Dieciséis años después de su estreno, he empezado a ver The Walking Dead por primera vez. Sin nostalgia, sin haber vivido el fenómeno en directo, sin conocer las teorías que hay en internet y debatiendo con pocas personas sobre esta serie. Nunca fui gran fan de los zombis, pero me atreví a verla porque reflexioné y me di cuenta de que la trama debía ofrecer mucho más que simplemente “muertos caminantes”.
Todo empieza con un policía llamado Rick Grimes -interpretado por Andrew Lincoln-, quien despierta de un coma y descubre que el mundo, tal y como lo conocía, ha dejado de existir. A partir de ahí empieza todo, y lo primero que me ha sorprendido no es el apocalipsis. Es todo lo demás, problemas reales intensificados por un desastre mundial.
Amor de apocalipsis
Las mejores series tratan los problemas del amor. Desde el principio, The Walking Dead nos plantea una pregunta que no tiene nada que ver con los zombis: ¿en dónde dejamos el amor cuando el mundo colapsa?
Este apocalipsis separa a las personas. Las da por muertas antes de tiempo. Y los que quedan vivos tienen que decidir, sin indicios, sin precedente, qué hacer con eso. A partir de ahí me pregunto ¿Se guarda luto por alguien que probablemente no volverá? Eso queda en cada quien, pero lo que queda claro es que, en este mundo, es muy difícil juzgar a alguien por ello. ¿Cómo se sigue viviendo sabiendo que perdiste a alguien que amas? Puede ser un padre, hermano, hijo o amigo, es duro, sí, pierdes aún más ese significado de “vivir”, pero por el bien del grupo al que perteneces realizas el sacrificio de seguir intentado sobrevivir.
Queda claro que este evento no suspende los sentimientos, los intensifica. La proximidad constante, el miedo compartido, la dependencia mutua: todo actúa como un catalizador.

La culpa, los celos, el miedo, la traición: ninguno de esos sentimientos desaparece porque el mundo se haya acabado. Al contrario. Sin las distracciones del mundo anterior, sin trabajo, sin rutinas comunes, sin la distancia que da la vida cotidiana, todo se vuelve más inmediato, más difícil de ignorar. En la serie hay quienes terminan enloqueciendo, obligando a otros a reaccionar rápido y tomar desiciones complicadas.
La toma de decisiones
Tomar una decisión es muy difícil. The Walking Dead plantea esto desde el primer capítulo y que no deja de repetirse: no hay salida fácil, muchas veces ni ética. No hay opción correcta. Solo hay la opción que tomas y con la que tienes que vivir después, si es que sigues vivo.
Los personajes se enfrentan constantemente a ese tipo de encrucijadas. A veces es literal: matar o morir. A veces es más sutil, pero igual de brutal: abandonar a alguien para salvar al grupo, confiar en un desconocido que puede ser una amenaza, usar los últimos suministros ahora o guardarlos para después. La moral de esta serie no funciona como funciona en nuestra vida cotidiana. Aquí no hay tiempo para deliberar. No hay institución a la que apelar. No hay protocolo.
Eso, paradójicamente, es lo que hace que la serie se sienta tan real. Porque aunque no vivamos en un apocalipsis, todos hemos tenido que tomar decisiones con información incompleta, bajo presión, sabiendo que cualquier opción tiene un coste. Hay quienes viven un “apocalipsis” dentro de su realidad.
Las jerarquías
Hay algo en la organización de los diferentes grupos que presentan en la serie que me ha llamado especialmente la atención. Desde el principio, de forma casi orgánica, cada personaje ocupa un rol. Hay un líder -el puesto más importante en una sociedad- , hay quien sabe reparar vehículos, quien sabe cosechar, operar, disparar un arma, quien tiene el conocimiento y la experiencia para aconsejar cuando nadie más sabe qué hacer y más.
Como dijo Platón, “quien no es bueno sirviendo, no será bueno mandando”. El liderazgo de ciertos personajes no nace del cargo ni del título, sino de que sabe hacer cosas, de que toma decisiones y de que el grupo, aunque no siempre esté de acuerdo, confía en él. El poder, aquí, se gana. Y se pierde igual de rápido.
Todo esto se siente muy cercano ya que es lo que vivimos en nuestra realidad. Por ahora, cada país tiene desde su gobierno, hasta el que vende helados y cada uno debe cumplir su función -aunque no siempre lo hacen-. Diría que la diferencia es que damos por sentado que alguien cultiva los alimentos que comemos, que alguien repara las infraestructuras que usamos, que alguien protege los espacios en los que vivimos. En un mundo con tantos líderes, no parece tan necesario cumplir una función en específico.

En The Walking Dead, esa red desaparece de golpe y también lo podría hacer en nuestra vida personal. Y entonces nacen las preguntas: ¿qué sabes hacer tú? ¿Qué aportas? ¿Para qué sirves cuando no hay sistema que te sostenga?
Dentro de los grupos no solo hay jerarquías, sino también “costumbres”, cada uno tiene su propia manera de entender este mundo nuevo. Es muy curioso ver como puedes distinguir a un grupo sólo por la forma a la que se refieren a los zombis. Los personajes principales los llaman “walkers” (caminadores), otros “biters” (mordedores), y aunque se estén refiriendo a lo mismo, los puedes distinguir al igual que distingues a alguien por su acento.
La supervivencia
Los personajes no son optimistas. Ninguno espera que las cosas mejoren, saben que probablemente van a morir, pero mientras tanto, van a intentar sobrevivir. Esa tensión -entre la certeza de la muerte y la voluntad de seguir- es lo que da a la serie su peso emocional, además de que a veces puede ser muy impredecible.
Quizás suene muy exagerado, pero esta serie me recordó un poco a lo vivido con la pandemia del COVID-19. Fue un escenario caótico que nos obligó a repartir tareas con cuidado. Para comprar comida no todos podíamos salir, habían personas asignadas para esa tarea específica. Habían quienes se encargaban de cocinar, otros de limpiar, y algo seguro, muchos perdimos a personas a quienes amábamos.
En ese contexto, entiendo que el verdadero drama está entre las personas que intentan seguir siendo personas.

