A mi amigo Fernando Clavijo y a todo el pueblo canario.
Escribir sobre un Papa es el mayor compromiso para un columnista católico. No es lo mismo para un creyente escribir sobre el Santo Padre que para un culé escribir sobre Joan Laporta. Tuve la inmensa fortuna de poder expresar lo que sentía por Jorge Mario Bergoglio en mi Papa Francisco y de hacerlo además poco antes de su enfermedad; tuve la inmensa fortuna de poder decir lo mucho que le quería.
Hace poco más de tres meses yo no tenía una opinión formada sobre Robert Francis Prevost, era para mí un arcano. Hoy sí la tengo. En un mundo lleno de guerras, de conflictos, de problemas, lleno de dolor e injusticias, León XIV se ha convertido en el Faro moral de la Humanidad, se ha convertido en otro maravilloso e inesperado regalo de la primavera.
En el mes de abril, Donald Trump averiguó cuantas divisiones tiene el Papa, cuestión metafísica que apasionaba al sátrapa Stalin. El marido de Melania descubrió que las armas con las que cuenta la Iglesia son más eficaces que las del poderosísimo ejército americano. El Evangelio es un colosal arsenal de salvación masiva. Trump, el hombre que está convirtiendo la Casa Blanca en un lugar más bochornoso que La Casita de Bad Bunny, recibió otra lección inolvidable de su compatriota de Chicago.
Mientras el arrogante Mark Rutte se arrodilla siempre ante él, el humilde agustino de Illinois se mantiene en pie firme, con toda la fuerza que le da la defensa de la verdad, de la paz y de los derechos humanos. La misma firmeza que transmite el Papa ante los nuevos amos tecnológicos del mundo, en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, que publicó a mediados de mayo.
Nada podía salir mal
Y así llegamos a este mes de junio y a su viaje pastoral a España, dentro de esta auténtica primavera de la esperanza. Un viaje lleno de actos- cada uno de ellos merecería una columna periodística-, de imágenes, de discursos que quedarán para siempre en nuestra memoria; un viaje que a los católicos españoles nos ha reforzado la fe y nos ha hecho reventar de orgullo. Un viaje que el Santo Padre quiso empezar en el madrileño barrio de Lucero, en un centro de Cáritas para personas sin hogar, y concluir en Canarias para poder acompañar y elevar su voz en defensa de los inmigrantes. Con este comienzo y este final, ¿qué podía salir mal? Nada.
A las multitudinarias misas y actos religiosos en Madrid, hay que añadir el castelariano e histórico discurso del Papa en el Congreso de los Diputados. Después León XIV visitó Cataluña, y entre tanta belleza y fervor, yo quiero destacar el acto de la Sagrada Familia, donde Valentina Sánchez, una niña invidente, nos robó a todos el corazón y donde Gaudí y Barcelona volvieron a entusiasmar al mundo con una ceremonia bellísima, celestial. Qué alegría volver a ver que la Cataluña abierta, cosmopolita y universal ha resistido los embates de esa otra Cataluña pequeña, cerrada y aldeana, en que la quisieron convertir Napoleón Puigdemont, el Buda Junqueras y demás ayatolás indepes.
La persona con más auctoritas
Y así llegó León XIV a Canarias, como Francisco llegó a Lampedusa, en la etapa más importante de su viaje. De todos sus actos en esas maravillosas islas yo quiero detenerme en su visita al muelle de Arguineguín, convertido ya en una auténtica catedral del mar y donde este papa agustino con alma de misionero habló y confortó a los últimos de los últimos y habló al mundo. “Queridos migrantes, quiero inclinarme ante su dignidad”.
Ante estas palabras es fácil entender por qué el obispo de Roma es la persona con más auctoritas del orbe. En el Congreso había dicho que “el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones”, y en el sur de Gran Canaria añadió: “Europa no puede acostumbrarse a que sus aguas sean cementerios sin lápidas”. El Papa en este muelle doliente de la condición humana, en este muelle que ha visto tanto dolor, tanta muerte, tantas lágrimas, apeló al alma de nuestra patria al pedir “que España continúe siendo tierra de encuentro, solidaridad y de esperanza.”
Un elogio muy hermoso a los canarios
El Papa no se olvidó de agradecer a los canarios su ayuda, su entrega, su compromiso con los migrantes que llegan a sus costas sin nada, después de habérselo jugado todo. Dedicó una frase preciosa a los herreños, pero en realidad se estaba refiriendo a todo el pueblo canario, el pueblo más solidario de España: “El Hierro es pequeño en extensión, pero grande en humanidad”.
Me alegra este reconocimiento papal, porque hace unas semanas, con motivo de la crisis del hantavirus, algunos- desde la comodidad de los despachos políticos y platós televisivos madrileños- quisieron acusar de insolidario al presidente Fernando Clavijo, a su gobierno y a parte de la sociedad canaria.
Celebrando el éxito del dispositivo organizado por el Gobierno y aún más la recuperación de los contagiados y de todos los pasajeros, quiero señalar lo que molestaba a los canarios y que ellos, por mor de la amabilidad, la calidez y el respeto que les impone el modo canario, no manifestaron claramente.
Fernando Clavijo sabía, como sabían todos los canarios y sabemos todos los españoles, que, si el puerto español más cercano a Cabo Verde fuese Bermeo, o ya no digamos, Tarragona, el barco nunca se habría acercado a nuestras costas. Si la ministra Mónica García hubiese querido atracar el crucero en la Imperial Tarraco las carcajadas de Salvador Illa, el hombre que sobrevivió a Fernando Simón, se hubiesen escuchado no solo en Praia, sino en toda la Patagonia. No hace falta ser Tiresias Tezanos para saber quién será el próximo presidente canario: Fernando Clavijo Batlle.
Una expresión que busca daño
En España el tema migratorio ha entrado con fuerza en el debate político, agitado, principalmente, por dos partidos hermanos: Vox y Aliança Catalana. Es curioso que muchos de sus miembros sean ciudadanos que presumen de ser los mayores y mejores cristianos de la península Ibérica. No sé qué sentirían cuando escucharon al Papa decir: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Tampoco entiendo su respuesta a la terrible crisis demográfica que vive España. Aquí no tiene hijos nadie: solo mi mujer, las familias del Opus y las mujeres inmigrantes. Y entiendo menos, aún, que celebren las alegrías que Lamine Yamal y Nico Williams nos van a dar en el Mundial americano.
El Santo Padre dijo en su discurso en el Congreso una frase oportunísima: “Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos”. Los que mandan en Vox: Steve Bannon-Monasterio y la cadena FOXita de los Ariza están introduciendo en sus pactos autonómicos con el PP un sintagma repulsivo, repugnante y lepeniano: la prioridad nacional. Esperemos que el Partido Popular esté alerta y no se deje enredar con una expresión que solo busca hacer daño.
Daño a la dignidad de los más débiles y daño electoral al PP. A la prioridad nacional de Vox yo le respondo como padre, como gallego y como católico con las palabras de León XIV en el puerto de Arguineguín que son el resumen más hermoso de su histórica visita a España: “La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.
Quiero dar las gracias infinitas al Santo Padre por todo lo que nos ha regalado con su humildad, su sencillez, su cercanía; por todo lo que nos ha regalado con su sonrisa. Quiero también celebrar el continuo acierto del Espíritu Santo en su trabajo, que hace que la iglesia católica sea la única institución que no celebra cumpleaños, celebra milenios.
El gran Voltaire, díscolo antiguo alumno jesuita, dijo: “Si Virgilio es obra de Homero, ésta fue de todas sus obras la que mejor le salió”. Yo ya no tengo ninguna duda de que Robert Prevost es la obra que mejor le salió a Jorge Mario Bergoglio: León XIV, el Papa que continúa la primavera de Francisco.

