¿Dónde están los hombres? ¿Están en las manifestaciones tras los crímenes machistas? ¿Quién informa sobre la violencia contra las mujeres? ¿Quién investiga, quién escribe, quién habla en las conferencias?
Cuando asesinan a tres mujeres en un día, ¿dónde está su rabia en las redes sociales? ¿Se habla de ello en las sobremesas, en las conversaciones políticas?
Lo cierto es que cuesta encontrarlos. Por eso les preguntamos a ellos. A los que sí tienen a menudo el machismo en la boca y no sienten que sea un problema femenino.
El médico forense Miguel Lorente lleva más de veinte años dedicado a la investigación de la violencia de género. Es, en cierto modo, un mirlo blanco porque no hay tantos expertos en la materia.
Un problema de mujeres
Él mismo ha contado en varias ocasiones que, cuando empezó a trabajar en este ámbito, un compañero le frenó en seco: “¿qué haces tú metido en eso?”, “especialízate en ADN y deja la violencia a ellas”. No es una anécdota aislada, sino que refleja una idea muy extendida, que la violencia machista es un problema y una lucha de las mujeres. Como si ellas se golpeasen, violasen o matasen a sí mismas. Como si el hecho de que todos los asesinos y agresores sean hombres fuese un detalle nimio, sin relación con ellos ni con su manera de estar en el mundo.

Lorente cree entender por qué ocurre esto y cuál es el razonamiento que lleva a muchos hombres a sentir un problema estructural como algo ajeno. La violencia de género, explica, se percibe como algo que hacen otros, unos pocos, casos extremos, hombres con problemas, con adicciones o fuera de la norma. Así resulta más fácil apartarse, pensar que no tiene nada que ver con uno mismo y que no hay nada que hacer.
Ese sistema, androcéntrico, explica, no se sostiene solo. “Los hombres tenemos la responsabilidad de reproducirlo y de garantizar que se mantenga.” Es decir, no hace falta ejercer violencia para formar parte de él. Basta con no cuestionarlo, no implicarse, no hacer nada para que todo siga igual.
Hay algo más que le llama la atención. Ni siquiera la magnitud de los datos provoca una reacción. Que haya asesinatos, violaciones o miles de denuncias no genera la misma conciencia que otras muertes, ataques y agresiones. En ese punto, la falta de implicación deja de ser casual. Esa forma de mirar tiene consecuencias.
“Hay vidas que parecen valer menos”
Las que percibe José Enrique Monrosi, periodista, que cubre la información política para elDiario.es. No trata habitualmente temas de violencia contra las mujeres, pero sí denuncia en sus redes los asesinatos, el acoso y los fallos del sistema. No es lo habitual. Como tampoco lo es percibir la indignación en su tono de voz al hablar de estos crímenes.
“Me parece bastante escandaloso el nivel de normalización que tenemos en este país”, dice. “Voy todos los días al Congreso, a ruedas de prensa, a mítines… y el noventa por ciento de las veces ni siquiera se menciona”, apunta.
Piensa en casos concretos. En el crimen machista de Miranda de Ebro, donde un agresor reincidente, con antecedentes, estaba en libertad y acabó con la vida de tres mujeres. Y compara. Qué habría pasado si, con esos mismos fallos previos, un yihadista hubiese matado a una sola persona. El país se paraliza, ocuparía portadas, se pedirían responsabilidades, se abriría un debate inmediato. Aquí no.

“Lo que me revela es que hay vidas que parecen valer menos”. Y no habla solo de mujeres. Señala también lo que ocurre con las personas migrantes. Muertes que no detienen nada, que no cambian nada, que no ocupan el lugar que deberían.
La reacción contra la postmodernidad
El periodista Pedro Vallín pone el foco en la violencia machista varias veces al día en sus redes sociales. Con su estilo mordaz y ácido, lo denomina la “guerra en curso”.
La única guerra en curso. https://t.co/2jDR755x5m
— Pedro Vallín (@pvallin) February 17, 2026
Y no habla de España, ni siquiera de una suma de casos, sino de algo que atraviesa el momento político de Occidente. De una reacción contra el mundo que ha traído la posmodernidad. Ese en el que los papeles se desdibujan, en el que la identidad se vuelve más abierta, más ambigua, más libre. Ese mundo donde caben la laca, el maquillaje, lo queer.
Frente a eso, dice, se está produciendo una impugnación. Una vuelta a una idea de la masculinidad más antigua, más reconocible. Lo ejemplifica con imágenes muy concretas: la persecución del lobo en España, especialmente en el norte, donde se ha reabierto el debate sobre su caza; el regreso del hombre cazador; la motosierra de Milei. Una virilidad que se afirma desde la fuerza, desde la imposición.
Ahí sitúa también un cambio de clima. Un machismo que antes se ocultaba, que no podía decirse abiertamente, deja de esconderse. Se expresa sin filtros. Todo se vuelve más explícito, más crudo, más descarnado. Y encuentra en figuras como Trump una legitimación de esos gestos.
Y en ese mismo marco sitúa la violencia contra las mujeres. No como algo separado, sino como parte de esa respuesta. Cuando se van, cuando rompen, cuando dejan a los hombres, cuando ponen pie en pared, es cuando aparece la violencia.

A eso lo llama una “contrarrevolución del hombre blanco heterosexual”. Una reacción que no se limita a la extrema derecha, aunque ahí se exprese con más claridad, sino que también atraviesa a la izquierda, que no está libre de ese machismo y que, en ocasiones, mira con nostalgia a una idea muy concreta —y profundamente masculina— de la clase trabajadora.
Para Vallín, no es que el machismo sea una consecuencia del neofascismo, sino al revés. Es la venganza del hombre blanco contra la emancipación de las mujeres, y de todo lo que cuestiona su lugar, lo que está en la base de ese nuevo autoritarismo.
Cuesta encontrar a hombres que sientan que la violencia estructural contra las mujeres es un problema de derechos humanos, un problema que nos interpela a todos. Son ellos quienes la ejercen, quienes la sostienen, y mientras no entendamos eso, seguiremos contando agresiones sexuales, asesinatos y violencia cotidiana como parte de guerra: cinco mujeres asesinadas, cientos de denuncias, decenas de agresiones cada día, sin que nada cambie. Mientras sigamos mirando hacia otro lado, todo seguirá igual, y la violencia continuará pasando desapercibida, normalizada, integrada en la rutina.
