Juana Rivas lleva un año sin hablar con Daniel: qué dicen los expertos sobre separar a un niño de su madre protectora

Psicólogos, pediatras y especialistas en trauma explican las secuelas que puede dejar en un niño ser separado de su principal figura de protección y obligado a convivir con la persona a la que teme.

Daniel lleva un año si nhablar con su madre mientras vive en Italia con Francisco Arcuri
Daniel lleva un año si nhablar con su madre mientras vive en Italia con Francisco Arcuri
KiloyCuarto

El hijo menor de Juana Rivas continúa en Italia después de que el 25 de julio de 2025 fuera entregado por orden judicial a su padre, Francisco Arcuri. La decisión puso fin a los siete meses que había pasado en España, donde había vuelto al colegio, jugaba al fútbol y empezaba a reconstruir una vida junto a las dos personas con las que había dicho una y otra vez que quería vivir: su madre y su hermano Gabriel.

Su historia abrió uno de los mayores debates de los últimos años sobre la protección de la infancia. Durante semanas, España discutió si Daniel había sido realmente escuchado, cuánto debía pesar la voluntad de un niño en un procedimiento judicial y cómo debía interpretarse su interés superior. Sin embargo, entre todas aquellas preguntas hubo otra que apenas ocupó espacio: ¿qué ocurre dentro de un niño cuando se le obliga a separarse de la persona con la que se siente seguro? ¿Qué consecuencias tiene crecer junto a quien identifica como una fuente de miedo?

Psicólogos, pediatras y especialistas en violencia contra la infancia llevan años intentando responder a esas preguntas. Todos parten de una misma premisa: los hijos e hijas de las mujeres víctimas de violencia de género no son meros testigos de lo que ocurre en sus hogares. También son víctimas. La violencia no termina en la mujer. Alcanza también a los niños, condiciona su desarrollo emocional, altera la forma en la que entienden la seguridad y puede dejar secuelas que les acompañen durante toda la vida.

Juana Rivas a su llegada al Punto de Encuentro Familiar de Granada donde entregó el pasado julio a su hijo Daniel
EFE/ Pepe Torres

“¿Qué no va a ocurrir en el cerebro de ese niño?”

“Si un niño vive con miedo y le obligas a vivir con la persona que le da miedo y es el sistema, la Policía, los profesores o los servicios sociales los que le explican que se tiene que ir con papá… ¿qué es lo que no va a ocurrir en el cerebro de un niño o una niña?”.

Con esa pregunta, el pediatra social Antonio Gancedo resume una realidad que, a su juicio, todavía sigue siendo una de las grandes desconocidas. El especialista explica que el daño no empieza el día en que un niño vuelve con la persona a la que teme. Comienza mucho antes, mientras convive con la violencia, y puede prolongarse durante años.

“Viven esas situaciones con miedo, con angustia, temor, con mucho rechazo. Tienen oscuridad, les duele la tripa, no duermen bien, tienen episodios de ira, se ponen muy violentos, rompen cosas, insultan, pegan. Ni un adulto puede controlar esa ambivalencia continua entre el cariño que debe tener una de las personas de referencia en su vida y el daño que esa persona le produce”, explica.

Lejos de ser una reacción exagerada, Gancedo insiste en que esas respuestas forman parte de un mecanismo de supervivencia. Cuando el miedo se instala en la vida cotidiana, el organismo aprende a vivir permanentemente en alerta. El cuerpo se prepara para sobrevivir incluso cuando el peligro no es visible. Esa tensión acaba afectando al sueño, al aprendizaje, a las relaciones con los demás y a la forma en que ese niño construirá su vida adulta.

La psicóloga especializada en trauma Noemí Álvarez Boyero explica que esa respuesta tiene una base neurobiológica. Ante una situación de amenaza continuada, el cerebro deja de funcionar con normalidad y prioriza la supervivencia frente a cualquier otra función. El miedo, el estrés y la incertidumbre alteran la forma en la que se procesan las experiencias y pueden dejar secuelas que persisten mucho después de que la violencia haya cesado. Además, advierte de que cuando una persona siente que no ha sido protegida o que su sufrimiento no ha sido reconocido, el trauma puede intensificarse y dificultar todavía más la recuperación.

Cuando quien da miedo también es quien debe cuidar

Uno de los conflictos más difíciles de comprender, explican los especialistas, aparece cuando el niño es separado de la persona que representa su principal refugio y pasa a depender exclusivamente de aquella a la que teme.

Un maltratador nunca puede ser un buen padre
KiloyCuarto

José Antonio García Serrano, psicólogo especializado en violencia contra las mujeres y la infancia, es rotundo: “Un maltratador no puede ser un buen padre, nunca”.

A su juicio, la violencia contra la madre nunca queda al margen de los hijos. Aunque no reciban golpes, crecen en un entorno atravesado por el miedo, el control y la inseguridad. Obligarles a mantener ese vínculo supone prolongar el daño. “No solo cuando están con el maltratador, es antes, durante y después. Les revictimiza”.

El desgarro de las madres protectoras

Mientras los especialistas explican qué ocurre en los niños, las madres describen otra forma de sufrimiento. No es el miedo por ellas mismas. Es el de verse obligadas a entregar a sus hijos a quien consideran su agresor sin poder hacer nada para evitarlo.

Chelo Álvarez, psicóloga y presidenta de Alanna, asegura que muchas mujeres viven ese momento como “un desgarro emocional”. “Le arrancan a su criatura de los brazos. No como una custodia compartida cualquiera, sino como una traición a su instinto, a su vínculo y a su deber de protección. El dolor no es simbólico: es físico, como una herida abierta que no cicatriza”.

La experta explica que ese dolor no termina cuando el niño cruza la puerta. Al contrario. Empieza una espera marcada por la incertidumbre y la culpa. “La sensación de impotencia es asfixiante. Ver que sus palabras no sirven, que las pruebas no bastan, que sus miedos se tachan de manipulación”.

A esa impotencia se suma una pregunta que acompaña a muchas madres cada día. “Miedo constante, cada noche, cada hora, sin saber qué está viviendo su hijo o hija. ¿Le hablará mal de ella?, ¿la insultará?, ¿le gritará?, ¿le hará daño? Ese miedo permanente erosiona la salud mental y física”.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.