Dos mujeres reciben el mismo diagnóstico de cáncer de mama el mismo día. Ambas necesitan una operación, un tratamiento oncológico y la misma determinación para afrontar una enfermedad que cambiará sus vidas. Pero una vive en Suecia. La otra, en un país del África subsahariana. Cinco años después, la primera tiene cerca de un 90% de probabilidades de seguir con vida. La segunda no llega al 40%. No es que exista una diferencia genética o que responda a un tumor más agresivo. La distancia que separa a ambas mujeres tiene menos que ver que con el lugar donde nacieron.
Ese es el mensaje más contundente del nuevo Informe sobre la Situación Mundial del Cáncer 2026, elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC). El documento advierte de que, si no se adoptan medidas urgentes, el mundo pasará de registrar los actuales 20,6 millones de nuevos diagnósticos a cerca de 35 millones cada año en 2050. Pero la mayor amenaza ya no es únicamente el aumento del cáncer, sino la enorme desigualdad con la que se combate. Sobrevivir a él todavía depende demasiado del código postal.
Diez millones de muertes anuales por cáncer
Si hasta ahora el desafío era, sobre todo, científico, hoy el diagnóstico es diferente. Nunca ha existido tanto conocimiento sobre cómo prevenir determinados tumores, detectarlos antes o tratarlos con mayor eficacia. El verdadero problema es que esos avances no llegan a todos por igual. “El cáncer es una enfermedad profundamente personal que nos afecta a casi todos. Pero que una persona sobreviva al cáncer nunca debería depender del lugar donde haya nacido o de lo que gane”, resume el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Las desigualdades que refleja el informe “no son inevitables”, sino consecuencia de decisiones políticas y sanitarias que todavía pueden corregirse.

El informe recuerda que el cáncer es la segunda causa de muerte en el mundo, con cerca de diez millones de fallecimientos anuales, más de 26.000 cada día. El envejecimiento de la población explica parte del crecimiento previsto durante las próximas décadas, pero no todo. Casi cuatro de cada diez casos están relacionados con factores evitables, como el consumo de tabaco y alcohol, la obesidad, el sedentarismo o determinadas infecciones, entre ellas el virus del papiloma humano (VPH), responsable de la mayoría de los cánceres de cuello de útero.
Cuando la supervivencia se reduce a la mitad
Pocas enfermedades reflejan con tanta claridad las fracturas de los sistemas sanitarios como los tumores que afectan mayoritariamente a las mujeres. El cáncer de mama, el más frecuente entre la población femenina, se ha convertido en uno de los mejores indicadores de la desigualdad global. Mientras que en los países de ingresos altos el 87% de las pacientes continúa con vida cinco años después del diagnóstico, en los países de renta baja esa supervivencia no llega al 42%.
La explicación está en el acceso desigual a pruebas diagnósticas, programas de cribado, cirugía, radioterapia o tratamientos innovadores. La doctora Isabelle Soerjomataram, subdirectora de la Unidad de Vigilancia del Cáncer de la IARC, pone cifras a esa diferencia. En el África subsahariana, entre el 50% y el 90% de las mujeres reciben el diagnóstico cuando el tumor ya se encuentra en estadios III o IV. En Norteamérica ese porcentaje ronda el 30%. Llegar tarde es una cuestión de supervivencia.
La situación se repite en el cáncer de cuello uterino. Se trata de uno de los pocos tumores que la comunidad científica considera potencialmente eliminable gracias a la vacunación frente al virus del papiloma humano y a los programas de cribado. Sin embargo, la eliminación sigue estando muy lejos. Aunque el 85% de los países ya ha incorporado la vacuna frente al VPH a sus calendarios infantiles, únicamente el 31% de las niñas recibe actualmente la primera dosis, una cobertura todavía muy distante del objetivo del 90% fijado por la OMS para 2030. La consecuencia es devastadora: miles de mujeres continúan muriendo por una enfermedad que, en buena medida, hoy podría prevenirse.

Nunca se han desarrollado tantos tratamientos contra el cáncer y, sin embargo, el acceso es muy desigual. En los países con mayores ingresos, los programas de detección precoz permiten diagnosticar la mayoría de los cánceres de mama antes de que aparezcan síntomas y el 74% de las mujeres participa ya en programas de cribado del cáncer de cuello uterino. Mientras tanto, en muchas regiones del planeta las pacientes llegan al hospital cuando la enfermedad ya está avanzada.
Sin acceso a los fármacos
Lo mismo ocurre con los medicamentos. La disponibilidad de los veinte fármacos prioritarios contra el cáncer oscila entre el 68% y el 94% en los países ricos. En los de ingresos bajos apenas alcanza entre el 9% y el 54%. Para la directora de la IARC, Elisabete Weiderpass, los avances son insuficientes. Aunque algunos países han conseguido reducir determinados tumores gracias a las políticas de prevención, el progreso es demasiado lento. Además, advierte de que el perfil del cáncer está cambiando y cada vez se encuentra más condicionado por la obesidad, la inactividad física, las dietas poco saludables y la contaminación atmosférica. “La prevención del cáncer debe seguir siendo una prioridad política”.
El cáncer altera la economía familiar, la salud mental, el empleo y las relaciones personales. Por primera vez, la OMS ha preguntado directamente a pacientes y cuidadores cómo viven la enfermedad. El 45% asegura haber sufrido graves dificultades económicas; más de la mitad reconoce problemas psicológicos y prácticamente todos los cuidadores describen algún grado de sobrecarga.
Ese impacto tampoco es neutro desde la perspectiva de género. En la mayoría de los países siguen siendo las mujeres quienes asumen el peso de los cuidados cuando un familiar enferma. Hijas, esposas o madres reducen jornadas laborales, interrumpen carreras profesionales o abandonan temporalmente el empleo para sostener tratamientos largos y complejos. El cáncer amplía las desigualdades sanitarias, pero también profundiza las económicas.
El responsable del programa de Control del Cáncer de la OMS, André Ilbawi, alerta de que aproximadamente la mitad de las familias afronta gastos sanitarios catastróficos derivados de la enfermedad y recuerda que el 85% de los familiares experimenta una carga de cuidados de moderada a grave.
Falta voluntad
El mundo dispone de buena parte de las herramientas necesarias para reducir la mortalidad por cáncer. Lo que falta es voluntad para que lleguen a todos. Los autores proponen reforzar la prevención, integrar plenamente la atención oncológica en la cobertura sanitaria universal, invertir en profesionales, garantizar el acceso a medicamentos esenciales y situar a pacientes y supervivientes en el centro de las decisiones sanitarias.
Clarissa Schilstra, superviviente de cáncer infantil y una de las responsables de la encuesta mundial incluida en el informe, recuerda que el cáncer “no es solo un diagnóstico médico”, sino una experiencia que transforma la vida de quien la padece y de toda su familia. Por eso reclama que las personas afectadas participen en el diseño de las políticas públicas.
La medicina seguirá desarrollando tratamientos cada vez más sofisticados. Pero mientras una mujer tenga muchas menos posibilidades de sobrevivir únicamente por haber nacido en un país pobre, el cáncer será también una enfermedad de la desigualdad. Es una realidad que, como recuerda la OMS, depende de las decisiones que las sociedades tomen hoy para proteger la vida de las próximas generaciones.

