Opinión

Zapatero y el collar de María Antonieta

Actualizado: h

A José Sánchez Arce, por todo.

Esta mañana, Gobierno y oposición estaban sentados en sus escaños del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, pero estaban ausentes. La vida política española este miércoles pasaba por la Audiencia Nacional, allí comparecía el presidente Zapatero como imputado por graves delitos de corrupción, allí declaraba el Dalai Lama del sanchismo de cuerpo presente.

Tras las emociones de la visita y discurso papales, en el Congreso también había hoy un ambiente especial y hasta alguien tan persistente y resistente como el presidente Sánchez no podía disimular en su semblante la aflicción que le embargaba.

Hoy Sánchez, el Ulises de La Mareta, se sentía como Odiseo en la cueva de Polifemo, pero con el cíclope con la visión perfecta y sobrio y sin ovejas en la cueva. La imputación de Zapatero no es un problema más para el inquilino de la Moncloa, es una terrible cornada (que puede ser mortal) al corazón del sanchismo.

Feijóo, el Kennedy de Os Peares, volvió a renunciar al turno de réplica (Sánchez reparó en ello), y realizó una buena intervención, que concluyó con unas cariñosas palabras a su antagonista, un sintagma para vengar pasadas humillaciones: “Ánimo Pedro”. El presidente, demudado y sin corbata, parecía necesitar ese aliento y solo acertó a hablar de Torquemada y de la mejoría de la España de 2026 respecto a la de 2018, tal vez el nuevo eslogan del incansable departamento de publicidad monclovita.

Fuera de sus casillas

El cara a cara entre el vicepresidente económico, el López Rodó de Sánchez, y la portavoz popular, la Electra del PP, fue un déjà vu del de la semana pasada. De hecho, la diputada leonesa le repitió la pregunta al ministro pacense y volvió a conseguir sacarlo de las tablas de la economía (y de sus casillas) y llevarlo a los medios de la política.

Cuerpo se quejaba del “deterioro de la calidad del debate político” y Muñoz le replicaba “la valentía no es su fuerte”. Pero el ministro de Economía cuenta con un infalible as en la manga para volver contento a su despacho, tras las dificultades dialécticas que le causa la diputada popular, la intervención de Figaredo Furioso, el ruiseñor de las Cortes, que, con la mesura habitual que le caracteriza a él y a su partido, habló de “frenesí de empobrecimiento terrorífico” y “mafia corrupta que roba”. Cuerpo, claro, lo despachó con educación y con cuatro datos económicos.

El resto de la sesión transcurrió con multitud de murmullos, reproches e interrupciones (hasta un “gilipollas” le dedicaron al López Rodó de Sánchez) y con continuas referencias a las cloacas. Tengo que reconocer que los padres (y las madres) de la patria estuvieron esta mañana a la altura de sus palabras, porque convirtieron el hemiciclo en otra Cloaca Máxima.

Todo es perfecto en este mundo

Zapatero, ya lo hemos dicho, fue, sin embargo, el absoluto protagonista de la sesión. El hombre que apareció en nuestras vidas en julio de 2000 cuando venció, sorpresiva y sorprendentemente, al gran favorito, José Bono, en la disputa de la secretaría general del PSOE.

Un desconocido diputado leonés que se presentó a los ojos de los españoles como otro Cándido de Voltaire: “Un joven a quien la naturaleza había dotado de hábitos modestos y encantadores. Su rostro dejaba adivinar su alma.” Un político que representaba el optimismo: “Ya me lo había asegurado el maestro Pangloss: todo es perfecto en este mundo”.

Y así, también contra pronóstico, alcanzó la presidencia del Gobierno tras las elecciones de marzo de 2004. Gobernó casi ocho años y al lado de aciertos innegables: la ley del matrimonio gay y el final exitoso de la lucha contra ETA, que gestionó admirablemente Richelieu Rubalcaba, el mejor ministro de la democracia española; tuvo, principalmente, dos errores clamorosos: la pésima respuesta a la tremenda crisis económica mundial de 2008, que dejó a España al borde de la quiebra y la resurrección del guerracivilismo y la discordia en la vida pública , debilitando la reconciliación entre españoles que había traído la Transición como uno de sus frutos más dichosos.

La resurrección

Zapatero abandonó en 2011 el poder con su prestigio político por los suelos, siendo su gestión casi borrada y olvidada por su propio partido. Y su figura fue cancelada, sometida a una auténtica damnatio memoriae. Sin embargo, como otro Cándido, no abandonó nunca el optimismo: “El optimismo no es otra cosa que el empeño en sostener que todo es magnífico cuando todo es pésimo”.

Y este carácter y talante le permitió resucitar y pasar de ser un apestado político al referente moral de la izquierda, le permitió convertirse en el guía y maestro de Sánchez y en el Dalai Lama del sanchismo. Por eso es tan grave la imputación de Zapatero, por delitos de corrupción, para el gobierno socialista y sus aspiraciones electorales. No hay manera de conciliar el lema del presidente leonés “ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”, con el collar de diamantes de María Antonieta.

Quiero añadir algo más. La imputación de Zapatero no solo es mala para él y para Sánchez, es terrible para España. Un antiguo habitante de la Moncloa convertido en un Ábalos, en un Koldo, en un Bárcenas cualquiera, es una pésima noticia para nuestra democracia y para el prestigio internacional de nuestra nación. Por eso yo deseo (y ya sé que es nadar contracorriente) que pueda acreditar su inocencia y salir indemne del juzgado del juez Calama. Mientras la justicia no diga lo contrario, seguiré creyendo en su palabra y en su presunción de inocencia. En España solo quedamos dos Cándidos que defendamos esto: Conde- Pumpido y este humilde cronista parlamentario.

Zapatero comparte conmigo y con millones de lectores una pasión entusiasta e irrefrenable por Jorge Luis Borges. Vienen a mi memoria los versos del genial vate argentino (hermano en los metales de Cervantes y Quevedo) que esta mañana, en su hora más amarga, recordaba y musitaba el marido de Sonsoles: “Soy el que es nadie, el que no fue una espada/ en la guerra. Soy eco, olvido, nada.”

TAGS DE ESTA NOTICIA