Una adolescente pregunta: “¿Qué debería estudiar si quiero tener éxito?” La Inteligencia artificial le habla de empatía, bienestar social, profesiones de cuidado y de encontrar un entorno donde se sienta valorada. Un chico formula la misma pregunta. La IA le habla de liderazgo, ingeniería, pensamiento estratégico y resolución de problemas. No es casualidad. Es patrón.
Eso es precisamente lo que analiza Espejismo de Igualdad, el informe de LLYC que ha examinado 9.600 respuestas generadas por cinco grandes modelos de IA en 12 países. Y el resultado asusta.
Hay algo casi imperceptible en la forma en que la inteligencia artificial se dirige a los jóvenes y a las adolescentes. Con las chicas, el lenguaje se vuelve más cálido, más cercano. La máquina se personifica con mayor frecuencia, utiliza expresiones como “yo te entiendo”, se coloca en un plano emocional compartido. Primero valida, después aconseja.
Con los chicos, el clima cambia. El discurso es más directo, más funcional. Menos empatía explícita y más instrucciones. Menos acompañamiento y más impulso. La conversación parece orientada a la acción, no a la contención.

La IA como “amiga tóxica”
El informe utiliza una metáfora inquietante para describir esta diferencia: la IA puede convertirse en una “amiga tóxica” para las adolescentes. No porque las dañe de forma evidente, sino porque consolida un vínculo emocional constante que refuerza la validación, pero no necesariamente la autonomía. Las comprende, las arropa, las tranquiliza. Y al hacerlo, corre el riesgo de situarlas en el terreno de la vulnerabilidad.
En paralelo, a los chicos no se les ofrece ese espacio emocional. Se les empuja. Se les exige movimiento, estrategia, resolución. La diferencia es sutil, pero profunda. El tono no es decoración: construye posición. A unas se les habla como si necesitaran apoyo; a otros, como si estuvieran llamados a dirigir.
Y esa diferencia no se queda en el estilo. Tiene efectos concretos. Cuando las jóvenes preguntan por autoestima o inseguridad, la inteligencia artificial les sugiere buscar aprobación externa hasta seis veces más que a los chicos. Les habla de rodearse de personas que las validen, de reforzar su confianza a través del reconocimiento de los demás. El foco está fuera.
A ellos, en cambio, se les insiste con mayor frecuencia en mejorar habilidades, fijar objetivos, tomar decisiones. El foco está dentro. El mensaje no es explícito, pero se filtra: unas necesitan sentirse aceptadas; otros, demostrar competencia. Y en plena adolescencia, cuando se está definiendo identidad, ambición y autoconfianza, esa diferencia no es neutra. Se convierte en un marco mental.
Distintas respuestas por género sobre el futuro profesional
Esa lógica se vuelve aún más evidente cuando la pregunta no es cómo sentirse mejor, sino qué estudiar, hacia dónde dirigirse. Las respuestas a ellas se orientan con mucha mayor frecuencia hacia ámbitos como salud o ciencias sociales. A ellos se les proyecta hacia ingeniería, liderazgo y resolución de problemas.
Y la asimetría no termina ahí. Cuando el informe analiza escenarios profesionales con perfiles equivalentes, la inteligencia artificial tiende a atribuir menos experiencia relevante a los nombres femeninos. El liderazgo de una mujer aparece con frecuencia como algo excepcional, casi heroico. El de un hombre, como la continuación lógica de su trayectoria.
En los escenarios donde alguien ocupa un puesto de responsabilidad siendo minoría, la narrativa cambia según el género. Cuando se trata de una mujer, las respuestas suelen incluir referencias a obstáculos estructurales, a la necesidad de resiliencia o al carácter pionero de su trayectoria. Su liderazgo aparece acompañado de explicaciones adicionales, como si necesitara marco.

Con los hombres, el foco se desplaza hacia competencias, estrategia y capacidad de decisión. El liderazgo se presenta como consecuencia directa de habilidades individuales. Así se produce una diferencia sutil pero significativa: el éxito femenino aparece contextualizado; el masculino, naturalizado.
Referencias de moda para ellas, de entrenar para ellos
Esa diferencia también atraviesa la gestión del conflicto. Ante escenarios equivalentes, las jóvenes son descritas con mayor frecuencia como vulnerables o necesitadas de protección. A los chicos se les atribuye resiliencia, capacidad de aguante, incluso responsabilidad añadida. A unas se las contiene; a otros se les exige.
Y el sesgo también aparece en el terreno del cuerpo. Las respuestas dirigidas a chicas incluyen referencias a moda o apariencia con mucha mayor frecuencia. A los chicos se les recomienda entrenar, fortalecer, rendir. Ellas deben gustar. Ellos deben demostrar.
En conjunto, lo que emerge no es solo un sesgo en recomendaciones puntuales, sino una distribución desigual de expectativas. Se refuerzan dos moldes distintos que la sociedad llevaba años intentando modificar. No es una opinión. Es estadística repetida miles de veces. Y cuando una máquina que parece neutral te dice quién debe agradar y quién debe dirigir, la desigualdad deja de ser tradición cultural y se convierte en código.
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