“Podría ser mi nieto”, bromea Isabel Allende señalando a Sergio Hernández durante la presentación ante los medios de sus nuevas novelas. Miles de kilómetros, varias décadas y trayectorias muy distintas separan a ambos autores. Ella es la escritora en español más leída del mundo; él, un guionista y escritor valenciano nacido en 1994 que acaba de convertirse en finalista del Premio Planeta 2026. Sin embargo, reunidos para hablar de sus nuevos libros, publicados este miércoles 4 de noviembre, Allende encuentra entre ellos un inesperado paralelismo: “Separados por medio planeta hemos escrito dos novelas que están relacionadas de alguna manera”. Ambas cuentan historias de mujeres jóvenes que luchan por construir una vida propia bajo la sombra de la represión política.
Más allá de las celebraciones que rodean al galardón, el encuentro permitió descubrir las preocupaciones que comparten las dos obras. La hora antes del alba, la novela ganadora de Allende, y La añoranza, la finalista de Hernández, transcurren en países y épocas diferentes. Una se desarrolla bajo una dictadura latinoamericana que evoca a la chilena; la otra, en la España franquista, entre los silencios heredados de la Guerra Civil. Sin embargo, ambas plantean una misma pregunta: ¿cómo seguir viviendo cuando el pasado se resiste a desaparecer?
Para Isabel Allende, La hora antes del alba supone un regreso al universo narrativo que la dio a conocer. La novela recupera a Alba Santigny Trueba, uno de los personajes de La casa de los espíritus, más de cuatro décadas después de aquel debut literario en 1982. Cuando le preguntan si ha tenido que releerlo para escribir esta continuación, Allende responde con su habitual sentido del humor: “No, por Dios, nunca releo mis libros. Pues ya los escribí, ¿para qué los voy a leer? Hay tantos libros buenos para leer, ¿para qué voy a leer los míos?”. En su lugar, cuenta que la adaptación televisiva le permitió reencontrarse con la historia, aunque asegura que nunca ha olvidado a sus personajes, muchos inspirados en miembros de su propia familia.
En La hora antes del alba, la protagonista permanece en la gran mansión de su familia tras la muerte de su abuelo, el exsenador Esteban Trueba. Después de sobrevivir a la detención, la tortura y la violencia sexual ejercidas por los agentes de la dictadura, debe enfrentarse a una nueva etapa de su vida. Embarazada, rodeada de ausencias y a la espera de noticias de su primer amor, cuyo paradero desconoce, Alba intenta reconstruirse mientras su antiguo captor continúa amenazándola. Su desafío no consiste únicamente en sobrevivir, sino en recuperar el control de su cuerpo, de su historia y de su futuro después de que la violencia haya intentado arrebatárselo todo.

Esta situación conduce a una de las cuestiones centrales de la conversación: ¿cómo escribir una historia sobre la superación del daño sin absolver a quienes lo han causado?
La respuesta de Allende ofrece una de las reflexiones más interesantes del encuentro: “Yo creo que más que perdón es optar por no cargar con el rencor y la rabia”, explica. “Eso es un saco de piedras que llevas a la espalda y que te arruina la vida y que a los demás no les importa nada”. La escritora insiste en que el sufrimiento de la víctima no perjudica a su verdugo y que, por tanto, debe encontrar la manera de seguir adelante. A partir de su experiencia en la fundación que lleva su nombre, dedicada a apoyar a mujeres en situaciones de vulnerabilidad, recuerda casos de supervivientes de experiencias atroces que han conseguido reconstruir sus vidas. Para Allende, ese proceso exige un profundo trabajo interior para decidir si la propia identidad quedará definida por la violencia sufrida o por la capacidad de sobreponerse a ella.
Su reflexión no supone una invitación al olvido ni una defensa de la impunidad. Habla, más bien, de la posibilidad de liberarse del peso del resentimiento sin renunciar a la memoria. Una preocupación que también atraviesa la novela de Hernández, donde Julia Ferré descubre un secreto doloroso sobre el hombre al que amó y debe enfrentarse a una verdad capaz de transformar sus recuerdos. En ambas historias, superar el pasado no significa borrarlo, sino impedir que quienes causaron el daño sigan determinando el futuro de sus víctimas.
La conversación se desplaza entonces hacia Sergio Hernández, cuya novela La añoranza comienza en Barcelona en 1959. Julia Ferré, una joven de dieciocho años, huye de la Guardia Civil durante una manifestación antifranquista y encuentra refugio en casa de Bastian Ballard, un traductor francés mayor que ella. Bastian la introduce en la literatura, el jazz y la poesía prohibida, y termina convirtiéndose tanto en su mentor como en su primer gran amor. Dos décadas después, durante la Transición, una investigación sobre su pasado revela una misteriosa vinculación con los últimos días del poeta Antonio Machado, fallecido en el exilio en Collioure.
Hernández explica que, como autor nacido en 1994, pertenece a una generación muy alejada de la Guerra Civil. A diferencia de otros escritores, no creció escuchando grandes historias familiares relacionadas con el conflicto. Su interés por aquella época nació de la literatura, de la investigación histórica y, especialmente, de la figura de Machado. Es entonces cuando Allende interviene para recordar que “la literatura es un ejercicio de imaginación y de empatía”, que permite ponerse en el lugar de personas cuyas circunstancias no hemos vivido directamente.

La observación de Allende sirve para explicar cómo un escritor joven puede acercarse a un pasado que no conoció sin necesidad de recurrir a una experiencia autobiográfica. La añoranza utiliza la historia de amor y los mecanismos de la intriga para explorar cómo la memoria, la culpa y los secretos familiares se transmiten de una generación a otra. A través de Julia, Hernández reconstruye una época en la que las relaciones personales estaban profundamente condicionadas por la represión política y las convenciones sociales.
En el tramo final del encuentro, los autores reflexionan sobre las heridas históricas que todavía permanecen abiertas en Chile y España. Allende recuerda las consecuencias de la dictadura de Augusto Pinochet y la voluntad de los primeros gobiernos chilenos de hacer “borrón y cuenta nueva” para evitar un enfrentamiento con los militares. A su juicio, aquella actitud dejó sin reconocimiento suficiente el sufrimiento de numerosas víctimas y contribuyó a perpetuar las divisiones del país. Hernández, por su parte, sostiene que para su generación el peso del franquismo procede no solo de los tres años de Guerra Civil, sino también de las cuatro décadas de dictadura que vinieron después, durante las cuales aquellas heridas continuaron condicionando la vida política, social y cultural española.
Ambos expresan también su preocupación por el resurgimiento de las ideas autoritarias. Allende explica que decidió regresar al universo de La casa de los espíritus al percibir un creciente acercamiento al populismo y a la extrema derecha en distintas partes del mundo. Hernández, aunque se reconoce optimista, admite que resulta difícil comprender cómo vuelven a ganar terreno determinadas ideas en sociedades que ya conocen las consecuencias del autoritarismo. Sus reflexiones coinciden en una idea fundamental: las heridas de la represión pueden sobrevivir durante generaciones a los regímenes que las provocaron.
La conversación concluye con una reflexión de Allende sobre la relación entre literatura e historia. Al volver la mirada hacia La casa de los espíritus, la escritora reconoce que la progresiva desintegración de la familia Trueba reproducía, de manera inconsciente, la fractura de la sociedad chilena durante el golpe militar de 1973. “La microhistoria de los personajes es la macrohistoria del país”, señala.
Es precisamente ahí donde convergen La hora antes del alba y La añoranza. Las grandes catástrofes históricas no se comprenden únicamente a través de fechas, cifras o acontecimientos políticos. También se revelan en las relaciones familiares, los amores truncados y las vidas que la violencia obliga a recomponer. La literatura permite acercarse a esa dimensión íntima de la historia y comprender cómo los acontecimientos colectivos transforman las experiencias individuales. Como recuerda Allende, las grandes historias necesitan ser contadas a través de las pequeñas: de los personajes, las familias y las vidas que, incluso cuando parecen insignificantes frente al curso de la historia, terminan dándole sentido.

