Irán vive desde finales de diciembre de 2025 una nueva ola de protestas masivas que vuelve a poner en jaque al régimen de la República Islámica. El desplome histórico del rial, una inflación descontrolada y el encarecimiento extremo de alimentos, transporte y bienes básicos han empujado a amplias capas de la sociedad -comerciantes, clases medias, trabajadores- a salir a la calle. Las marchas, huelgas y cierres de comercios se han extendido por varias ciudades y, en algunos puntos, han derivado en enfrentamientos mortales por la brutal represión de las fuerzas de seguridad.
Aunque el detonante inmediato es económico, las consignas que se escuchan ya no se limitan al precio del pan. “Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán”, corean muchos manifestantes, señalando directamente al régimen por priorizar el gasto militar, el programa nuclear y el apoyo a milicias en Oriente Medio frente a las necesidades más básicas de la población. El mensaje es claro: la crisis económica es inseparable de una crisis profunda del régimen y de un sistema que muchos consideran irreformable.
Mediss Tavakkoli, psicoterapeuta iraní exiliada en España desde hace cuatro años y medio, tiene una larga trayectoria de activismo desde su juventud. Expulsada de la universidad en Irán por sus ideas y su trabajo, y marcada durante años como “estudiante vigilada” por el régimen, Tavakkoli analizó para Artículo14 el impacto de la represión, especialmente en las mujeres iraníes.

Estamos viendo protestas masivas en Irán, pero esta vez parecen distintas. ¿Qué ha cambiado frente a anteriores movilizaciones?
Es preciso aclarar algo. Desde el mismo momento en que nació la República Islámica, hace casi 48 años, la gente en Irán nunca ha dejado de protestar. El primer grupo que salió a la calle fueron las mujeres, el 8 de marzo de 1979, para exigir que se revierta la obligación de vestir el velo islámico. La diferencia es que durante muchos años no se vieron ni explicaron las protestas. Había guerra con Irak, no existían redes sociales, no había libertad de expresión ni medios independientes.
Lo que ocurre ahora es que la situación económica ha llegado a un punto insoportable. La inflación aumenta casi por horas, el valor del dinero cambia constantemente, faltan medicinas, hay contaminación del aire y del agua, y escasez de recursos básicos. Esto ya no afecta solo a los más pobres: afecta a toda la sociedad. Y esta vez, algo es diferente.
¿En qué sentido es diferente?
Por primera vez, personas con ideas muy distintas están unidas en lo esencial. No importa qué bandera tengan, si son monárquicos, republicanos o demócratas: todos gritan lo mismo. “No queremos más la República Islámica”. La gente ha llegado a la conclusión de que mientras este régimen siga en el poder, no habrá dignidad, ni democracia, ni siquiera pan.
En protestas anteriores, como las del movimiento “Mujer, vida, libertad”, el eje era la libertad y los derechos. Pero muchas capas sociales no se sumaron porque estaban atrapadas en la supervivencia económica. Ahora esa frontera ha desaparecido: la crisis económica lo atraviesa todo.
El régimen sigue invirtiendo enormes recursos en política exterior, en milicias aliadas, en misiles y en el programa nuclear. ¿Cómo se vive esa contradicción dentro de Irán?
El pueblo iraní nunca ha apoyado el programa nuclear ni el desarrollo de misiles. Nunca. Desde el principio hemos dicho que la prioridad es la economía, las relaciones internacionales, la democracia. No los misiles. Por eso, cuando Israel ataca objetivos del régimen -no de Irán como país, sino de la República Islámica- mucha gente no siente ninguna conexión emocional con esos símbolos del poder. La gente distingue muy bien entre Irán y el régimen. Cuando mueren líderes de la Guardia Revolucionaria, no hay duelo popular. No son nuestros representantes.
Mientras hay millones de personas sin acceso a servicios básicos, incluso sin documentos de identidad, ¿cómo nos van a pedir que nos preocupemos por el uranio enriquecido? La prioridad debería ser agua potable, hospitales, escuelas, carreteras. No la guerra.
Muchos se preguntan cuál puede ser el desenlace. En protestas anteriores hubo una represión brutal y el régimen sobrevivió. ¿Qué perspectivas ve ahora?
Nadie puede prometer un final rápido o fácil. Pero hay algo nuevo: una convicción generalizada de que el régimen es irreformable. Durante años nos asustaron con la idea de que sin la República Islámica habría caos, hambre, guerra. Hoy la gente responde: incluso sin guerra, ya no tenemos pan.
Ese miedo se ha roto. La gente ha entendido que el único responsable de esta situación es el régimen. Y cuando una sociedad pierde el miedo, el poder empieza a resquebrajarse, aunque todavía sea fuerte.
Desde el exilio, ¿cómo ve la cobertura mediática y la reacción internacional de las protestas?
Con mucha tristeza. Parece que hay muertes que importan y muertes que no. Se habla con razón de Gaza, pero cuando el régimen iraní mata a cientos de personas, incluso niños, en un solo día, como ocurrió en Zahedán, el silencio es ensordecedor.
Más de 2.000 personas fueron asesinadas en solo tres días durante protestas anteriores. Hay familias que aún no han recuperado los cuerpos de sus seres queridos. Eso no es una guerra: es un régimen asesinando a su propio pueblo. Pero no se cubre igual. Los derechos humanos no pueden ser selectivos. No son opcionales.
Insiste mucho en separar Irán del régimen. ¿Por qué es tan importante?
Porque el mundo juzga a los iraníes por las acciones de la República Islámica, y eso es profundamente injusto. Nosotros no queremos guerra, no odiamos a nadie, no somos terroristas. Queremos una vida normal, dignidad, bienestar.
Irán era un país rico. El régimen saqueó todo. Pero la sociedad sigue viva, sigue siendo solidaria, empática. Cuando ocurrió el 11 de septiembre en Estados Unidos, la gente salió a la calle en Irán con velas, llorando por las víctimas. Somos parte del mundo.
Las mujeres iraníes demuestran un grado de valentía sobresaliente. En los últimos tiempos, desafían la prohibición de vestir el velo islámico ¿De dónde sale esa fuerza?
Las mujeres iraníes tenemos miedo. Sabemos que si nos arrestan pueden violarnos, torturarnos, humillarnos, quitarnos el pasaporte, destruirnos la vida. Lo sabemos. Pero no dejamos que el miedo nos paralice.
Creemos que la libertad es lo único por lo que vale la pena morir. Muchas sabemos que quizá no veremos un Irán libre, pero luchamos por nuestros hijos, por nuestros nietos. Que Irán sea libre, aunque nosotras no lleguemos a verlo. Eso es ser mujer en Irán. Y no vamos a rendirnos.


