Opinión

Viajeros al… avión

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Lo saben bien quienes, durante años, se niegan a ir haciéndole el mantenimiento a su coche particular. Por no gastar se acostumbran a transitar con neumáticos viejos, a no sustituir pastillas y discos de freno, a no cambiar amortiguadores y a no hacer caso de ese ruido que aparece en la dirección. Las consecuencias pueden ser dos: que llegue el día en el que haya que invertir en mantenimiento un dineral del que no se dispone o que el asunto acabe en un accidente derivado de la falta de mantenimiento.

Que el malentendido no quede entre nosotros; sobre el papel no existe un medio de transporte más barato, eficiente, cómodo, seguro y respetuoso con el medio ambiente que el tren. Pero no nos llevemos a engaño. Aquí el único papel importante es el de quienes deben mantener en buen estado nuestras infraestructuras ferroviarias. Cuando no lo hacen, las cosas suelen terminar igual que con el coche, con la diferencia de que un AVE es un edificio que circula a 300 kilómetros por hora con 600 personas a bordo.

Restos del Iryo que descarriló y posteriormente chocó contra un Alvia el pasado domingo aún en la vía, este miércoles.
EFE/ J.J. Guillen

En España, siempre hemos vivido inmersos en nuestras propias glorias nacionales, aunque, en los últimos 15 años, la realidad ha ido poniéndolas en su sitio con la crueldad con la que suele hacerlo la historia. Teníamos el sistema financiero más sólido del mundo -Zapatero dixit- y con la primera tormenta faltó poco para no terminar rescatados. La pandemia nos dejó claro que la mejor sanidad del mundo será otra, pero no la nuestra. Fuimos el país que peor la gestionó diga lo que diga la propaganda gubernamental. Tuvimos que quedarnos todos a oscuras para enterarnos de que nuestro sistema eléctrico además de muy ecosostenible y resiliente sigue siendo bastante precario. La DANA demostró que después de siglos de gotas frías no hay planes públicos para poner a salvo a la población. Y por si esto no fuera suficiente, la joya de la corona del progreso nacional, resulta que es un juguete roto, que sufre obsolescencia programada por la negligente dejadez de nuestra clase política.

Y así vivimos, derribando nuestros propios mitos a golpe de realidad. La consecuencia es el miedo ya sea ante un virus, un apagón, una tromba de agua, una tormenta económica o, en el caso que nos ocupa tener que viajar en tren.

Está muy bien presumir de ser los subcampeones mundiales y campeones europeos en kilómetros de alta velocidad, pero empezamos a sentirnos como el mileurista que presume de comprarse un deportivo para el día a día, pero que carece de recursos para poder mantenerlo.

Uno de los asientos de tren, en las vías
Efe

La sensación de desconfianza con nuestros trenes no es nueva, desde hace años se multiplican las incidencias y averías en la misma medida que lo hacen las quejas de los maquinistas y los usuarios que se ven obligados a pasar la noche en medio de ningún lugar. En este contexto, llegó el accidente de Adamuz, con 45 víctimas mortales en una tragedia de la que habla el mundo entero.

La reacción del Gobierno encargado de gestionar la catástrofe ha sido dejar en solitario al frente de la crisis al ministro de Transportes, quien desde su llegada se ha distinguido por ser el dirigente público más polarizador y divisivo del Ejecutivo. Un dirigente público que no se caracteriza precisamente por su sensibilidad comunicativa. Si a todo este potaje le añadimos que el Ministerio de Transportes ha sido, durante años, el epicentro de una trama corrupta, convertido en un instrumento al servicio del cobro de mordidas y una agencia de colocación de mujeres cuyos responsables están en prisión, nadie debe sorprenderse de que surja la desconfianza en la clase política y aumente el voto antisistema.

Sembrada la desconfianza en el tren, las aerolíneas se frotan las manos. Bienvenidos al resurgimiento del puente aéreo.

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