“Nos elegían por el cuerpo”: el sistema de reclutamiento que denuncian las víctimas de Julio Iglesias

Un sistema de selección basado en la apariencia, el control y el silencio precedía al trabajo en villas de lujo en el Caribe. Los testimonios de las víctimas describen un patrón de abuso sostenido en el tiempo

Denunciantes del caso Julio Iglesias - Cultura
Una fotografía de espaldas de una de las denunciantes
Univisión Noticias

No hubo entrevistas formales ni currículums. El primer contacto fue un mensaje escueto en redes sociales, una oferta genérica para trabajar en una villa de lujo en el Caribe. “Se busca empleada interna”, decía. Nada más. A las pocas horas, el siguiente paso no fue una llamada ni una prueba profesional, sino una petición directa: “Envíame fotos de cuerpo entero”. Cinco imágenes. De frente. De perfil. Sonriendo.

“Me pareció raro, pero pensé que era por seguridad”, cuenta una de las mujeres que acusa a Julio Iglesias, en declaraciones a elDiario.es y Univision Noticias. Otra explicó que ni siquiera cumplía los requisitos de edad ni tenía experiencia suficiente, pero fue aceptada de inmediato tras enviar las fotografías. “Ahí entendí que no estaban eligiendo a una trabajadora, estaban eligiendo un cuerpo”, relató.

“Si no le gustabas, no entrabas. Si engordabas, te ibas”

El sistema se repetía. Las candidatas eran contactadas por WhatsApp, sin contratos formales ni intermediarios profesionales. La persona encargada del reclutamiento recopilaba las imágenes y las mostraba. “Él decidía”, coinciden los testimonios recogidos por ambos medios. “Si no le gustabas, no entrabas. Si engordabas, te ibas”. El control del cuerpo comenzaba antes incluso de cruzar la puerta.

El cantante Julio Iglesias.
EFE/José Huesca

Una vez dentro de las residencias, el trabajo no se parecía a lo prometido. Vivían en la casa, aisladas, sin horarios claros ni días libres. Todo estaba reglado: la ropa, el maquillaje, el peso. “Nos decían cuánto teníamos que comer. Nos miraban el cuerpo como si fuera parte del mobiliario”, declaró una de las extrabajadoras. El lujo del entorno contrastaba con una disciplina asfixiante que no dejaba espacio para la intimidad ni la autonomía.

“Sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía”

A las pocas semanas, llegó otra exigencia. No era una recomendación, era una orden. Exámenes médicos completos. Ginecológicos. Pruebas de VIH, ecografías, análisis de embarazo. “Nos pidieron los resultados impresos. Se los quedaban ellos”, relató una de las mujeres. Nadie explicó para qué, ni quién tendría acceso a esa información. “Sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía”, añadió.

Las noches marcaban el punto de quiebre. Cuando terminaba la jornada laboral, algunas recibían mensajes. “Sube a la habitación”. No era una invitación. Era una instrucción. Una de las mujeres contó a elDiario.es que la primera vez se quedó paralizada. “No sabía cómo decir que no. No sabía si podía”. En su testimonio relató cómo Julio Iglesias la tocaba sin su consentimiento, cómo la penetraba con los dedos, cómo el abuso se repetía una y otra vez. “Me usaba casi todas las noches. Yo solo quería que terminara”.

Otra víctima recordó los besos forzados, los tocamientos repentinos en espacios abiertos, la sensación constante de vigilancia. “No importaba dónde estuvieras: la piscina, la playa, el pasillo. Nunca estabas a salvo”, declaró. A la violencia física se sumaba la verbal. Insultos. Burlas. Humillaciones. “Después de tocarte, te hacía sentir basura”.

“¿Quién nos iba a creer a nosotras?”

El miedo era el pegamento que mantenía todo en silencio. Miedo a perder el trabajo. Miedo a no cobrar. Miedo a no poder volver a casa. Miedo a no ser creídas. “¿Quién nos iba a creer a nosotras?”, se preguntaban. “Él era intocable. Nosotras, reemplazables”. Esa desigualdad de poder atraviesa todos los testimonios recogidos en la investigación conjunta.

El cantante español Julio Iglesias, en una imagen de archivo
EFE

Durante años, esas historias quedaron atrapadas en la garganta. Las mujeres siguieron con sus vidas, cargando la culpa y la vergüenza que no les correspondía. Algunas tardaron meses en entender que aquello no había sido un malentendido ni una excepción. “No fue un error. No fue algo puntual. Era así como funcionaba todo”, explicó una de ellas.

Cuando finalmente decidieron hablar, lo hicieron bajo protección, con nombres ficticios y con el temor todavía presente. Los periodistas de elDiario.es y Univision Noticias contrastaron los relatos con otros testimonios, documentos laborales y pruebas médicas. Las versiones coincidían en los detalles, en los tiempos, en las prácticas. No hablaban de un hecho aislado, sino de un sistema sostenido en el tiempo.

“No hablamos antes porque sobrevivir era la prioridad”, dijo una de las denunciantes. “Ahora hablamos para que no vuelva a pasar”. Sus voces, integradas por primera vez en un relato público, rompen el silencio que durante años protegió al poder y dejó a las víctimas solas.

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