Estaba con su bebé de seis meses cuando ocurrió la agresión. En la puerta de su vivienda, en Sevilla la Nueva, una mujer de 30 años fue atacada por dos hombres que la golpearon, la rociaron con un líquido inflamable y le prendieron fuego. El bebé no resultó herido. Según la investigación, el ataque habría sido encargado por su pareja.
El caso se investiga como un intento de homicidio en el marco de la violencia de género. Pero lo ocurrido no es solo un episodio más dentro de esta violencia: introduce elementos que apuntan a un salto cualitativo en su forma de producirse.
No se trata únicamente de la gravedad del ataque, sino de su estructura. La participación de terceros rompe con la lógica del ataque individual y sitúa la agresión en el terreno de la planificación. Encargar la violencia implica distancia, cálculo y una voluntad sostenida en el tiempo. No es un impulso: es una decisión.
Un mensaje a los demás hombres
A esto se suma el método. Quemar no es neutro. No es inmediato, ni invisible, ni limpio. Es una forma de violencia que destruye el cuerpo, prolonga el sufrimiento y deja marcas permanentes incluso cuando la víctima sobrevive.
La combinación de ambos elementos —planificación a través de terceros y uso del fuego— sitúa el caso en un nivel especialmente grave, donde ya no solo se busca agredir o incluso matar, sino ejercer un dominio total.

La antropóloga Rita Laura Segato ha interpretado este tipo de violencias como actos que exceden lo individual. En sus palabras, estos crímenes “constituyen mensajes de los victimarios hacia los demás hombres”. La agresión no se agota en la víctima: funciona como una demostración de poder en un sistema de relaciones donde la masculinidad se afirma a través del dominio.
Desde esta perspectiva, el cuerpo de la mujer se convierte en el lugar donde ese poder se inscribe. La violencia extrema —quemar, desfigurar, mutilar— adquiere así un carácter expresivo: no es solo un medio para causar daño, sino una forma de lenguaje. Cuanto mayor es la destrucción, más contundente es el mensaje de control absoluto.
El cuerpo se convierte en un objeto sobre el que se ejerce poder
En la misma línea, las investigadoras Ana Carcedo y Montserrat Sagot permiten entender cómo esa violencia se ejerce concretamente sobre el cuerpo. En sus estudios sobre feminicidio insisten en que no se trata únicamente de muertes, sino de procesos en los que la violencia puede intensificarse hasta formas de crueldad extrema.
Ambas autoras subrayan que prácticas como las quemaduras, las mutilaciones o el ensañamiento no son elementos secundarios ni accidentales. Forman parte de la lógica de dominación que atraviesa estos crímenes. El agresor no solo busca eliminar a la víctima, sino someterla y degradarla, interviniendo sobre su cuerpo de manera que esa violencia quede inscrita en él.
En este sentido, el cuerpo deja de ser solo el lugar del daño para convertirse en un objeto sobre el que se ejerce poder sin límites. No se decide únicamente sobre la vida, sino también sobre la forma en que ese cuerpo es transformado, marcado o destruido.
“Overkill” o exceso de violencia
Carcedo y Sagot sitúan estas prácticas dentro de un continuo de violencia que se va intensificando. En sus fases más extremas, esa violencia puede orientarse a la anulación de la identidad de la víctima. La desfiguración, las quemaduras o el ensañamiento actúan entonces como formas de borrar a la persona, de reducirla a un cuerpo sobre el que se ejerce dominio.

Desde esta perspectiva, el uso del fuego adquiere un significado particular. No es solo una herramienta para causar daño, sino un medio que permite una destrucción visible, prolongada y profundamente transformadora del cuerpo.
Desde la criminología, este tipo de agresiones se encuadran en lo que se denomina “overkill”: un exceso de violencia que supera lo necesario para causar la muerte. Este exceso suele interpretarse como expresión de posesión, de odio o de una voluntad de castigo.
Leído desde estas claves, el caso de Sevilla la Nueva no es solo especialmente brutal. Apunta a una forma de violencia que incorpora planificación, delegación y métodos de destrucción extrema. No es solo más violencia. Es otra forma de ejercerla.
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