En Irán son ya cientos los ciudadanos asesinados por un régimen que está aplicando una represión muy similar a la que llevaba a cabo la Savak, la policía secreta del sha Mohamed Reza Phalevi, antes de que el monarca partiera hacia el exilio. El escritor polaco, Ryszarz Kapuscinski lo explica muy bien en su libro El Sha. Se da la circunstancia, además, de que muchos de los que llevan días saliendo a la calle para manifestarse son trabajadores y comerciantes, los mismos que en 1979 exigieron el fin de la corrupción imperante. Las mismas consignas que se lanzaban contra el sha se repiten hoy contra el líder Supremo, Alí Jamenei. Ante la ausencia de argumentos, los actuales dirigentes persas aseguran que quienes protestan contra ellos son “enemigos de Dios”. Y es que es en nombre de ese dios por el que ellos llevan aplastando a su pueblo desde hacer 47 años, especialmente a las mujeres. Muchos manifestantes han muerto, además, porque la policía les dispara desde las azoteas a la cabeza o al corazón.
La precaria situación económica de la población ha hecho saltar por los aires un sistema basado en la corrupción y en la ineficiencia, que mientras tanto, gasta miles de millones de dólares en financiar a grupos terroristas en países como Líbano, Siria, Yemen y la Franja de Gaza.
Estos días me ha parecido particularmente impactante la foto de una mujer sin el velo, con un cigarrillo en los labios, quemando una foto del todopoderoso ayatolá, un gesto que se repite a lo largo y ancho del país, y que sirve para recordar también a Omid Sarlak, una chica que en noviembre se atrevió a subir a las redes un vídeo similar y que apareció muerta al día siguiente en su coche. Las mujeres en Irán, llevan décadas sufriendo especialmente la opresión y represión del régimen: deben ir cubiertas al completo, para no enseñar ni el cabello, ni los tobillos; no pueden salir del país ni trabajar sin el permiso de su marido; si se quedan viudas, solo tienen derecho a heredar una mínima parte de los bienes del difunto; su presencia está vetada en parques, gimnasios y clubes deportivos, y en muchos centros sanitarios las rechazan por el hecho de ser mujeres. Además, el 80 por ciento de las niñas están excluidas del sistema educativo.
En España, sin embargo, nadie se moviliza en contra de estos crímenes. No hay banderas iraníes en los balcones, ni boicots para que Irán no participe en los Juegos Olímpicos, ni en el Mundial, ni flotillas que quieran mostrar su solidaridad con las víctimas de ese país. La propia Irene Montero ya dijo unos años que participar en el canal de televisión online de su marido que patrocinaban los iraníes, era “sano” y contribuía “a la democracia”. Sano sería, sí, pero para su economía particular.
En Gaza sí que se podían denunciar, y con razón, los bombardeos a la indefensa población civil, pero una parte de la clase política española prefiere tirar de indignación selectiva y mirar hacia otro lado para ignorar, por ejemplo, las imágenes de los cadáveres apilados en una morgue a las afueras de Teherán. Los del “free Palestine” no gritarán nunca “free Irán”, pero las víctimas serán las mismas: la gente indefensa.



