Estefani celebra este 2026 el décimo aniversario de su liberación, cuando se atrevió a dar un paso inalcanzable para la mayoría de mujeres víctimas de trata: escapar del piso clandestino en el que la prostituían a cualquier hora del día, hasta que dijo basta: “Dije, vengo en un ratito, voy a hacer una diligencia y me fui. Ese pasito en la puerta es lo que más cuesta. Pero se puede dar. Si hay una chica dentro de un piso que me pueda estar leyendo ahora, que lo haga, que dé ese pasito: ve hacia la puerta, di que vas al súper o a la farmacia, lo que sea. Solo necesitas un paso”.
Es el consejo de una superviviente que una vez libre decidió ayudar a todas las demás. Sabe que cada día son captadas decenas de jóvenes y que Latinoamérica es el caladero de proxenetas que buscan niñas recién entradas en la edad adulta. Esa es también su historia: “Muchas de las que hemos llegado a este sistema hemos sido abusadas de pequeñas. Lo que te hace ser más vulnerable. Tu mente está como quebrada y piensas que este puede ser un bote salvavidas”. Para huir de la miseria, de un entorno hostil, para cruzar el charco.
Sin embargo, es la entrada directa al infierno. “Lo definiría como un infierno silencioso”, apostilla. “Allí no hay amigas. Solo peleas y robos, sin nadie que te defienda del resto. Eres tú contra el mundo. Y no se lo deseo a nadie”. Estefani recuerda a la perfección la habitación de aquel piso en la que guardaba sus pocas pertenencias junto a la cama en la que dormía, pero donde también era violada luego por el putero de turno.
“Podía haber días buenos entre comillas, en los que para mi suerte sólo me acostaba con dos hombres. Pero en los días buenos para los proxenetas llegaban a ser siete u ocho violadores. Hasta que tu cerebro se apaga y pones el automático. Para sobrevivir no te queda otra que desconectar”. O disociarse. Estefani no es siquiera su nombre real sino el que usaba como “nombre de guerra” en el prostíbulo. “Es mi otro yo”, al que no deja de tener presente pese a quedarle tan lejos como esa otra vida en la que no tenía trabajo ni pareja ni un hijo ni libertad.
Multada por ser prostituida
“Cuando sales es como si fuera algo surreal. A cada rato temía que me reconocieran por la calle o toparme con un putero. Vivía en un delirio de persecución permanente”. Buscó ayuda, se lo contó a su familia en Venezuela y cambió de ciudad para empezar de cero en un país al que había llegado con falsas promesas. “Nadie se imagina que va a venir a España para ser violada. Aunque la sociedad está tan hipersexualizada, y más en Latinoamérica donde el sexo es tan explícito, que normalizas las situaciones que ves hasta en las series de televisión, en las que te van programando: si no consigues graduarte, puedes conseguir un sugar daddy o abrirte una paginita azul en Onlyfans… Y te van codificando para que te parezca fácil”.
Nadie las prepara para el golpe de realidad. En su caso, un día fue consciente de que nada compensaba las vejaciones permanentes. Mucho menos, la falsa nómina que le habían prometido que recibiría y en cambio nunca recibía íntegra: “Vas sumando, porque se supone que cada hora son 50 euros. Con lo que calculas que a tantos hombres hoy te darán tanto, pero no cuentas con que al final del día hay multas. Y de repente llega la madame y te dice: es que no hiciste bien la cama para el siguiente o hubo un putero que salió quejándose….”.
O no se puso tacones y olvidó maquillarse, o se encontraba mal. En la prostitución no se contemplan las bajas. La mercancía de los proxenetas no tiene derechos. Por contra, la deuda contraída de cada mujer con la red de prostitución que la engaña adelantando gastos del viaje y alojamiento va en aumento. Al montante inicial de unos 6.000 euros suman multas diarias y aleatorias que van desde los 20 a los 100 euros. “Y al final de día te das cuenta de que hiciste este sacrificio y no te queda nada. Te hiciste de menos, sin una recompensa. Y aunque la hubiera, ninguna mujer debería usar su cuerpo para recibirla”.
Empoderadas por proxenetas
Ser una superviviente le cambió la visión burbuja que tenía hace diez años, cuando sobrevivía atrapada en el piso clandestino al que la llevaron tras su primer paso por el club de alterne. “El hacinamiento allí dentro era aún mayor”, recuerda. Entonces, en 2016, no estaban tan extendidos los pisos como a raíz de la pandemia. En la actualidad, son una barrera más a la acción policial, pues muchas mujeres quedan fuera del radar, encerradas en viviendas de particulares.
“En un día en un piso no hay descanso. Tienes que estar en alerta, pendiente del timbrazo”, apunta Estefani. Como ella, son muchas las mujeres que lograron escapar pero tiemblan al escuchar el timbre de su propia casa. Vivencias de un horror que las afortunadas logran exteriorizar en asociaciones como Amar Dragoste, que desde hace quince años ayuda a víctimas de trata como Estefani. Ella forma parte incluso de un club privilegiado, el llamado “consejo de supervivientes”.
Dentro, se ha convertido en una figura de referencia, y lo agradece. “Reconforta ese sentido de pertenencia, el que las chicas acudan a mí”. Una sensación que ha intentado replicar con su hermana, también víctima de trata. Pero eligieron distintas maneras de empoderarse: una escapó y la otra siguió dentro: “Es una madame y me dice: ‘Si yo ahora las cuido’.
Está tan acostumbrada a esa vida que se ve incapaz de hacer otra cosa”. El de su hermana es el camino que algunas mujeres prostituidas transitan, pasando de víctima a victimaria: “Mi hermana siente que tiene cierto poder porque ahora puede no estar con hombres o solo con quien a ella le apetezca en su día libre… Para una mujer dentro del sistema eso es muchísimo. Me dice: ‘Buah, si soy super libre’. Y yo le digo que no, que le están dando un migaja”. Y aun así todavía no ha logrado convencerla de que es posible no ser parte de un sistema explotador de mujeres.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.


