Era una noche de sidras, como tantas otras. Cristina y sus amigas habían quedado para tomar algo y salir a bailar. Tenían veintipocos años; algunas estudiaban, otras trabajaban y estudiaban. La vida era para ellas. Empezaron en un asturiano de la calle Argumosa. Todo es risa. Brindan, carcajean y se cuentan su semana. Qué han hecho, la jefa nueva, el ligue de turno. Suena la música, vuelven a brindar. Nada parece distinto. Ninguna nota nada extraño.
El despertar
Lo siguiente que recuerda Cristina es despertarse desnuda en una cama. No reconoce el lugar y al girar la vista ve que tiene un hombre al lado. Se asusta. No sabe quién es. Nota en su cuerpo, en sus genitales, que ha pasado algo que ella no ha consentido. No entiende nada. Le cuesta situarse, comprender. “¿Qué coño hago aquí? ¿Qué es esto?”, piensa.
La casa donde está es un desastre. Todo está desordenado, es un caos. Decide salir de allí lo más rápido posible. Coge un taxi, no recuerda muy bien el trayecto. Calcula que tardó 50 minutos en llegar a su casa. De esto hace veinte años.
La culpa y el silencio
Durante un tiempo, Cristina intentó explicarse lo ocurrido como pudo. “Lo mismo me he pillado un pedo gordísimo, me he liado con este tío y me he venido aquí por mi propio pie”. No denunció. “Tampoco sabía qué me había pasado”, repite.

Entonces no tenía la certeza que tiene hoy de que sufrió una agresión sexual. Hoy está convencida de que le echaron algo en la bebida, aunque no sabe qué ni vio que alguien lo hiciera. Sus amigas también habían bebido, pero, según cuenta, a ellas no les pasó nada. “Puedo acabar muy borracha”, dice, pero se conoce: “Sé cómo me afecta el alcohol”. Aquella pérdida de memoria y la desorientación no le parecieron propias de una borrachera.
No habló entonces con sus amigas ni sabe si la vieron marcharse con aquel hombre. No se atrevió a preguntar. Se sentía avergonzada, se sentía culpable. Y vuelta una y otra vez a lo mismo: “No recordaba nada”.
Cristina intentó quitarle importancia y no quedarse “anclada” en una historia que no podía reconstruir. Tardó un buen puñado de años en verbalizar lo que le había ocurrido por primera vez. Todavía hoy, parece que le cuesta.
Las secuelas de no saber qué ocurrió
El desconcierto de Cristina al despertar sin saber qué había ocurrido tiene un peso propio. La psicóloga experta en trauma Noemí Álvarez Boyero explica que la víctima intenta reconstruir la noche sin tener imágenes ni recuerdos con los que completar la historia. Esa falta de piezas puede provocar pánico, vulnerabilidad y humillación. “No saber qué han hecho con tu cuerpo es demoledor emocionalmente”, resume.
La ausencia de un recuerdo completo no significa que no queden sensaciones. Algunas mujeres conservan memorias corporales que pueden reaparecer ante algo que les active la alarma, aunque no puedan reconstruir la secuencia de los hechos. Noemí advierte de que no se conocen todas las respuestas sobre cómo se almacenan esos recuerdos, pero sí de que la confusión y la falta de control pueden aumentar la inseguridad. La culpa y la vergüenza también son frecuentes; cuando la víctima no sabe cómo llegó a ese lugar ni qué pasó, explica, pueden intensificarse.
Las consecuencias no son iguales para todas. Tras una agresión sexual pueden aparecer pensamientos intrusivos, pesadillas, flashbacks, miedo a salir, ansiedad, depresión, disociación, dolores físicos, rechazo al propio cuerpo, dificultades en la vida sexual o para confiar en otras personas. Noemí señala que la falta de un relato claro también puede hacer más difícil denunciar: muchas víctimas dudan de lo ocurrido y de qué podrían contar. Por eso pide que quienes las acompañan no las cuestionen ni aumenten su culpa, sino que las ayuden a buscar apoyo.
Violencia sexual facilitada por drogas
La psiquiatra Lluïsa García Esteve prefiere hablar de “violencia sexual facilitada por drogas”. No se refiere solo a que alguien eche una sustancia en una bebida: también incluye que un agresor se aproveche de que una mujer ha consumido alcohol u otras drogas, o que añada algo a lo que ya ha tomado. El alcohol puede estar presente, pero no es quien agrede; la responsabilidad es de quien provoca o aprovecha esa situación.
Estas agresiones, añade, no ocurren únicamente en discotecas ni las cometen siempre desconocidos. También pueden suceder en una casa y con una pareja, amigos o conocidos, en entornos donde la mujer cree estar segura. La falta de recuerdos, de testigos o de pruebas toxicológicas no debería bastar para descartar lo ocurrido: algunas sustancias desaparecen pronto del organismo y un resultado negativo no excluye por sí solo una agresión.

La atención sanitaria, insiste García Esteve, no debe depender de que la mujer denuncie, porque casi ninguna acude a una comisaría, pero tampoco a un centro médico o a un hospital. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Alcalá, publicado en Frontiers in Public Health, cifra en casi el 96% las víctimas de violencia sexual facilitada por drogas en contextos de ocio nocturno que no comunicaron la agresión a servicios sanitarios, psicológicos, policiales o judiciales.
Veinte años después
Como Cristina, muchas mujeres sufren estas agresiones sexuales en silencio, con culpa y vergüenza. Sin embargo, ella está convencida de que hoy sí acudiría a una comisaría. No es la misma persona que hace veinte años. Hoy tiene más edad, es más madura y está más segura de sí misma. También sabe cosas que entonces solo intuía. Tras una década de debate público, tiene claro qué es el consentimiento y que no se puede consentir si no se está consciente. Entiende mejor qué es, en realidad, la libertad sexual, y lucharía por demostrar lo que aún le pesa. “Yo ahora sí denunciaría. No sé si podrían hacer mucho, pero por lo menos que conste”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

