No pasa un día sin que hablemos en medios de salud mental, y ahora que el término se encuentra tan asentado quizá convendría preguntarnos cuántas veces hemos utilizado esa preocupación como una coartada para no mirar más allá o un poco más lejos; porque si algo no ha variado ha sido la facilidad con la que a las mujeres se nos pide, e incluso se nos receta, que nos tranquilicemos.
Durante décadas, miles de mujeres han salido de consultas médicas con una receta de de ansiolíticos cuando lo que les aquejaba era el dolor crónico, el agotamiento hormonal, las enfermedades autoinmunes, la endometriosis, la perimenopausia, anemia, problemas tiroideos, inflamación persistente o algo tan desolador como los años de sufrimiento normalizado. A veces también la tristeza, claro. O una ansiedad real y devoradora que no nacía en el vacío, sino en unos cuerpos extenuados que que llevaban años avisando de que algo no funcionaba.
España sigue siendo uno de los países europeos con mayor consumo de benzodiacepinas, y las mujeres, especialmente a partir de cierta edad, son las principales consumidoras. Insomnio, cansancio, dolor difuso, cambios de humor, niebla mental son seguidos de un diagnóstico rápido y de un tratamiento aún más rápido.
Para lo femenino no se tiene paciencia. Por eso resulta tan interesante la noticia publicada estos días sobre el cambio de nombre del síndrome de ovario poliquístico. Durante años, el propio nombre de la enfermedad ha contribuido a malinterpretarla. Centrado en ovarios, quistes y fertilidad se daba por hecho que todo ocurría en el aparato reproductor, como si fuese un detalle ginecológico más.
La comunidad científica internacional propone llamarlo síndrome ovárico metabólico poliendocrino, y así refleja que afecta al metabolismo, al sistema hormonal completo, al peso, al riesgo cardiovascular, a la energía, a la glucosa y a múltiples procesos corporales. No es un cambio menor, porque nombrar bien una enfermedad significa verla en su contexto.
Detrás de ese cambio hay millones de mujeres que durante años escucharon que exageraban, que tenían que adelgazar un poco, que eran irregulares por estrés, que sus reglas dolorosas eran normales o que todo estaba en su cabeza. Algunas tardaron cinco, diez o quince años en saber qué les ocurría realmente.
La medicina moderna ha logrado avances extraordinarios, y obtendrá aún más, pero arrastra inercias muy antiguas cuando se trata del cuerpo femenino. El dolor de una mujer se interpreta con más frecuencia como emocional, sus síntomas se consideran más subjetivos y sus cambios hormonales se convierten en una explicación universal que, paradójicamente, sirve tanto para explicarlo todo como para no investigar nada.
Lo cierto es que las mujeres no necesitan que les expliquen cómo relajarse, sino que alguien les explique qué les está pasando. Comprender que los cuerpos femeninos no son versiones ligeramente modificadas de los masculinos, sino organismos con dinámicas propias, síntomas propios y necesidades propias no nace de una cuestión identitaria ni ideológica sino, simplemente, de la buena medicina. En muchas ocasiones la diferencia entre un ansiolítico y un diagnóstico correcto no es una receta, sino alguien dispuesto a escuchar cinco minutos más.
Pero quizás el siguiente paso implica indagar porqué los médicos no tienen esos cinco minutos más.

