Hablar no es un gesto neutro. Para una mujer que ha sufrido violencia sexual, hacerlo significa volver a entrar en el lugar del daño: recordar, explicar, exponerse, asumir que será observada, juzgada y cuestionada. Cuando el agresor es una figura poderosa y reconocida, como ocurre en el caso de Julio Iglesias, romper el silencio no es solo un acto de valentía, sino también un riesgo.
Antes de que haya titulares, denuncias o debates públicos, está el miedo: a no ser creída, a ser señalada, a que el relato se vuelva contra quien lo cuenta. Para muchas víctimas, hablar no supone alivio, sino una nueva prueba. El caso de Julio Iglesias ha vuelto a poner sobre la mesa hasta qué punto decirlo sigue siendo difícil cuando el poder, el prestigio y la admiración social están del otro lado.
Para entender qué supone realmente hablar después de una violencia sexual —y por qué tantas mujeres no lo hacen— hablamos con Noemí Álvarez Boyero, licenciada en Psicología, con un máster en Sexología, directora del centro de psicología Itipa en Málaga y con más de dos décadas de experiencia como terapeuta especializada en trauma y violencia sexual.

¿Qué supone para una víctima de violencia sexual narrar su experiencia y enfrentarse a un proceso judicial?
Supone reabrir una situación que la devuelve a la tragedia que ya vivió. Tiene que recordar, revivir emociones y ponerse en contacto con experiencias muy dolorosas. Si ese proceso no se trata con la suficiente delicadeza y cuidado, puede resultar claramente retraumatizante.
¿Puede llegar a empeorar la sintomatología?
Sí. Aunque es importante decir que, cuando un proceso judicial se lleva a cabo con garantías, respeto y cuidado, puede tener incluso un efecto reparador. Sentirse escuchada, protegida y poder hablar de lo ocurrido puede ayudar a avanzar. El problema aparece cuando se insinúa que la víctima miente o se utilizan tonos acusatorios: ahí aumentan la culpa, la vergüenza y la duda.
Se suele pensar la violencia sexual solo como una agresión ejercida por la fuerza. ¿Qué queda fuera de ese imaginario?
Quedan fuera muchas formas de violencia sexual. Existe una idea muy arraigada de la “víctima perfecta”, sometida por la fuerza, pero se habla mucho menos de mujeres en situaciones de vulnerabilidad, con vidas complicadas, que soportan agresiones como una forma de supervivencia. En esos contextos la violencia no siempre se ejerce mediante la fuerza física, sino a través de la necesidad o del aprendizaje. Cuando la violencia sexual ha estado presente en la biografía de una mujer —como víctima, testigo o a través del discurso social—, es fácil que se normalice.
¿Por qué muchas mujeres no identifican lo que viven como una agresión?
Porque ser víctima es muy difícil. Muchas veces no son conscientes de que lo que sufren es un delito, y en algunos casos estas situaciones ni siquiera se reconocen dentro del propio sistema. Además, la mayoría de las víctimas sienten el impulso de culparse a sí mismas, y la sociedad refuerza ese estereotipo cuando se pregunta por qué no se fue o por qué aguantó, sin plantearse realmente a dónde podía ir.

¿Cómo influye la exposición pública y el juicio mediático?
Aquí entra de lleno el derecho a la privacidad y a la intimidad. Perder el control sobre la información personal ya genera daño en cualquier persona. Pero cuando lo que se expone es algo tan doloroso y delicado como una agresión sexual, puede convertirse en otra forma de violencia, similar a un escarnio público.
¿Existe todavía una exigencia de “víctima perfecta”?
Sí. Se sigue esperando que la víctima encaje en un ideal moral para ser creída. Si su vida no se ajusta a ese estereotipo, la agresión se pone en duda. Es llamativo porque en otros delitos no se cuestiona cómo vivía la persona agredida, pero en la violencia sexual sí. Sigue siendo algo que hay que demostrar.
¿Cómo afecta todo esto a las familias?
Las familias también atraviesan un proceso muy duro. Tienen que afrontar hechos para los que nadie está preparado. Si además sienten que su hija está siendo cuestionada públicamente, expuesta en televisión, convertida en objeto de burla o memes, todo ello supone una forma de daño adicional. Por eso muchas veces temen que se denuncie o que el proceso judicial avance.
¿Tiene todo esto un efecto disuasorio sobre otras víctimas?
Sin duda. Cuando otras mujeres ven lo que ocurre cuando alguien rompe el silencio —cómo se la cuestiona, se la expone o no se la cree—, el mensaje que reciben es claro: mejor callar. Sigue existiendo una presión muy fuerte para que estas violencias se resuelvan en lo privado.
¿Qué ocurre cuando finalmente no hay condena?
La experiencia de ser víctima ya rompe la confianza en los demás. Si además quienes deberían protegerte no responden, la sensación de vulnerabilidad es total. Aparece el miedo a que vuelva a ocurrir, porque fue algo inesperado y porque el entorno no ofreció seguridad.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.


