Las protestas en Irán han vuelto a sacudir los cimientos del país en uno de los momentos más delicados para la República Islámica en décadas. La combinación de una crisis económica asfixiante, una moneda en caída libre y un Estado cada vez más incapaz de ofrecer soluciones ha llevado a miles de iraníes a salir a la calle, desde Teherán hasta las provincias más pobres y periféricas. No se trata solo de una explosión de ira puntual, sino de un síntoma profundo de agotamiento social.
A diferencia de otras oleadas de movilización, las protestas en Irán actuales nacen de algo tan elemental como el precio de la comida. El aceite de cocina, el pollo o el arroz se han encarecido de forma brutal en cuestión de días. Y muchos productos básicos directamente han desaparecido. En un país donde el salario medio ya estaba erosionado por años de inflación, este golpe ha sido devastador para millones de familias.
Una economía al límite
El detonante inmediato de las protestas en Irán fue la decisión del banco central de eliminar un sistema que permitía a ciertos importadores acceder a dólares más baratos. Esa medida, pensada para racionalizar el mercado de divisas, tuvo el efecto contrario. Los comerciantes trasladaron el impacto al consumidor y los precios se dispararon de la noche a la mañana. La incertidumbre fue tal que muchos negocios bajaron la persiana. Algo casi impensable en lugares como el Gran Bazar de Teherán.
Ese gesto, el cierre del bazar, tiene una carga simbólica enorme dentro de las protestas en Irán. Los comerciantes han sido históricamente uno de los pilares del régimen, aliados tradicionales del clero desde la Revolución Islámica de 1979. Que ahora sean ellos quienes encabecen la protesta revela hasta qué punto la crisis ha roto viejos equilibrios.

Como suele ocurrir, las protestas derivaron rápidamente en enfrentamientos cuando entraron en escena las fuerzas de seguridad. Las manifestaciones, inicialmente centradas en el coste de la vida, empezaron a mezclarse con consignas políticas. En ciudades como Ilam o Lorestán, regiones pobres y con fuertes identidades kurdas, se escucharon gritos de “Muerte a Jamenei”. Un desafío directo al líder supremo del país.
La respuesta del Estado ha sido contundente. Según organizaciones de derechos humanos, al menos 38 personas han muerto y más de 2.000 han sido detenidas en la represión de las protestas en Irán. Aunque estas cifras no han podido ser verificadas de manera independiente. Las autoridades, por su parte, hablan de cientos de agentes heridos y acusan a los manifestantes más radicales de estar armados y respaldados desde el extranjero.
El peso del Gran Bazar
El papel del Gran Bazar es uno de los elementos más inquietantes de estas protestas en Irán. Durante más de un siglo, los comerciantes han sido actores políticos clave en el país. Como hemos dicho, su apoyo fue decisivo para el triunfo de la Revolución Islámica. Hoy, sin embargo, la volatilidad de la moneda y el colapso del comercio exterior están destruyendo sus negocios, empujándolos a una confrontación que parecía impensable hace solo unos años.
Para muchos expertos, este cambio es más simbólico que estructural. Pero dentro de las protestas en Irán tiene un peso psicológico enorme. Si incluso quienes históricamente se beneficiaron del sistema están en la calle, el mensaje que recibe el régimen es devastador.

El presidente Masoud Pezeshkian ha intentado contener las protestas en Irán ofreciendo pequeños subsidios en efectivo, unos siete dólares al mes. Al mismo tiempo admite que el Gobierno no puede resolver la crisis por sí solo. Esa confesión pública de impotencia ha reforzado la sensación de vacío de poder en una población que ya no confía en sus dirigentes.
La situación se agrava por el contexto internacional. Las protestas en Irán se producen después de ataques directos de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes y en medio de nuevas amenazas de escalada militar. Las sanciones, la corrupción y la mala gestión se combinan ahora con el miedo a una guerra abierta.
¿Puede caer el régimen islamista?
Pese a la magnitud de las protestas en Irán, la mayoría de analistas coincide en que un cambio de régimen sigue siendo poco probable. No existe una alternativa política clara ni una estructura organizada capaz de canalizar el descontento. Figuras como Reza Pahlavi, hijo del último Sha, intentan capitalizar el momento desde el exilio. Pero su apoyo real dentro del país es difícil de medir.


