La tragedia de Urda nos duele a todos. Mucha gente lleva días revuelta y no da pie con bola ni en su casa ni en el trabajo porque no deja de pensar en lo ocurrido. No conoce a las víctimas, pero siente que podía haber sido una de ellas.
La sociedad se ha vuelto a ver sacudida emocionalmente por un accidente ferroviario. El segundo en tan sólo unos pocos meses. Todavía no nos habíamos repuesto de la catástrofe del 18 de enero en Adamuz y, de pronto, recibimos este nuevo mazazo.
En situaciones así nos planteamos la fragilidad de nuestra existencia y cuesta mucho aceptar que podemos desaparecer en un acto cotidiano. Son muchas las personas utilizan el tren para desplazarse habitualmente. Además, nos invade la tristeza al ver el sufrimiento de los familiares y amigos de los afectados. Vamos conociendo sus historias y nos tiembla un poco el alma.
En definitiva, los ciudadanos estamos tocados y no nos queda otra que aguantar a los políticos que sólo piensan en el 29-N. La verdad es que ahora mismo no estamos para soportar una campaña en la que se van a tirar los trastos a la cabeza. Todavía hay heridos ingresados en los hospitales y estamos de luto. El duelo necesita un tiempo de reposo. No tenemos el cuerpo para aguantar broncas, estridencias y mensajes electorales.
Pero da igual, van a seguir adelante. Así que lo único que podemos hacer es pedir a los partidos que se contengan y mucho respeto. Algo que, como ya estamos viendo, no va a suceder. Allá ellos. Este desastre puede pasar factura al PSOE, pero también al resto de formaciones si derrapan en sus críticas. Nadie debería intentar aprovecharse de esta desgracia y utilizarla como arma arrojadiza.
Tampoco es normal tratar de justificar lo injustificable. Es lo que ha venido haciendo Óscar Puente hasta que este martes por la noche dimitió de su cargo como ministro de Transportes. También confirmó que no iba a ir en las listas socialistas. Era consciente de que su rostro se asociaba ya irremediablemente a los dos accidentes y sabía perfectamente que su figura iba a deteriorar las expectativas de los suyos y, sobre todo, las de Pedro Sánchez. Esta era la única manera de que el presidente pudiese iniciar su caravana por las comunidades autónomas liberado de presión.
Lo que está claro es que el PSOE ya no va a poder celebrar mítines con bailes y besos. Los mensajes de ilusión y esperanza no son adecuados en estos momentos. Las promesas sociales se van a un cajón. Tampoco va a poder ya meter miedo con que viene la derecha porque le van a replicar diciendo que el terror se concentra en su falta de gestión. En la situación de la alta velocidad, en la de Ceuta o en la de la vivienda… Ocho años en La Moncloa, los últimos con unos presupuestos prorrogados. Toca hacer balance y precisamente estos últimos meses sólo arrojan un saldo negativo.
La situación parecía ir bien para Sánchez hasta que estalló lo que los expertos definen como un “cisne negro”. Es lo que en el ensayo de Nassim Nicholas Taleb define el impacto que tiene lo altamente improbable. Está claro que un hecho tan grave va a influir en lo que ocurra en los próximos comicios. Sólo quedan 25 días para ir a votar.
Salvando las distancias, todo esto me recuerda al 11 de marzo de 2004 cuando el Gobierno de José María Aznar ocultó que la autoría de los atentados en los trenes de Cercanías había sido de los yihadistas y responsabilizó a ETA. Los españoles acudieron tres días después a las urnas y se produjo un vuelco electoral: ganó el PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero.
Hay quien piensa que esta situación se podría repetir ahora a la inversa. Es cierto que hay muchos factores distintos, pero un aspecto común que, al final, vale para cualquier faceta de la vida: cuando alguien quiebra el interior de uno, es muy difícil recuperar la confianza y la credibilidad.

