MGTOW. PUA. Incels. Doxxing. Deepfakes. No es una sopa de letras ni jerga tecnológica inocente. Es el vocabulario con el que se nombra, y se organiza, una parte de la violencia digital contra las mujeres.
Detrás de esas siglas y anglicismos no hay modas pasajeras, sino comunidades, prácticas y dinámicas con impacto real. MGTOW (Men Going Their Own Way, “hombres que siguen su propio camino”) identifica a hombres que proclaman su rechazo a las relaciones con mujeres y al feminismo. PUA (Pick Up Artists, “artistas de la seducción”) alude a grupos que difunden supuestas técnicas para “conquistar” mujeres basadas en la manipulación y la cosificación. “Incel” (involuntary celibate, “célibe involuntario”) designa a quienes se autodenominan así y canalizan su frustración afectiva en discursos de odio hacia las mujeres.

Estos términos forman parte de la llamada “manosfera”, un ecosistema internacional de foros, canales y comunidades digitales que comparten narrativas antifeministas y misóginas. No se trata de una organización formal, sino de espacios interconectados donde se legitiman discursos que van desde la victimización masculina hasta la deshumanización abierta de las mujeres.
Cómo se expande el odio
Pero el diccionario no se limita a las identidades o subculturas. Incluye también prácticas concretas. El doxxing —difusión pública de datos personales sin consentimiento— consiste en exponer información privada para intimidar. La difusión no consentida de imágenes íntimas, a veces mal denominada “pornovenganza”, busca humillar y controlar. Los deepfakes permiten fabricar vídeos o imágenes falsas mediante inteligencia artificial, con frecuencia de carácter sexual, para desacreditar a mujeres.
A este repertorio se suman conceptos estructurales que ayudan a entender cómo se expande el fenómeno. La economía de la atención describe el modelo de negocio de muchas plataformas digitales, basado en maximizar el tiempo de permanencia y la interacción. En ese contexto opera la amplificación algorítmica: los sistemas automáticos de recomendación priorizan contenidos que generan reacción emocional intensa, lo que puede multiplicar la visibilidad de mensajes polarizadores o de odio.

El informe también alude al llamado efecto desaliento o chilling effect, término utilizado en estudios sobre libertad de expresión para describir la autocensura que se produce cuando el miedo al acoso lleva a abandonar el debate público. En el caso de mujeres con presencia institucional o mediática, esta dinámica se enmarca en lo que se denomina violencia política digital: ataques dirigidos específicamente a expulsarlas del espacio público por razón de género.
Regulación y responsabilidad de las plataformas
Otros conceptos que atraviesan el análisis son la brecha digital de género —la menor presencia de mujeres en sectores tecnológicos y en el diseño de herramientas digitales— y la falta de transparencia algorítmica, que dificulta conocer cómo se priorizan y distribuyen los contenidos en las plataformas.
Todo este vocabulario no aparece de forma dispersa. Está sistematizado en el informe Violencia digital contra las mujeres: diagnóstico y hoja de ruta, publicado por el Ministerio de Igualdad.
Define esta violencia como cualquier acto cometido, facilitado o amplificado por tecnologías que cause daños físicos, sexuales, psicológicos, económicos o políticos. Y aporta datos que dimensionan el fenómeno: el 70% de las denuncias registradas en el canal prioritario de la Agencia Española de Protección de Datos corresponden a violencia digital contra mujeres. El impacto es especialmente intenso en mujeres jóvenes y en aquellas con voz pública, como periodistas o representantes políticas.
El diagnóstico no se limita a describir el problema. También identifica tensiones en torno a la regulación y la libertad de expresión, y plantea una hoja de ruta que incluye mayor responsabilidad de las plataformas, transparencia en los sistemas algorítmicos, educación digital y mejora de los mecanismos de retirada de contenidos ilícitos.
El diccionario del odio digital no es un inventario anecdótico de términos importados. Es la expresión lingüística de un fenómeno estructural. Nombrar cada concepto permite reconocer las prácticas que hay detrás y comprender que la violencia machista también se ha digitalizado. Y que combatirla exige entender el lenguaje con el que se articula.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
