Consultorio

Altas capacidades: entre la intuición y el rigor

El verdadero objetivo educativo nunca debería ser únicamente detectar talento, sino acompañar un crecimiento equilibrado. Ahí es donde aparece el papel de los centros educativos

Luis, un padre de Valencia, nos escribe preocupado. La profesora de Infantil de su hijo de cinco años le ha comentado que podría tener altas capacidades y le ha recomendado acudir a un gabinete privado para “asegurarse”. Pero, al mismo tiempo, Luis ha escuchado en distintos medios que alrededor de algunos diagnósticos existe también precipitación, falta de rigor e incluso cierta moda educativa. Su pregunta es sencilla y muy necesaria: ¿qué pasos debe dar una familia cuando aparecen estas sospechas?

La primera respuesta es tranquilizadora: no hay que correr.

En muchas ocasiones, niños muy pequeños muestran una enorme curiosidad, una facilidad especial para el aprendizaje o intereses poco habituales para su edad. Y sí, algunos de esos indicadores pueden apuntar a altas capacidades. Pero los especialistas coinciden en que, hasta aproximadamente los ocho años, el desarrollo madurativo sigue siendo muy cambiante y conviene ser prudentes para que cualquier valoración sea realmente rigurosa y útil para el menor.

Por eso, antes de colocar etiquetas o generar expectativas, quizá lo más importante sea permitir que ese niño siga siendo exactamente eso: un niño. Que disfrute aprendiendo, que pregunte, que explore y que mantenga intacta su curiosidad natural sin convertir cada avance en una carrera por confirmar un diagnóstico.

Porque el verdadero objetivo educativo nunca debería ser únicamente detectar talento, sino acompañar un crecimiento equilibrado.

A veces, cuando se habla de altas capacidades, toda la atención se concentra en el rendimiento intelectual. Sin embargo, el desarrollo de un alumno no puede entenderse solo desde una prueba cognitiva. También importan —y mucho— las habilidades sociales, la gestión emocional, la forma de relacionarse con los demás, sus intereses, sus frustraciones o su manera de aprender en grupo.

Un informe serio no debería limitarse a medir un coeficiente intelectual en un despacho durante una hora. Debería recoger distintos contextos de vida del menor: cómo aprende en el aula, cómo se relaciona con sus compañeros, qué observan las familias, cómo responde emocionalmente a determinados retos y cuál es su evolución a lo largo del tiempo.

Ahí es donde aparece una cuestión fundamental: el papel de los centros educativos.

Cuando existen indicios razonables, son los propios colegios quienes deben activar los mecanismos de observación y evaluación correspondientes. Y aunque existen gabinetes privados con excelentes profesionales, las familias tienen derecho a exigir procesos coordinados, amplios y rigurosos, no diagnósticos rápidos basados únicamente en una prueba aislada.

La alta capacidad, además, vive hoy un momento de enorme visibilidad social. Cada vez se habla más del tema, lo cual tiene una parte positiva: durante muchos años muchos alumnos pasaron desapercibidos y no recibieron el acompañamiento que necesitaban. Pero esa mayor atención también exige más cautela. Cuando algo “se pone de moda”, el riesgo es simplificar procesos que son complejos.

El desarrollo infantil no funciona como una línea recta. Es dinámico, cambiante y sorprendente.

En algunos colegios, por ejemplo, se realizan evaluaciones integrales en distintos momentos clave del crecimiento: a los cinco, a los ocho, a los doce o a los catorce años. No se trata de hacer una fotografía fija del alumno, sino de observar una película completa. Participan tutores, orientadores, familias y los propios niños. Se recogen datos durante meses y, después, se comparte una devolución global con la familia.

La metáfora es sencilla: si la vida del alumno es una película, cada evaluación es apenas un fotograma. Y ningún fotograma, por sí solo, explica toda la historia.

Quizá esa sea la reflexión más importante para familias como la de Luis. Tener un hijo con mucha capacidad intelectual no debería convertirse ni en una preocupación ni en una meta. Lo esencial sigue siendo acompañar a cada niño en todas sus dimensiones para que pueda desarrollarse de forma sana, equilibrada y feliz dentro del mundo que le toca vivir.

Porque educar no consiste en encontrar etiquetas perfectas, sino en entender personas complejas.

TAGS DE ESTA NOTICIA