El patrimonio era, para Isabel de Farnesio, una forma de poder y una garantía de futuro. Lo había aprendido entre cuadros y mármoles, en una familia donde cada adquisición engrandecía el linaje.
Nació en Parma en 1692. Perdió a su padre antes de cumplir un año y creció bajo la tutela de su abuelo, Ranuccio II, y después de su tío Francisco Farnesio, convertido también en padrastro al casarse con su madre. Parentesco, patrimonio y poder: todo quedaba en familia.
Estudió retórica, geografía y filosofía. Además del italiano, conocía el francés, el alemán y el latín; después aprendió español. Tocaba el clave, cantaba y bailaba. También pintaba: desde los once años recibió clases de Pietro Antonio Avanzini, pintor de la corte de Parma. Fue una gran lectora y llegó a reunir una biblioteca de más de ocho mil volúmenes.

Los Farnesio figuraban entre las grandes dinastías coleccionistas de la Edad Moderna. Obras de Tiziano, Rafael o Correggio formaban parte del patrimonio familiar. Pinturas y tapices cubrían las paredes, las alegorías mitológicas ocupaban techos y bóvedas, los mármoles antiguos poblaban las galerías. Fuera, los jardines prolongaban aquella magnificencia. Antes de aprender a comprar arte, Isabel había aprendido a convivir con él.
Semejante esplendor tenía una historia y, desde luego, una financiación. El gran salto llegó cuando Alessandro Farnese ascendió al pontificado como Paulo III. En 1545 creó el ducado de Parma y Piacenza con territorios de los Estados Pontificios y se lo concedió a su hijo Pier Luigi. El poder del papa.
Italia no era todavía un país unificado, sino un mosaico de Estados independientes. Los Farnesio disponían del suyo, con territorio, rentas y una posición que defender. El poder financiaba el arte y el arte daba lustre al poder.
Cuando Isabel se incorporó a la familia real española, en diciembre de 1714, tenía veintidós años. Los tres hijos de la difunta María Luisa Gabriela de Saboya eran pequeños. Luis, futuro Luis I, tenía siete, Felipe Pedro, dos, y Fernando, futuro Fernando VI, apenas uno. Felipe Pedro moriría cinco años después.
Isabel ejerció una influencia decisiva junto a Felipe V, cuyas crisis depresivas dificultaban el gobierno. Apenas se separaban, compartían mesa, cacerías y asuntos de Estado. En 1737 impulsó la llegada del cantante Farinelli, cuya voz ayudaba a aliviar al rey.

Esa cercanía le permitió ir apartando a los consejeros franceses y situar en puestos clave de la corte y del gobierno a hombres de su confianza, italianos de nacimiento como Alberoni, Scotti y Patiño. Su sagacidad convivía con una tenaz ambición dinástica, conseguir tronos para sus hijos. Preparar el porvenir exigía desplegar el mapa de Europa.
Tuvo siete hijos, de los que seis alcanzaron la edad adulta. Mariana Victoria fue enviada a Francia antes de cumplir cuatro años, prometida a Luis XV, la devolvieron en 1725 al romperse el compromiso, demasiado joven para retenerla. Para Luis Antonio consiguió el arzobispado de Toledo y el título de cardenal cuando tenía ocho años. El infante acabaría renunciando a una carrera para la que carecía de vocación.
Su hijastro Fernando recibió de Isabel un trato frío y distante desde niño. Tuvo preceptores, pero ella lo mantuvo apartado de los asuntos de gobierno. Cuando se casó con Bárbara de Braganza, en 1729, la hostilidad de Isabel alcanzó también a su mujer y el aislamiento de la pareja se acentuó. Ambos soportaron diecisiete años de hostilidad y aislamiento, hasta su llegada al trono en 1746. El confinamiento quedó formalizado en 1733 con una orden que restringía sus visitas, salidas y participación en la vida cortesana.
En 1746, muerto Felipe V, las posiciones se invirtieron. Fernando y Bárbara apartaron a Isabel de la corte y, al año siguiente, la enviaron a La Granja, donde permaneció hasta 1759. Aun así, Fernando VI apoyó a sus hermanastros e impulsó en 1750 el matrimonio de María Antonia Fernanda con el duque de Saboya.
Tras la muerte de Fernando VI, Carlos III confió a su madre la gobernación interina hasta llegar a España. Después dejó claro que las decisiones le correspondían a él. Isabel había conseguido colocar a sus hijos en varios tronos. Gobernarlos era otra cuestión.

Mientras aseguraba el porvenir de sus hijos, Isabel había ido construyendo otra herencia: su colección. Se informaba, recurría a agentes, seleccionaba obras y supervisaba su adquisición y traslado. A las pinturas se sumaron esculturas procedentes de la colección de Cristina de Suecia, porcelanas, tabaqueras y abanicos.
Isabel distinguía perfectamente entre lo suyo y lo de su marido. Sus obras llevaban una flor de lis farnesiana, las de Felipe V, la cruz de Borgoña. Una pequeña marca para una diferencia considerable, la propiedad. El amor conyugal podía compartir palacio. Los inventarios convenía llevarlos por separado.
Una selección de aquellas esculturas llegó al Prado en 1829, durante el reinado de Fernando VII. La incorporación de escultura a sus salas se reflejó incluso en su denominación: el Real Museo de Pinturas pasó a llamarse Real Museo de Pintura y Escultura.
Isabel había reunido cerca de mil pinturas, de las que 358 se conservan en el Prado. Sumados dibujos y esculturas, el museo custodia cerca de quinientas obras de su colección y exhibe más de un centenar en sus salas permanentes.
Aquella flor de lis señalaba un patrimonio destinado a perpetuar el apellido y proteger a sus herederos. El tiempo le dio un alcance mayor. Hoy podemos admirar su legado en el Museo del Prado, en el Palacio Real de La Granja y en otras colecciones públicas. Quiso asegurar el patrimonio de sus hijos y acabó enriqueciendo el de todos.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com

