El asesinato de Tulia Ester este lunes en Córdoba ha ilustrado cómo el sistema no siempre protege a las víctimas que denuncian. Pero hay algo más en este caso que debería haber encendido más alarmas. La edad del agresor y presunto asesino y la de ella. Tulia tenía 64 años y él, 65. Un detalle que pasa desapercibido, pero que sitúa lo ocurrido en un terreno donde la violencia se esconde mejor y tarda más en salir a la superficie.
Las mujeres de esa generación casi no aparecen en las denuncias. Los registro muestran que su presencia en el sistema judicial es mínima, muy por debajo de lo que cabría esperar. No significa que no exista violencia, sino que rara vez llega a formalizarse. Hay un desfase evidente entre lo que se vive y lo que se denuncia, y ese vacío es especialmente amplio a partir de los 65.
Sin embargo, cuando se mira fuera de las estadísticas judiciales, la imagen cambia. Algunos estudios sitúan en torno a una de cada cuatro las mujeres mayores que han sufrido violencia a lo largo de su vida. No es un fenómeno residual ni aislado. Lo que ocurre es que permanece fuera del radar. Se mantiene en el ámbito privado, sin activar los mecanismos de protección que sí funcionan en otros casos.

Una violencia que se cronifica
Hay una característica que define esta violencia y que la diferencia del resto. El tiempo. En muchas de estas historias no se habla de meses ni de años, sino de décadas. Investigaciones sobre mujeres mayores apuntan a que más de la mitad llevan más de veinte años conviviendo con el maltrato, y una parte significativa supera los cuarenta. Es una violencia que no irrumpe, sino que se instala. Que se adapta, que cambia de forma, que se vuelve menos visible hacia fuera mientras gana peso dentro de la relación.
Dependencia económica
Romper con algo así no depende solo de la voluntad. A esa edad, la vida ya está construida alrededor de la pareja. Los ingresos, la vivienda, la rutina diaria. Para muchas, separarse implica perder estabilidad económica en un momento en el que resulta más difícil reconstruirse. A eso se suma el vínculo emocional que se ha ido tejiendo durante años, incluso en contextos de control o abuso, y el miedo a quedarse sola cuando el entorno social se ha ido reduciendo.

Generaciones más machistas
También influye la forma en que aprendieron a entender la pareja. Son generaciones en las que el matrimonio se concebía como un compromiso permanente y donde los conflictos se resolvían dentro de casa. Muchas no identificaron durante años determinadas conductas como violencia. O las minimizaron. O las asumieron como parte de la convivencia. El paso de reconocer lo que ocurre a contarlo fuera no es inmediato.
Más vulnerables
El aislamiento hace el resto. Con el paso del tiempo, las redes de apoyo se estrechan. Hay menos contacto con amistades, menos espacios propios, menos ocasiones para pedir ayuda. En algunos casos, la convivencia se limita prácticamente a la pareja. Y cuando nadie mira, todo resulta más difícil de detectar. Profesionales del ámbito sanitario y social llevan tiempo advirtiendo de que los casos en mujeres mayores se identifican menos. No siempre se pregunta. No siempre se sospecha.
Por eso, cuando estas situaciones salen a la luz, suelen hacerlo tarde. A veces después de años de acumulación, cuando la situación se ha deteriorado hasta volverse insostenible. Otras, directamente, cuando ya no hay margen para intervenir. asesinatos.
El asesinato de Tulia Ester obliga a mirar hacia ese espacio menos visible. La edad no es un dato anecdótico. Apunta a una forma de violencia que se denuncia menos, que dura más tiempo y que encuentra más obstáculos para ser interrumpida. Historias largas, sostenidas en silencio, que solo de vez en cuando irrumpen con toda su gravedad. Demasiadas veces, cuando ya no queda nada por hacer.
