Mefistófeles ofreció a Fausto la juventud eterna a cambio del alma. Dos siglos después, el pacto ya no se firma con sangre y los gurús de la longevidad han sustituido al demonio. El neurocirujano y divulgador José Hernández Poveda ha agitado estos días el debate con una provocadora afirmación: los humanos podríamos llegar a vivir 150 años.

El objetivo, aclara, no sería simplemente alargar la vida, también rejuvenecer interviniendo en los efectos biológicos. Sus investigaciones, aunque potentes, obligan a plantearnos hasta dónde puede y debe llegar la medicina cuando el límite ya no es curar enfermedades, sino redefinir el propio ciclo vital.
El envejecimiento, un proceso maleable
Durante siglos, el envejecimiento fue considerado una condición inherente a la vida humana. No una enfermedad, sino la etapa en la que aparecen las enfermedades. Sin embargo, en las últimas décadas ha empezado a resquebrajarse. En 2006, Shinya Yamanaka descubrió que la introducción de cuatro factores de transcripción podía revertir células adultas a un estado pluripotente, hallazgo que le valió el Premio Nobel en 2012. A partir de ahí, el envejecimiento dejó de percibirse como una deriva inevitable para convertirse en un proceso biológicamente maleable. Experimentos posteriores en ratones mostraron que la reprogramación epigenética parcial podía rejuvenecer tejidos concretos e incluso restaurar parcialmente la visión en modelos animales.
Bastaría con resetear ese programa celular para devolver a los tejidos una funcionalidad más joven. Pero entre ratones y humanos hay una distancia que la impaciencia suele acortar demasiado deprisa. Hoy no existe ninguna terapia aprobada que revierta el envejecimiento sistémico en personas. Los ensayos están en fases preliminares, y el envejecimiento ni siquiera está reconocido como enfermedad por la mayoría de los organismos reguladores. “La revolución biológica es una línea de investigación prometedora; convertirla en horizonte demográfico es, de momento, una extrapolación audaz”, indica David Rodríguez-Arias, director de la Cátedra Youngner de Bioética Empírica CYBE-FiloLab, de la Universidad de Granada.
Sin embargo, la idea prende en los ciudadanos. Benjamín Herreros, médico internista y director del Instituto de Ética Clínica Francisco Vallés, explica que “el ser humano ha duplicado la esperanza de vida en los últimos cien años gracias a la medicina científica, los estilos de vida y la alimentación”. Que esa progresión continúe es lógico, añade, pero en un sistema como el español lo hará “igual en una persona que vive en un pueblo gallego que en Madrid, porque el sistema público de sanidad, afortunadamente, es garantista, con cobertura universal, equidad y gratuidad”.
Herreros marca así una línea divisoria. “Una cosa es la mejora progresiva de la salud pública basada en evidencia; otra, muy distinta, las promesas con ganancia económica que juegan con deseos a partir de propuestas sin probar”. Le preocupa que detrás de ciertas líneas de rejuvenecimiento haya siempre inversión y expectativa de retorno. Y advierte: “Si hablamos de mejorar la calidad de vida de personas mayores mediante tecnologías costosas, el problema no será solo biológico, sino de justicia distributiva”. Coincide con él Rodríguez-Arias.
Universidad a los 70 y maternidad a los 90
El argumento de Hernández Poveda no es trivial. “Si sabes que vas a vivir 150 años, a los 70 puedes empezar una nueva carrera; a los 90, tener hijos”. Es decir, si la biología deja de imponer límites estrictos, también se transforman nuestros propósitos vitales. “El reloj social (estudiar, trabajar, jubilarse, envejecer) está construido sobre una expectativa de finitud. Alterarla reconfiguraría la arquitectura completa de la vida. Desde la educación a las estructuras familiares, pasando por la maternidad, herencias o sistemas de pensiones”, reflexiona Rodríguez-Arias.
Desde la asociación Profesionales por la Ética, Miguel Gómez de Agüero introduce un matiz decisivo: “La reprogramación epigenética podría estar éticamente justificada cuando se orienta a curar patologías concretas, como la ceguera o enfermedades neurodegenerativas, pero no cuando su objetivo es simplemente rejuvenecer o extender la vida. El envejecimiento es un hecho natural asociado a la vida humana. No podemos considerarlo una patología”, afirma. A su juicio, finitud y vulnerabilidad no menoscaban la dignidad, sino que forman parte de la condición humana.
El debate, por tanto, no es solo técnico, sino antropológico. ¿Es irrelevante la edad cronológica si el cuerpo puede volver a parámetros biológicos jóvenes? ¿O la edad expresa algo más que un estado celular?
La dignidad humana está en riesgo
Aquí se abre la cuestión decisiva: ¿debe la medicina limitarse a tratar patologías o es legítimo convertir el envejecimiento en un proceso tratable? Gómez de Agüero advierte de los riesgos. En su opinión, el transhumanismo, entendido como proyecto de mejora indefinida de la especie humana, rebasa la ética cuando convierte la ampliación de capacidades o la extensión de la vida en fines en sí mismos. “Si el objetivo es simplemente rejuvenecer, extender la vida o potenciar capacidades, la propia dignidad humana está en peligro”, dice.

En esa misma línea, Herreros insiste en que lo prioritario no debería ser prometer décadas extra a cualquier precio, sino “mayores recursos sanitarios y tecnológicos y posibilidades reales de mejorar el estilo de vida sin que el código postal marque la diferencia cualitativa”. La prolongación de la vida, si llega, tendría que asentarse sobre el refuerzo del sistema y la equidad, no sobre la capacidad individual de compra. Alargar la vida no equivale a abolir la muerte, pero sí altera su horizonte. Y con él, la manera en que jerarquizamos nuestras decisiones, prioridades y responsabilidades.
Años extra para unos pocos
Hay, además, una dimensión más terrenal: la económica. La investigación en longevidad está impulsada por gigantes financieros y tecnológicos. Proyectos como Altos Labs o Calico persiguen la reversión celular con una combinación de excelencia científica y capital privado sin precedentes. Si las terapias de rejuvenecimiento llegaran a ser efectivas -y costosas-, ¿se convertirían en un nuevo marcador de desigualdad? ¿Podríamos asistir al surgimiento de una élite biológicamente más joven durante más tiempo, con mayor permanencia en el poder económico y político?

Herreros lo formula en términos de justicia distributiva: “Si hablamos de intervenciones que mejoran la calidad de vida en edades avanzadas, el problema será quién accede y bajo qué criterios. En un sistema público concebido para garantizar equidad, la irrupción de tratamientos extraordinariamente caros podría tensionar el principio de universalidad”.
Incluso en el escenario más optimista, con personas viviendo 120 o 130 años en buenas condiciones, las preguntas se multiplican. ¿Cómo se reorganizarían el trabajo y la jubilación? ¿Cómo absorberían la economía y la política una vida prolongada a la carta? Las dudas se intensifican cuando se plantea la maternidad en edades muy avanzadas. Si fuera técnicamente posible rejuvenecer ovarios y útero, ¿desaparecería el problema? Gómez de Agüero lo cuestiona con rotundidad. A su entender, la maternidad no es un derecho absoluto, sino un don que debe considerar el interés superior del menor. Se pregunta qué riesgos médicos implicaría un embarazo en edades extremas, si la madre podría acompañar al hijo durante su desarrollo completo o si aumentaría la probabilidad de orfandad temprana. También advierte de los posibles problemas hormonales, riesgos obstétricos desconocidos y mayor dependencia tecnológica. “La procreación humana no es un proceso productivo que podamos hacer más eficiente a través de artificios”, sostiene.
Más vida no equivale a mayor felicidad
La ciencia puede intervenir sobre telómeros, células senescentes y relojes epigenéticos. El objetivo de ampliar la vida saludable es razonable y compartido. De hecho, como recuerda Herreros, el gran logro del último siglo no ha sido vencer a la muerte, sino ganar años de vida con mejor calidad gracias a políticas públicas, vacunación, nutrición y atención sanitaria universal. Pero hay una frontera que ningún laboratorio puede cruzar, la del sentido. Prolongar la vida no garantiza plenitud, propósito ni felicidad. “Sí a los avances científicos y tecnológicos”, concluye Gómez de Agüero. “El gran reto es que hoy existen posibilidades técnicas muy rápidas y, al mismo tiempo, una pérdida de conciencia sobre el valor sagrado de la vida humana”.
Soñar con 150 años puede ser un estímulo científico legítimo. También lo es retrasar el deterioro y aliviar el sufrimiento. Pero confundir la extensión del tiempo con la solución de la condición humana sería repetir, con instrumental genético y financiación multimillonaria, la vieja ilusión de Fausto y el precio de hacerlo.
