El 16 de abril de 2024, el aire en el barrio de Bangu, en Río de Janeiro, era pesado y húmedo. En una sucursal del banco Itaú, la rutina de filas y trámites se vio interrumpida por una escena que parecía sacada de una película.
Érika de Souza era una mujer de 42 años que se presentó como la sobrina de Paulo, de 68 años. Se encargaba de cuidarle tras una reciente hospitalización por neumonía.

Una vez dentro del banco, Érika se acercó al cajero para que su tío firmara los documentos que previamente había solicitado. Sostenía la cabeza de su tío por la nuca, intentando mantenerla erguida mientras le hablaba. “Tío ¿me estás oyendo? Tienes que firmar. Si no firmas no hay manera. Yo no puedo firmar por ti” decía ante la mirada atónita de los empleados.
La mano de Paulo colgaba inerte. Érika intentaba forzar los dedos del anciano al bolígrafo. “Está bien. Es solo que se encuentra un poco débil” insistía. “Él es así, no dice nada”.
Los empleados empezaron a sospechar. “La cabeza del hombre no se sostenía. No contestaba a ninguna pregunta y tenía un color de piel muy raro” declaró una empleada de la sucursal.
El momento en que todo se vino abajo
Uno de los trabajadores del banco pensó que aquello ya se pasaba de castaño oscuro y llamó a los servicios de emergencia. Cuando llegaron certificaron que el pobre hombre estaba muerto: llevaba varias horas sin vida.
El dinero que Érika buscaba -unos cuantos miles de euros– era, según dijo, para sus gastos del día a día. Tenía deudas y necesitaba dinero.
A Érika la detuvieron en el momento. La escena, que grabaron los empleados, se hizo viral. Y es que a internet nunca se le escapa una buena mezcla de horror y algo descabellado.

Fue acusada de intento de estafa, falsificación de documentos y profanación de un cadáver. Su defensa alegó problemas de salud mental y que ella creía que su tío estaba vivo. Pero las grabaciones de las cámaras de un centro comercial y del banco mostraron lo contrario.
Quizá Érika pensaba que nadie se iba a dar cuenta, que todo saldría bien. O tal vez, cuando una persona llega a un punto tan desesperado, la lógica deja de funcionar.
