Vestida con traje de chaqueta y corbata, la artista María Gimeno se dispone a intervenir un ejemplar de La historia del arte, de E. H. Gombrich, uno de los manuales más influyentes de la disciplina. Su herramienta es un cuchillo de cocina corriente. Con un movimiento firme y deliberado, introduce la hoja entre las páginas del libro para abrir espacio a otras nuevas. No se trata de un acto de destrucción, sino de una suerte de cirugía de la memoria: una incisión destinada a incorporar a cerca de noventa mujeres artistas que quedaron fuera de uno de los grandes relatos de la historia del arte occidental.
Este viernes 6 de noviembre, a las 19:00, la performance Queridas viejas. Editando a Gombrich llega al Museo Reina Sofía de Madrid. La intervención tendrá lugar en el Auditorio 400 del edificio Nouvel, con retransmisión en directo en el Auditorio 200, y una duración prevista de 135 minutos. La entrada será gratuita hasta completar aforo. Iniciado en 2014, el proyecto ha pasado por instituciones como el Museo del Prado, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y diversos centros de arte internacionales. Su presentación en el Reina Sofía adquiere una dimensión particular: Gimeno establecerá un diálogo con las artistas presentes en la colección del museo, cuestionando el canon desde una de las instituciones encargadas de conservarlo, estudiarlo y transmitirlo.
El objeto de su intervención no ha sido elegido al azar. Publicado por primera vez en 1950, La historia del arte, del historiador austríaco Ernst H. Gombrich, ha vendido más de ocho millones de ejemplares y se ha convertido en una referencia fundamental para generaciones de estudiantes. A lo largo de sus casi setecientas páginas, el autor construye un recorrido por la evolución del arte occidental protagonizado casi exclusivamente por hombres. En su primera edición no figuraba ninguna mujer artista. No fue hasta 1966 cuando incorporó a la expresionista alemana Käthe Kollwitz, por sugerencia de su editor.
La investigación de Gimeno pone de manifiesto la magnitud de esa ausencia. A lo largo de los siglos, las mujeres no fueron únicamente modelos o musas: dirigieron talleres, recibieron encargos de prestigio y participaron activamente en los movimientos artísticos de su tiempo. Queridas viejas, cuyo título procede de una peculiar traducción automática de Old Mistresses: Women, Art and Ideology, el ensayo feminista publicado en 1981 por Rozsika Parker y Griselda Pollock, busca restituir sus nombres al relato histórico.

Desde Ende, iluminadora del siglo X y una de las primeras pintoras europeas documentadas, y la polifacética Hildegarda de Bingen, hasta creadoras renacentistas y barrocas como Plautilla Nelli, Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi y Clara Peeters, pasando por figuras del siglo XX como Barbara Hepworth, Gimeno reconstruye una genealogía artística que durante demasiado tiempo permaneció relegada a los márgenes de los manuales.
La performance contiene una interesante contradicción entre la violencia aparente del gesto y su finalidad. Hundir un cuchillo en un libro puede parecer un acto de agresión contra el conocimiento, pero Gimeno lo utiliza precisamente para ampliarlo. La elección de una herramienta doméstica tampoco resulta inocente: un objeto asociado tradicionalmente a las tareas del hogar se convierte aquí en un instrumento para intervenir uno de los grandes símbolos de la autoridad académica. El mismo cuchillo que sirve para preparar los alimentos abre ahora un hueco para las mujeres en la historia del arte.
Gimeno no quema ni elimina las páginas originales de Gombrich. Su propósito consiste en “engordar” el libro, incorporando nuevas hojas que reproducen el papel, la tipografía y la maquetación del manual. Cada artista aparece situada cronológicamente junto a sus contemporáneos, acompañada de textos e imágenes de sus obras. Para elaborar estas entradas, Gimeno parte de los criterios que el propio historiador estableció para su selección: incluir obras que pudieran reproducirse, artistas con trayectorias documentadas y creaciones respaldadas por la investigación, sin excluir la posibilidad de hacer excepciones cuando resultara necesario.
El resultado es una intervención que utiliza los mecanismos del propio canon para cuestionar sus omisiones. Al incorporar a estas creadoras sin alterar los capítulos originales, Gimeno demuestra que la historia del arte puede ampliarse sin necesidad de borrar lo que ya conocemos. Su propuesta no consiste en sustituir a los grandes maestros por grandes maestras, sino en reconocer que ambas historias transcurrieron simultáneamente y que el relato tradicional apenas ha dado cuenta de una de ellas.

La acción plantea así una pregunta que va mucho más allá de Gombrich: ¿quién decide qué artistas merecen ocupar un lugar en la memoria colectiva? Los manuales, los museos, las universidades y las colecciones han contribuido históricamente a establecer una jerarquía de nombres y obras que, con el tiempo, ha terminado pareciendo natural. Sin embargo, ese relato es también el resultado de decisiones, omisiones y criterios que pueden revisarse.
Cuando Queridas viejas se presentó en el Museo del Prado en 2019, coincidió con la exposición dedicada a Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, dos pintoras que gozaron de reconocimiento en su época y cuya presencia en los grandes relatos de la historia del arte ha sido mucho menor que la de sus contemporáneos masculinos. Aquella coincidencia ponía de relieve una cuestión que continúa vigente: recuperar temporalmente a las artistas olvidadas no equivale necesariamente a integrarlas de manera estable en la historia que enseñamos.
Las exposiciones monográficas y las investigaciones sobre creadoras históricas han contribuido a ampliar nuestro conocimiento del pasado, pero el verdadero desafío consiste en trasladar esos descubrimientos a los manuales generales, los programas educativos y los discursos permanentes de los museos. De poco sirve rescatar a una artista durante unos meses si después vuelve a desaparecer del relato compartido.
La intervención de María Gimeno en el Reina Sofía propone precisamente ese cambio. Su cuchillo no pretende destruir la historia del arte, sino hacer sitio en ella. Porque las mujeres no estuvieron ausentes de la creación artística: estuvieron ausentes, demasiadas veces, de los libros que nos enseñaron a reconocerla.

