Carla (nombre ficticio) abre los ojos y antes de poner un pie en el suelo ya está alerta. “Ay, mi madre, a ver qué me depara hoy. A ver qué pasa hoy”. Mira el correo por si ha llegado alguna sentencia y empieza otra jornada pendiente de dónde está su expareja, de dónde está su hija y del dispositivo que lleva consigo porque él tiene prohibido acercarse.
Así lleva casi tres años. No es miedo en momentos concretos. Es vivir esperando que algo pueda ocurrir. Mirar alrededor, anticipar un encuentro, cambiar un plan, pensar antes de salir dónde puede estar él. “Estoy sobreviviendo y con un estado de alerta que no te deja vivir“, explica.
Y esa alerta permanente le está pasando factura también en la cabeza. Durante la entrevista Carla se pierde al hablar. Se detiene, intenta ordenar una idea y las palabras no le salen. “Yo no te lo puedo definir mucho”, reconoce. Lo llama “agotamiento mental de toda esta circunstancia”. Después de años obligada a estar pendiente de todo, siente que ya no puede pensar como antes.
Cuando el cuerpo también dice basta
Las secuelas también se ven. Carla sufre fuertes brotes de rosácea que algunos días le hinchan tanto el rostro que apenas puede abrir los ojos. Cuenta que se le oscurece la zona alrededor de ellos, que se hincha y que le aparecen moratones. Tiene la tensión alta, problemas digestivos, toma antidepresivos y medicación para dormir.

“Por mucho que yo quiera sostenerme en pie, mi cuerpo ya me está diciendo: para, para”, cuenta. “No tengo tranquilidad porque la Justicia no me la ha dado y no tengo tranquilidad en mi cuerpo porque mi cuerpo también me avisa de que esto no está bien. Mi mente, mi cuerpo y todo”.
Ahora ha decidido parar también su negocio. Su psicóloga y su trabajadora social le han recomendado hacer un cese temporal y ella reconoce que ha llegado al punto de “estar tocando fondo”. Le duele especialmente porque el trabajo era una de las partes de su vida que todavía había conseguido mantener en pie: “Estoy perdiendo la ilusión tan grande de mi trabajo”.
Casi tres años sin un día de descanso
Su expareja es guardia civil, fue condenado por violencia de género y tiene prohibido acercarse a ella. Él porta la pulsera telemática y Carla lleva el dispositivo asociado que debe advertirla si se aproxima. La medida se impuso durante nueve años. Han pasado casi tres y todavía le quedan alrededor de seis.
“Yo no puedo decir que tenga un día de descanso”, asegura. El dispositivo, cuenta, “casi todos los días de lunes a viernes suena”. Cada pitido puede significar que él está cerca. Pero Carla ha aprendido que tampoco puede sentirse segura cuando permanece en silencio.

En noviembre se encontró a su expareja a apenas uno o dos metros sin que el dispositivo hubiera sonado. Iba con su madre y su hija. Empezó a temblar, a llorar y terminó vomitando. Fue la niña quien intentó tranquilizarla: “Mami, respira. Yo estoy aquí”.
La trampa es difícil de romper: si pita, teme que él esté cerca; si no pita, sabe que eso tampoco garantiza que esté lejos. Y a esa incertidumbre se ha sumado ahora otra: la propia Justicia ha puesto en duda la fiabilidad de los datos del sistema del que depende su protección.
Esta misma semana, una jueza ha archivado varios de los supuestos quebrantamientos denunciados al apreciar inconsistencias en las geolocalizaciones de COMETA. Informes de la Guardia Civil también han cuestionado algunos registros, mientras el Ministerio de Igualdad sostiene que el sistema funcionó correctamente. Sin embargo, la medida de protección no ha cambiado: su expareja continúa con la pulsera y Carla debe seguir llevando el dispositivo y reaccionando a sus avisos durante los alrededor de seis años que todavía quedan.
Para ella, la contradicción es difícil de asumir: se cuestionan judicialmente los datos de la herramienta que debe protegerla, pero nadie ha sustituido esa protección por otra. Algunos episodios han llevado a su expareja a prisión; otros han sido archivados. Y Carla continúa teniendo que decidir qué hacer cada vez que el aparato suena.

En abril ya se encontró atrapada en esa situación. COMETA situaba a su expareja dentro de la zona de exclusión mientras, según relató entonces a Artículo14, desde la Guardia Civil le trasladaban que estaba en su domicilio. “¿A quién creo?” No salió con su hija. “Si no sé dónde está, no voy a salir con la niña”.
Y en medio de esa incertidumbre, un guardia civil llegó a sugerirle una solución para poder salir: dejar el dispositivo en casa. “Me dijo que, si quería salir, que por qué no la dejaba en casa. Te lo juro. Que un montón de mujeres lo hacían”.
Carla se negó. Si esa sigue siendo la medida que debe protegerla, no se atreve a prescindir de ella: “¿Y si aparece, qué hago? Luego me denuncia él porque yo no llevaba el aparato encima o me mata”.
Una vida cada vez más pequeña
Al final, la incertidumbre se resuelve casi siempre de la misma manera: es Carla quien deja de hacer algo.
Ha dejado de acudir a determinados lugares, procura marcharse algunos fines de semana y ha renunciado a trabajos para evitar encontrárselo. Durante un tiempo trabajó en bodas cerca de la vivienda de su expareja. Se llevaba a su hija porque tenía miedo de dejarla lejos y, mientras ella trabajaba, la niña se escondía en la cocina. Finalmente dejó aquellas bodas.
“Al fin y al cabo, la condenada en parte soy yo, no él“.
El miedo alcanza también a su hija. Cuando tiene que dejarla sola en casa, Carla la vigila mediante cámaras. “Tengo muchos miedos. Tengo miedo a que pase algo, tengo miedo a que se lleve a m hija“. Ella misma reconoce que la niña “no tiene la vida de una niña normal”.
“Ayudadme a vivir”
Hace casi un año Carla escribió al Ministerio de Igualdad. Ya hablaba entonces de ansiedad extrema, de lugares a los que había dejado de ir por miedo a encontrarse con su expareja y de una inseguridad que crecía cada día.
“No quiero que me dediquen un minuto de silencio. Quiero que me dediquen tiempo para ayudarme a vivir, para solucionarme esto”.
Casi un año después, sigue sin sentir esa tranquilidad. Y ahora el desgaste ha llegado a un punto en el que tiene que parar también el negocio que tanto le importa.
“Algunas veces pienso: si este tío no me mata, me voy a morir un día de un infarto“. Lo siguiente que piensa son sus hijas: “Yo no puedo de ninguna de las dos maneras dejar a mis niñas solas. Esa es mi preocupación constante”.
Después de casi tres años viviendo pendiente de que algo pueda ocurrir, Carla siente que ha llegado al límite: “El cuerpo llega a un punto en que tú dices: ‘Dios mío, lo que tengo ganas es de salir corriendo y desaparecer'”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

