Transcurrido un mes desde que las Fuerzas de Seguridad lograran sofocar las mayores protestas antigubernamentales de los últimos años, el régimen iraní redobla estos días la represión en distintos frentes. Uno de ellos es el de los hospitales que recibieron a miles de heridos -a la postre una parte importante de ellos acabaría perdiendo la vida- en las manifestaciones registradas entre diciembre y enero pasados a lo largo y ancho del territorio iraní.
Convertidos en una extensión del aparato de las Fuerzas de Seguridad, las autoridades de la teocracia chií han practicado en los hospitales detenciones de heridos mientras eran atendidos por los sanitarios y detenido a quienes los auxiliaban. Una ONG integrada por sanitarios iraníes, AIDA Health Alliance (AHA), revelaba numerosos casos de civiles heridos a los que se acabó ejecutando en las propias camillas donde se les atendía.

La purga del régimen contra los sanitarios
Aplastada la revuelta, el régimen lleva estos días a cabo una auténtica purga contra el personal sanitario. Porque las detenciones y las amenazas a los profesionales asistieron a los heridos -muchos de ellos permanecen en centros hospitalarios- son sistemáticas, lo fueron durante las protestas y lo siguen siendo semanas después. Su delito: prestar asistencia a quienes el régimen tildó hace tiempo de “terroristas” o no darles de alta cuando los elementos de las fuerzas de seguridad así lo consideraron. La ONG Iran Human Rights (IHRNGO), con sede en Noruega, ha denunciado además cómo las Fuerzas de Seguridad iraníes han intervenido en los domicilios privados de varios médicos y voluntarios para evitar que atendieran a los heridos en ellos.
A pesar de la cruzada en curso, muchos profesionales sanitarios han desafiado a las autoridades tratando en secreto a los heridos. AHA cifraba a comienzos de febrero en al menos 40 el número de profesionales sanitarios -desde doctores a enfermeros pasando por estudiantes de medicina o voluntarios- detenidos en el conjunto del país. Están convencidos de que la cifra real de detenciones es muy superior.
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Incluso varios profesionales han sido condenados a muerte por la justicia iraní en las últimas semanas. Es el caso del cirujano Alireza Golchini, de 52 años, profesional de un centro hospitalario de la ciudad de Qazvin. Detenido en su domicilio durante las protestas por haber atendido a decenas de heridos, las autoridades lo han condenado a muerte por un supuesto delito contra Dios (moharebeh), según la ONG Hengaw. A finales de enero el Departamento de Estado de EE UU pedía su liberación. Desde entonces nada se sabe de su paradero.
“Por las heridas de bala estaba claro que los habían matado a propósito”
Una de estas profesionales sanitarias testigo del horror, una joven ginecóloga de un hospital de Teherán -que exige no ser identificada por razones de seguridad- atiende a Artículo14 desde la capital iraní para compartir lo vivido en dos hospitales de la capital, uno privado y otro público, en los días más críticos de las revueltas. “En mi caso, en ninguno de los dos hospitales vi médicos presionados o detenidos por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria. Pero he oído y podido comprobar en imágenes cómo otros profesionales de otros hospitales fueron detenidos por haber ayudado a los manifestantes heridos en otros centros médicos, como los casos en Teherán de la doctora Golnaz Naraghi, médico de urgencias, y Sohrab Osareh, estudiante de cuarto de medicina”, confiesa. Además, la médico evoca cómo vio “siete cadáveres en el hospital público, la mayoría de chicos jóvenes. Dos de ellos eran chavales corpulentos que llegaron con heridas de bala hechas por fusiles tipo Kalashnikov. Estaba claro que los habían matado a propósito”, relata.

A pesar de no ser cirujana, la profesional iraní asegura haber estado presente en operaciones de heridos en las protestas: “Uno de los días de mayores disturbios, llegaban heridos pero no había cirujanos, y el hospital fue incapaz de encontrar a ninguno. Los teléfonos no funcionaban. Tampoco Telegram, WhatsApp ni los teléfonos fijos”, evoca. “Aunque soy ginecóloga, aquel día entré en el quirófano. El paciente era un chico de entre 27 y 28 años. Recuerdo cómo me dijo: ‘Me han disparado, he intentado ponerme de pie pero no he podido. Así me he dado cuenta de que me han partido los huesos’”. “Le habían disparado por la espalda en las piernas, y la bala le había atravesado el fémur. Tenía una hemorragia masiva. Lo llevé al quirófano para vendarle la pierna y tratar de contener la herida, porque no había cirujanos en ese momento en el hospital”, prosigue la sanitaria.
La joven recuerda otro caso, “un joven al que habían disparado desde más altura y la bala le había entrado en el pulmón y estómago, por lo que el bazo le había reventado. Tenía una hemorragia severa. En esa ocasión, un cirujano y yo le reparamos las heridas. Teníamos en ese momento unas 30 personas heridas. Le practicamos cirugía a todos ellos”, recuerda.
“La Policía fotografiaba a los heridos para detenerlos”
La ginecóloga relata otras prácticas de las Fuerzas de Seguridad iraníes como las de fotografiar heridos: “En esos momentos horribles les hacían fotos a los pacientes para poder detener a quienes habían resultado heridos durante las protestas. El personal de nuestro hospital trató de registrarlos como gente anónima o como heridos por causas, digamos, normales”.
“Le decíamos a los heridos con heridas de menor gravedad que se marcharan rápido del hospital, se fueran a casa y buscaran personal sanitario para que les atendiera y evitar así problemas”, confiesa. “Sin embargo, quienes estaban heridos graves o estaban intubados o con drenajes no tenían esa suerte: la Guardia Revolucionaria llegaba y se los llevaba”, asevera.

Máxima tensión entre el personal sanitario
A unos 450 kilómetros al sur de Teherán, en la ciudad de Isfahán, otra médico, de 42 años, que nos pide mantenerse igualmente en el anonimato y no revelar el nombre de su centro hospitalario por razones obvias, relata a Artículo14 lo ocurrido en una de las jornadas más sangrientas de las protestas, la del 8 de enero pasado: “Fue una noche horrible en la que mientras trabajaba vi muchos cadáveres, incluido el del hijo de una vecina de mi madre y del sobrino de una tía. No lo pude comentar con nadie, porque por todo el hospital había miembros de los servicios de seguridad, el Herasat, controlando que no empleáramos los teléfonos móviles”.
“Recuerdo cómo la jefa de enfermería, que había hablado con uno de estos agentes, nos advirtió de que si contábamos algo de lo que habíamos visto o hablábamos con los heridos correríamos su mismo destino. Muchos médicos de la ciudad han sido detenidos”, confiesa. “La atmósfera en estos momentos es de tensión máxima, todos sospechan de todos, y hay mucho miedo a hablar, no sólo en mi hospital sino en toda la ciudad de Isfahán”, asegura.
