Meritxell Falgueras, la sumiller que democratizó el vino

Con miles de seguidores en redes sociales, Falgueras se ha convertido en una de las voces más influyentes del vino en España, reivindicándolo como cultura y lenguaje

Meritxell Falgueras aprendió antes a distinguir una botella Magnum —las de 1,5 litros— que a memorizar los ríos de España. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, ella hacía los deberes entre cajas de vino en el Celler de Gelida, una tienda del barrio de Sants que lleva más de 130 años contando la historia del vino en Barcelona. Quinta generación de una familia dedicada al sector, creció escuchando a enólogos, catando aromas y aprendiendo que el lenguaje también puede oler y saber a algo. “Yo describía las puestas de sol como un tinto casi rosado”, recuerda. No era una metáfora impostada, era educación sentimental.

Desde muy pequeña, el vino fue su paisaje cotidiano. Vacaciones familiares en tierras de viñedo, conversaciones de adultos sobre bodegas, cosechas y sabores. Mientras otros lo descubrían ya de mayores, ella lo absorbía sin solemnidad, como una parte más de la vida. Quizá por eso nunca lo entendió como un objeto sagrado. “No quería que la gente viera el vino como algo intocable, sino como algo útil en su vida”. Esa voluntad de democratizarlo y de bajarlo del pedestal, marcó toda su trayectoria.

Pero su forma de hablar del vino -vinculándolo al arte, la literatura y la cultura— fue recibida con desconfianza en el sector. “No tanto por lo que decía, sino por cómo lo decía”, explica. Y también por ser mujer en un mundo vinícola históricamente masculino. A Falgueras formación no le faltaba: sommelière con apenas veinte años y elegida Nariz de Oro Joven Promesa, estudios en Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia, diploma WSET, másteres, Humanidades y un doctorado en Comunicación. Además, radio, televisión, docencia, asesorías vinícolas y colaboraciones en prensa. Y, sin embargo, durante años su manera de contar el vino fue puesta en duda. “Si un hombre compara el vino con el fútbol o la política, es brillante. Si yo lo hago con cultura o con humor, se me ve frívola”.

Ser mujer, extrovertida, rubia y presumida —y no esconderlo— tampoco ayudó. “En este sector la autoridad se ha asociado durante décadas a la gravedad impostada y al tecnicismo y el humor femenino no se interpretaba como inteligencia, sino como falta de rigor”, resume.

Durante años convivieron la ilusión y el desgaste. La sensación de tener que justificarse siempre. Incluso la tentación de abandonar. “Hubo momentos en los que pensé en retirarme, irme a la Toscana o dedicarme solo a mis hijos”. No por falta de vocación, sino por agotamiento. Por esa lucha constante en la que parecía que nada de lo que hacía encajaba del todo.

El punto de inflexión llegó con Las mujeres del vino. Primero como proyecto colectivo, luego como libro y, sobre todo, como espacio simbólico. “Ahí empecé a sentirme valorada y a empoderarme”. No es una frase menor. Las mujeres del vino es una corrección del relato. Una manera de poner nombre y voz a las mujeres que siempre han estado en la viña, en la bodega, en la distribución, en la prescripción y en la transmisión del conocimiento, pero rara vez en el foco.

El libro introduce una mirada de género en un sector que durante décadas ha contado su historia como si fuera exclusivamente masculina. No desde el victimismo, sino desde la constatación de una ausencia: la de referentes, la de reconocimiento simbólico, la de autoridad narrativa. Falgueras no habla de cuotas ni de confrontación, sino de lenguaje, de relato y de poder. De quién ha tenido históricamente permiso para explicar el vino y quién no.

En ese sentido, Las mujeres del vino funciona también como espejo. Porque al visibilizar trayectorias femeninas silenciadas, explica muchas de las resistencias que ella misma ha vivido. Cuestiona un modelo cultural que ha confundido rigor con exclusión y tradición con inmovilismo.

Ahora, a punto de cumplir 45 años, Falgueras habla con más calma. Dice que las arrugas ayudan. No porque resten, sino porque colocan. “Antes tenía igual o más ilusión, pero ahora sé mejor quién soy y qué quiero hacer”. Tras años de televisión, radio y docencia, ha encontrado en las redes sociales un espacio de libertad creativa. Con Wine Thunder City mezcla vino, cultura y vida cotidiana sin pedir permiso. Y funciona: cerca de 40.000 seguidores y algo que no se compra, engagement real.
También escribe, asesora cartas de vino para restaurantes gastronómicos y hoteles de lujo -algo que siempre vio en casa- y colabora en distintos medios. Pero incluso ahí, el vino no es nunca un fin en sí mismo. “Hablar de vino sin hablar de vino es mi máxima”. Porque, en el fondo, lo que le interesa no es la botella, sino lo que la rodea, el contexto, el lenguaje, las relaciones, el momento vital.

Su historia demuestra que cambiar la forma de contar algo no es inocuo. Tiene consecuencias, resistencias, costes personales. Pero también abre caminos. Y quizá por eso, hoy, Falgueras no habla solo de vino. Habla de quién tiene autoridad para explicarlo, desde dónde y con qué palabras. Porque, como ha aprendido a lo largo de los años, a veces cambiar el relato es la forma más directa -y más incómoda- de cambiar las reglas.

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