“Aumentar la distancia en las órdenes de alejamiento es necesario, pero insuficiente”

El experto Miguel Lorente sostiene que ganar metros es imprescindible para reaccionar a tiempo

Las órdenes de alejamiento no evitan los asesinatos y ataques machistas
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Una mujer de 31 años sufre violencia de género. Denuncia, contesta el cuestionario VioGén, acude al juzgado, la justicia actúa. Le conceden una orden de alejamiento y un dispositivo de control telemático. Una pulsera. El sistema sabrá siempre dónde está su maltratador. Si se acerca, habrá una alerta. Habrá tiempo para reaccionar. Pero no lo hay.

En febrero, en Sant Antoni de Portmany (Ibiza), su expareja incumple la orden de alejamiento, llega hasta el domicilio y la agrede brutalmente. La mujer es trasladada al hospital e ingresa en la Unidad de Cuidados Intensivos.

¿Están protegidas las mujeres con órdenes de alejamiento?
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Los 350 metros de distancia

Tras este caso, el Ministerio de Igualdad envía una carta al Consejo General del Poder Judicial —y también a la Fiscalía General del Estado— en la que plantea reforzar las medidas de protección. Entre ellas, aumentar la distancia mínima de las órdenes de alejamiento hasta al menos 350 metros. El argumento: con los perímetros actuales, en muchos casos de apenas 100 metros, no hay margen real de reacción.

La propuesta abre el debate sobre los límites reales de las órdenes de alejamiento como medida de protección. Para el médico forense y experto en violencia de género Miguel Lorente, aumentar la distancia es un paso imprescindible, pero no garantiza por sí solo la seguridad de la víctima. No se trata de una medida simbólica, sino de una condición básica para que la protección tenga algún efecto real.

Desde ese punto de partida, Lorente sostiene que la distancia fijada en una orden de alejamiento cumple una doble función. Por un lado, debe transmitir la gravedad del riesgo y romper la lógica de control del agresor. Cuando la separación es mínima, explica, el maltratador sigue viendo, observando y controlando a la mujer, incluso sin necesidad de acercarse físicamente. “No se percibe como una distancia real”, señala, “sigue sabiendo con quién está, qué hace, por dónde se mueve”.

La segunda función es estrictamente protectora. La distancia, insiste, tiene que generar un margen temporal suficiente para que el sistema pueda reaccionar. “Si esa persona se salta la norma, tiene que haber tiempo para que la alerta funcione y para que se actúe”. Con perímetros reducidos, ese margen prácticamente desaparece y la capacidad de respuesta se diluye.

“La orden de alejamiento es un papel”

Por todo ello, el exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género considera que las órdenes de alejamiento tienen un límite estructural. No funcionan porque exista un mecanismo que impida físicamente al agresor acercarse, sino porque se confía en que decida cumplirlas. “La orden de alejamiento es un papel”, resume. La garantía de protección descansa, en última instancia, en la voluntad de quien ya ha ejercido violencia.

Ese riesgo se incrementa cuando el sistema relativiza el incumplimiento. Lorente advierte de que muchos agresores quebrantan la orden y no cometen una agresión grave en ese momento, lo que genera una falsa sensación de control. “No vale decir que muchos la incumplen y luego no matan”, insiste. El quebrantamiento es una señal objetiva de peligro y debería interpretarse siempre como tal.

El cumplimiento de la orden de alejamiento depende de la voluntad del agresor
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También cuestiona la ausencia de una respuesta automática ante estas vulneraciones. No existe un criterio uniforme que determine consecuencias inmediatas cuando se incumple una orden de alejamiento. La decisión queda a valoración judicial caso por caso, lo que permite que el agresor pruebe los límites del sistema sin una reacción clara ni previsible.

La importancia de una buena valoración policial del riesgo

A ello se suma, señala Lorente, la dificultad de anticipar el riesgo desde el inicio. La protección se construye a partir de una valoración inicial —como la que realiza el sistema VioGén— que no siempre capta la evolución de la violencia ni su potencial letal. Cuando esa valoración falla, las medidas adoptadas pueden resultar insuficientes desde el primer momento.

No se trata de una excepción ni de una anomalía. En los últimos diez años, recuerda, una de cada cuatro mujeres asesinadas había denunciado previamente. El riesgo estaba identificado y, aun así, no se evitó el asesinato. Aumentar la distancia de las órdenes de alejamiento es un paso necesario. Sin control real y reacción inmediata ante cualquier incumplimiento, sigue siendo insuficiente.

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