandes”, respondió él, y siguió.
Julio Iglesias preguntaba a las empleadas si eran de “mente abierta”, si se masturbaban, si estarían dispuestas a hacer tríos. Insistía una y otra vez. A Rebeca se lo propuso en la playa. No entendió la pregunta hasta que la asistente se lo aclaró. “Sí, lo tienes que hacer”, le dijeron. “Finge”, fue la instrucción final.
Antes, alcohol. Vino. Tequila. Para que no estuviera nerviosa. “Yo le decía que no, que no lo quería hacer”, recordó. En la habitación, Iglesias ordenó que la vistieran “como hawaiana”. Tacones que no sabía usar. Pareos. Él, en la cama. Cuando intentó cubrirse, le apartó la mano. El control era absoluto. Si le dolía la cabeza: “Dale una pastilla a la niña”. Si tenía la menstruación: “Ponle un tampón”.
Miedo a perder el trabajo en la mansión de Punta Cana
El miedo no era solo perder el trabajo. Era el poder. “Si ustedes dicen algo de mí, nadie les va a creer”, les advertía. “Yo soy Julio Iglesias y tú eres un don nadie”, escuchó Laura. Cuando Rebeca se negó con firmeza, él la insultó. “Hay muchísimas modelos muriéndose por estar conmigo”, aseveró, según el testimonio que han contado a Univision y eldiario.es. “Tú eres una princesa con suerte”, concluyó.
Ella, que estaba interna, trabajaba más de 16 horas al día. El sueldo en la casa de República Dominicana era el equivalente a unos 350 dólares al mes. No se sentaba. Dormía exhausta. Las piernas hinchadas. La ansiedad disparada. “Pensé que tenía que suicidarme para salir de esa casa”, reconoció. A la mansión de Punta Cana, Rebeca terminó llamándola así: “La casita del terror”.
Así es la mansión de los horrores
Según contó en su día la revista ¡Hola!, la mansión de República Dominicana está construida por cuatro maderas como caoba, bankirai (madera de Indonesia), el pino de Oregón y paja de Bali. Describían que esta mansión no se podía ver ni desde el mar ni desde tierra (por la frondosidad que la protege), sólo desde el aire. Una gran privacidad que los Iglesias valoraban mucho.
La revista, que pudo visitar la hoy conocida como “La casita del terror” por las ex trabajadoras que han denunciado al artista, describió que “alrededor de 100 artesanos españoles, dominicanos y balineses trabajaron durante cuatro años para crear la casa que el propio Julio Iglesias diseñó. En torno a una serpenteante piscina y sobre un mar de coralina se construyó una residencia formada por diferentes bungalós, entre ellos una casita de dos plantas que se trajo expresamente de Bali para albergar los dormitorios y la zona de juegos para los niños”. Se refería a los hijos de Julio con Miranda Rynsburger. La casa se ideó en 1997, y tardaron cuatro años en diseñarla a su gusto.
Además de Rebeca, Laura también huyó. La última noche, Julio Iglesias fue directo. “Te vas a poner una camisa larga sin pantaletas y vas a venir a mi habitación. Tú, la mánager y yo vamos a hacer un trío”. Ella dijo que no. Él le dio una palmada fuerte en la pierna. “Boluda, tú a mí no me gustas”.
Ambas mujeres callaron durante años. Por miedo. Por vergüenza. Porque sabían a quién se enfrentaban. Hoy hablan por ellas. Y por las que puedan venir después. “No es nuestra culpa”, aseveró Rebeca.
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