El caso de Helena Jubany, uno de los asesinatos más inquietantes y enrevesados de la crónica judicial catalana, acaba de vivir un nuevo giro procesal que, sin cerrar ninguna puerta, vuelve a tensar el reloj del sumario. La Audiencia de Barcelona ha rechazado el archivo definitivo de la causa contra Ana Echaguibel, pese a que el cotejo de su ADN con los restos hallados en el jersey que llevaba Helena Jubany el día de su muerte fue negativo. La razón que esgrime la sala es tan contundente como delicada: el tribunal avala que “existen indicios de su participación” en el crimen, aunque esos indicios no tengan, hoy por hoy, entidad suficiente para sostener una acusación firme.
La resolución mantiene, eso sí, el sobreseimiento provisional dictado tras conocerse el resultado biológico. Un matiz clave en el lenguaje jurídico: no supone absolver, pero tampoco acusar. Significa dejar la causa en pausa, a la espera de que aparezcan nuevos elementos que permitan reactivar la investigación contra la sospechosa. En el auto, la Audiencia cita, entre otros materiales, los mensajes recibidos por Helena Jubany en los meses previos a los hechos y varios informes periciales que, aunque no bastan para sentar a alguien en el banquillo, tampoco desactivan la existencia de indicios de delito.
La reapertura a contrarreloj y el ADN que no encaja
El movimiento llega después de un episodio especialmente relevante: en septiembre, y con la prescripción asomando, la jueza que investiga el asesinato de Helena Jubany reabrió las pesquisas contra Echaguibel, que ya había sido imputada tras el crimen e incluso pasó por prisión provisional en su momento. En aquel auto, la magistrada ordenó obtener su ADN para compararlo con el rastro localizado en el jersey de la víctima. El resultado fue negativo y se decretó el sobreseimiento provisional, ahora ratificado como fórmula que permite reabrir si aparecen futuras pruebas.

En el tablero del caso, esa decisión deja un mensaje claro: el ADN no ha atado el cabo que se buscaba, pero el tribunal no quiere certificar un cierre definitivo. Para la familia, la consecuencia es evidente: la investigación sigue respirando. Para la defensa de la sospechosa, el escenario también se complica: el juzgado no archiva “para siempre” y el procedimiento conserva margen de maniobra.
Dos investigados y una pieza que sigue pesando: el jersey de Helena Jubany
Hoy, por el crimen de Helena Jubany hay dos imputados principales. El foco ha estado durante meses en Santiago Laiglesia, cuyo material genético sí pudo localizarse en el jersey que llevaba la joven cuando la mataron. Ese hallazgo fue determinante para su ingreso en prisión provisional en noviembre, 24 años después de los hechos, aunque estuvo menos de dos meses entre rejas: la Audiencia estimó el recurso de su defensa y acordó su libertad con medidas cautelares —retirada de pasaporte y prohibición de salir de España— al considerar que no existía un riesgo de fuga suficiente.
El caso, sin embargo, no se sostiene sobre una única prueba. Lo que pesa es la combinación: rastros genéticos, contradicciones, tiempos muertos, vínculos personales y, sobre todo, los anónimos que recibió Helena Jubany antes de morir, algunos acompañados por bebidas adulteradas con sedantes, los mismos que después se encontrarían en la autopsia.
Los anónimos, la caligrafía y el “reparto de roles”
Una de las pruebas que quedaba pendiente sobre Laiglesia era la caligráfica: comprobar si era el autor de parte de los textos anónimos que llegaron a Helena Jubany en las semanas previas. Ahora, la Policía Nacional concluye que en parte de esos textos no se puede establecer autoría y que otros no son compatibles con Laiglesia. En cambio, la pericial apunta a otro investigado, Xavier Jiménez, como autor de parte de los anónimos, según certifica la Unidad Central de Criminalística.

Este punto encaja con una hipótesis que ha sobrevolado el sumario desde el inicio y que la instructora ha subrayado: la posible autoría conjunta y un reparto de roles entre implicados. En una resolución previa ya se apuntaba que el traslado del cuerpo de Helena Jubany y su posterior arrojo desde la azotea difícilmente habría podido ejecutarse por una sola persona. Esa idea, más que una conclusión cerrada, funciona como marco: si hubo colaboración, la causa necesita encajar piezas que no siempre dejan huella material.
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