Este verano un amigo me mandó una recomendación de música electrónica. Era un tema de estos que me suelen gustar, pero reconocí rápidamente que se trataba de un productor fantasma. Una sencilla búsqueda en Google y otra en Instagram me confirmaron que ese artista, sencillamente, no existía. No obstante, disfruté de la melodía y cuando todavía me salta aleatoriamente, me saca una sonrisa. Otro amigo intentó sorprenderme con una nueva cantautora española de voz ronca, pero tampoco caí en la trampa.
90.000 canciones creadas íntegramente con inteligencia artificial cada día. Es la cifra que Deezer, la plataforma francesa de streaming musical, revelaba este verano en uno de sus informes. En los días punta, más de la mitad de toda la música nueva compartida en la plataforma ya se considerada como generada por máquinas. Hace un año la cifra era casi diez veces menor.
Lo curioso es que esta avalancha apenas supone entre el 1% y el 3% de las escuchas y, según Deezer, hasta el 85% de esas reproducciones fueron fraudulentas en 2025. Como las demás plataformas de escucha musical relevantes en el mercado, las etiqueta, las aparta de sus recomendaciones, impide su monetización y empieza a retirar a los artistas que manipulan sus escuchas.
Spotify, el líder mundial, tampoco vive ajeno al problema. Asegura haber eliminado más de 75 millones de pistas consideradas spam en los últimos doce meses. En el momento en el que la IA permite producir contenido a coste casi cero, la música sintética ya no es una excentricidad tecnológica. Se ha convertido en un gravísimo problema económico y legal para algunos, una frustración creativa para otros y una ganga para ganar dinero para los más oportunistas. Nosotros, los oyentes, no tenemos aún el oído para distinguir lo humano de lo sintético.
Hoy cualquiera puede crear su propia canción
Recuerdo cómo de adolescente quería convertirme en compositor de temas de éxito. Me grababa cantando y luego añadía ritmos caseros, grabando una pista sobre otra con varios casetes. Hoy cualquier niño puede componer un éxito, por su cuenta, con calidad profesional y en unos minutos.
Hace poco más de un año escribía ¿Quién canta aquí? El streaming en guerra contra el fantasma del pop sintético y digital, sobre aquellos primeros grupos virtuales que empezaban a colarse entre las listas de los más escuchados. No se trataba de un fenómeno puntual o aislado, sino del inicio de una revolución creativa de gran calado.
De hecho, el temazo veraniego Movin’ to the Sun del DJ francés HUGEL, partió de una creación previa de una terapeuta de reiki húngara. La mujer compuso un estribillo para su cuenta de TikTok con la popular aplicación Suno y tuvo tal éxito viral en redes que el avispado productor galo se hizo con ella. Le dio el empujón final añadiendo unos arreglos y la voz de la inconfundible Ultra Naté, una de las reinas de la música electrónica, para conquistar todas las pistas de baile de Miami a Ibiza.
Hoy herramientas como Suno o Udio permiten generar una canción con letras coherentes y ritmos envolventes escribiendo una petición a partir de un simple prompt. Detallando simplemente un estilo, el tipo de voz, un ritmo, unos instrumentos y la temática de las letras, esas potentes herramientas pueden componer desde una samba hasta un góspel a capela. Para algunos supone democratizar la música. Se puede experimentar, probar arreglos y convertir una idea en una maqueta. Para otros, decir que eso nos convierte a todos en músicos es como asegurar que el iPhone nos convirtió a todos en fotógrafos.

El dinero también tiene olfato y oído
Detrás del debate creativo hay otro debate, bastante menos filosófico. ¿Quién gana con todo esto y cuánto? Un estudio encargado por CISAC calcula que la música generada mediante IA podría alcanzar un valor anual de 16.000 millones de euros en 2028 y podría poner en riesgo hasta un 24% de los ingresos de los creadores musicales si las reglas del juego no cambian.
En España, el diagnóstico tampoco invita a mucha alegría. Artículo14 recogía en septiembre de 2025 un informe de la SGAE que estimaba que estas nuevas tecnologías podrían recortar hasta un 28% los ingresos por derechos de autor de aquí a 2028, alcanzando cerca de 100 millones de euros.
La mayoría de esas máquinas compositoras han aprendido escuchando millones de canciones de artistas reconocidos sin que ellos fueran remunerados. Y aquí es donde aparece la primera nota en falso. Las mismas discográficas que llevaron a las empresas de IA ante los tribunales empiezan ahora a negociar parte del botín con ellas. Es el caso de Universal, que alcanzó un acuerdo con Udio para desarrollar servicios entrenados con música autorizada. “Si no puedes con tu enemigo…”, dice el refrán.
¿Nos importa realmente quién compone o canta?
¿Y qué pasa con los millones de oyentes desprevenidos? Parece que disfrutan igualmente de la escucha sin saber que detrás está una máquina y no la genuina creatividad humana. Otro estudio de Deezer ya comprobó que la inmensa mayoría de los oyentes tenía dificultades para distinguir la música totalmente artificial de la creada por cerebros. Ese dato me recordó mi artículo titulado Ser imperfectos, ser genuinos. Cuando fabricar algo técnicamente impecable se vuelve tan fácil y barato, quizá empecemos a valorar más las imperfecciones humanas, las personas y las vivencias que hay detrás de cada melodía.
Por eso la industria empieza a buscar una solución universal y sencilla. Avisarnos cuando los contenidos (también la música) han sido creados con IA. La mayoría de las asociaciones del sector han propuesto diferenciar entre AI Generated (música totalmente generada por IA) o AI assisted (música en cuyo proceso creativo ha intervenido puntualmente algún tipo de IA). No es lo mismo pedir a una máquina que fabrique una canción enterita que utilizarla para sugerir arreglos o experimentar nuevos sonidos. El icónico artista Will.i.am propone incluso que los archivos musicales pasen a llevar la extensión de POL, de Proof of life (fe de vida), para acreditar que detrás de un tema hay una persona de carne y hueso.
La plataforma Tidal ya etiqueta las grabaciones completamente generadas por IA y ha decidido que no generen ni ingresos ni royalties. Beatport y Bandcamp, otros pesos pesados en el mundo de las descargas legales de música, van aún más lejos. Ambas han endurecido sus políticas frente a este tipo de contenidos. Directamente no admiten música creada total o sustancialmente con IA. No solo las plataformas están tomando cartas en el asunto; también empieza a hacerlo las instituciones nacionales. ARIA, la asociación de la industria musical australiana, ha decidido excluirlas de sus charts, las listas oficiales de canciones más escuchadas.

¿Prohibir o aprender a convivir?
El debate divide incluso a algunos de los grandes nombres de la música. Thomas Bangalter, uno de los dos componentes de Daft Punk, reniega del uso creativo de la IA precisamente porque, según él, permite saltarse la parte más bonita de crear: probar, equivocarse y, a veces, dar en el clavo. En la esquina contraria, el legendario Rick Rubin, cofundador de Def Jam Recordings, ha comparado la democratización que permite la IA con la llegada del punk. Entonces bastaban tres acordes y tener algo que decir para hacer una canción.
Los detractores tienen muchos argumentos de peso. Derechos de autor, suplantación de voces, pérdida de ingresos, canciones fabricadas como churros que inundan las plataformas para tratar de alimentar algoritmos y conseguir ingresos con el mínimo esfuerzo.
Otros participantes en la conversación consideran que la música siempre ha ido de la mano de la tecnología. El piano de Mozart, la guitarra eléctrica de Hendrix, la electrónica y los ordenadores de Kraftwerk, los sintetizadores de Jean Michel Jarre, los samplers de Art of Noise o el Auto-Tune de Bad Bunny… todos despertaron suspicacias al ponerse de moda.
El año pasado me preguntaba si Spotify Mix acabaría con los DJ. De momento siguen ahí y más de moda que nunca. Necesitamos historias. Nos hacemos superfans de Black Coffee mezclando con una sola mano o de Underworld por haber empezado en un sótano. Una canción creada por IA podrá gustarnos, emocionarnos incluso, pero tarde o temprano querremos saber quién está detrás, acudir a un concierto, compartir ese extraño (y mágico) instante en el que alguien consigue que algo nacida en su cabeza termine llegando al corazón de miles de personas.

