El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica por primera vez en España una gran retrospectiva al pintor danés Vilhelm Hammershøi, una figura enigmática del cambio de siglo cuya obra, marcada por el silencio y la contención, dialoga en esta exposición con artistas del pasado y de la modernidad.
Organizada en colaboración con la Kunsthaus Zürich, la muestra reúne más de noventa obras procedentes de unas cincuenta colecciones internacionales y podrá visitarse en Madrid hasta el 31 de mayo de 2026. La exposición, comisariada por Clara Marcellán junto a Jonas Beyer y Sandra Gianfreda, propone un recorrido por la trayectoria del artista situándolo en relación con maestros holandeses como Johannes Vermeer y con figuras modernas como Edward Hopper.
Para el director artístico del museo, Guillermo Solana, el objetivo es acercar al gran público a un pintor que durante décadas fue considerado un “perfecto desconocido”, pese a su singular posición en la historia del arte.
El pintor del silencio
Durante gran parte del siglo XX, Hammershøi perteneció a los márgenes del canon artístico. La irrupción de las vanguardias tras la Primera Guerra Mundial relegó a muchos pintores figurativos que, como él, mantuvieron vínculos formales con la tradición. Frente a la experimentación radical de figuras como Pablo Picasso o Henri Matisse, su obra parecía anacrónica.
Sin embargo, a partir de los años ochenta comenzó una recuperación crítica que lo transformó en un artista de culto. Instituciones como la Galería Nacional de Dinamarca impulsaron la revalorización de su obra, hoy presente en colecciones de museos como el Metropolitan Museum of Art o el Art Institute of Chicago, además de alcanzar cotizaciones cada vez más altas en el mercado internacional.
“Es, en efecto, el pintor del silencio”, explica Marcellán. “Crea unas atmósferas inquietantes y con una paleta muy reducida. Jugando con el blanco —que para Kandinski era ‘como una pausa musical’—, el negro y los tonos ocres, pinta unos enigmáticos espacios de tiempo suspendido”.
Esta economía visual produce interiores desnudos y misteriosos que la comisaria describe como un “realismo espectral”: escenas aparentemente cotidianas que, sin embargo, transmiten una inquietante sensación de extrañeza.

Ida y los interiores silenciosos
En sus más de cuatrocientas pinturas realizadas a lo largo de cincuenta y un años de vida, Hammershøi apenas se apartó de un pequeño conjunto de motivos recurrentes: retratos de su círculo cercano, paisajes desiertos y, sobre todo, interiores domésticos.
Entre ellos destacan los retratos de su esposa, Ida, con quien se casó en 1891. A menudo aparece representada de espaldas o absorta en tareas cotidianas, con un hieratismo cercano a la escultura clásica que recuerda a las figuras femeninas de Vermeer.
Lejos de buscar el retrato psicológico convencional, el pintor convierte incluso la nuca o la postura del cuerpo en sujetos dignos de observación pictórica. La escena doméstica pierde así su calidez burguesa para transformarse en un espacio de quietud casi metafísica.
El mismo tratamiento reciben los interiores vacíos. Un simple cambio —una puerta entreabierta, una ventana por la que entra la luz— puede generar variaciones compositivas que Hammershøi explora en múltiples versiones de una misma habitación. En obras como Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30 (1900), la luz proyectada desde una ventana convierte el polvo suspendido en el aire en el verdadero protagonista de la escena.

Un artista fuera de su tiempo
Hammershøi fue uno de los últimos grandes maestros figurativos en un momento en que el arte occidental comenzaba a romper definitivamente con los modelos de representación tradicionales. Mientras la modernidad celebraba la velocidad, la industria o la vida urbana, él prefería pintar habitaciones silenciosas y paisajes vacíos.
Sus cuadros, desprovistos de artificio y alejados del dinamismo de las nuevas corrientes, parecen elegir deliberadamente la quietud frente al ruido de la modernidad: el trabajo doméstico frente al rugido del automóvil, el paisaje solitario danés frente a la metrópolis bulliciosa.
Esa distancia respecto a los movimientos dominantes pudo contribuir a su relativo olvido durante décadas. Pero es precisamente esa independencia la que hoy permite leer su obra desde nuevas perspectivas.
Como señala Solana, “en una historia silenciosa del arte, ocuparía un lugar de honor”, formando un eslabón que une a Vermeer, Caspar David Friedrich y Hopper.
La exposición del Thyssen no solo recupera a una figura clave del tránsito entre los siglos XIX y XX. También demuestra cómo una obra considerada anacrónica en su tiempo puede adquirir una resonancia inesperada décadas después.
En un arte que a menudo se identifica con el gesto grandilocuente o la ruptura radical, Hammershøi recuerda que a veces la pintura más poderosa surge precisamente de lo contrario: de la contención, del vacío y de la paciencia.
A veces, el silencio habla más fuerte que el ruido más estridente.
