Estaban destinadas a colaborar, más pronto que tarde. Mariana Enríquez, ya mucho más que la gran esperanza porteña de la literatura fantástica y de terror en lengua castellana, no podía encontrar mejor traductora de su imaginario —donde se mezclan en gozosa bastardía influencias del moderno horror anglosajón (y del clásico), de Stephen King a Clive Barker pasando por Poppy Z. Brite o Ramsay Campbell, sin olvidar a Lovecraft, y de la gran tradición del fantástico rioplatense representada por Bioy, Borges, Cortázar, Sábato, Silvina Ocampo y antes aún Quiroga, Arlt o Lugones— que la directora Laura Casabé. Una de las mejores voces femeninas del nuevo cine de terror latinoamericano en general y argentino en particular, con una carrera que muestra claramente su preferencia e interés por el género.
Laura demostró sobradamente su talento y talante afín a espectros (reales y mentales), crímenes, psicologías morbosas y otras hierbas alucinógenas con su segundo e intrigante largometraje, La valija de Benavídez (2016). Una angustiosa comedia negra de tintes kafkianos y hitchcockianos, basada en un relato con sabor a Bioy de la escritora argentina Samanta Schweblin, que sorprendió positivamente a muchos, tras pasar por festivales como Fantaspoa. A esta primera y agradecida incursión en el género seguiría otra si cabe más conseguida: Los que vuelven (2019), que partía de su anterior cortometraje La vuelta del malón (2010), donde incide en una temática clásica del terror fantástico: la mágica resurrección de un ser querido que vuelve de la muerte, pero, claro, ya no es exactamente el mismo.

Una vuelta de tuerca a “La pata de mono” de Jacobs o Cementerio de animales de King, que ambientada en la Sudamérica de 1910, en un ámbito indigenista y mágico, adquiere tonalidades de gótico exótico y folk horror latino, originales y distintivas. Ahora, con su excelente adaptación de dos de los relatos que forman parte del libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Anagrama), de Mariana Enríquez, Laura Casabé se confirma como una de las cineastas más personales de un nuevo cine de terror argentino que no para de procurarnos excelentes títulos como Aterrados (2018) y Cuando acecha la maldad (2023) de Demián Rugna o Legiones (2022) de Fabián Forte.
La virgen de la tosquera” entrecruza su tortuoso camino a la madurez con El carrito, con el que constituye dos de los mejores y más representativos relatos de su autora, gracias al inteligente guion de Benjamín Naishtat. Una peculiar historia de crecimiento (coming of age, que dicen los anglos) en el marco de la crisis política y económica que asoló Argentina a comienzos de los años 2000, que sigue las andanzas de Natalia y sus dos amigas, adolescentes que como todas se debaten entre el descubrimiento de la sexualidad, con sus primeros enamoramientos, la busca de identidad, la amistad femenina perfecta, el sentimiento de alienación familiar y la perspectiva de un futuro nada halagüeño.

Pero Natalia es “un poco” diferente a sus amigas. Su angst existencial y fuerte atracción por Diego, el guapo objeto del deseo de todo el grupo, se ha transformado en una fuente de poder psíquico, mágico o paranormal que va creciendo poco a poco, hasta que con la aparición de la más madura y petarda Silvia, que se lleva de calle al muchacho engatusado por su mayor experiencia y conocimiento del mundo, la carne y el deseo, se transforma en verdadera capacidad psíquica para alterar la realidad física y material, por medio de la voluntad y el pensamiento. Mientras, en su camino se entromete el “carrito” de un vagabundo sin techo expulsado brutalmente del vecindario, convertido en depositario de una maldición que, a su vez, parece servir de correlato a la paulatina negrura y violencia que se va adueñando de la pasión reprimida de Natalia, además de símbolo de la corrupción política y social del momento.
Una vez más, Mariana Enríquez juega a combinar con ingenio raíces del género angloamericanas bien reconocibles (la Carrie de King y De Palma, amén de otras “niñas” con poderes paranormales retorcidos), insertándolas en un contexto y atmósfera totalmente argentinos, que Laura Casabé traslada a la perfección. La recreación de la vida cotidiana de Natalia y sus amigas, el retrato de la sociedad y la familia en crisis, la atmósfera de inseguridad y los dramas cotidianos del vecindario, envuelven sutilmente, con un aura costumbrista, el desarrollo de la tragedia sobrenatural, que alcanzará un clímax brutal y casi mitológico. Con pocas palabras y en apenas una hora y media, autora y cineasta hipnotizan a lector y espectador con la penetrante descripción del lado oscuro de la psicología adolescente femenina, remitiendo a las teorías sobre poltergeists y otros fenómenos psíquicos asociados con esta, en el marco de una sororidad púber que poco o nada tiene que ver con los “seres de luz” de la ficción feminista más superficial al uso.

Si se compara el retrato de la amistad femenina y el poder brujeril de la mujer que ofrece La virgen de la tosquera, con el de, por ejemplo, Gaua (2025), el esforzado cuento feminista vasco de Paul Urkijo, es fácil ver que la primera es obra de dos mujeres y la segunda de un hombre que se quiere sincero aliado feminista pero que, como tal, es incapaz de captar y mostrar la “maldad”, consciente e inconsciente, de las mujeres, que solo ellas conocen bien (ya lo decía La Lupe: “qué malas son, qué malas son, qué malas son las mujeres; qué malas son, qué malas son, qué malas son cuando quieren”). Sus deseos reprimidos, sus celos, mezquindades y enemistades, su capacidad para amar pero también para odiar, que durante la pubertad y el despertar de la sexualidad pueden adquirir dimensiones obsesivas dominando todo pensamiento.
Esto es lo que le ocurre en buena parte a Natalia, incapaz al principio de controlar las fuerzas desatadas de su inconsciente, aunque decidida finalmente a utilizarlas en su propio beneficio, en busca de venganza y retribución, por encima de toda moral. Algo que expresa espléndidamente una historia que a su vez carece de cualquier moraleja, juicio o mensaje alguno, limitándose a mostrar el poder de la furia sobrenatural de una adolescente humillada y ofendida, más en su imaginación que en la realidad —si bien reconozcamos que Silvia (Fernanda Echevarría) hace todo lo posible para que deseemos despedazarla y dejar de escuchar sus pretenciosas anécdotas de “mujer mayor”—. Porque un gran poder conlleva una gran responsabilidad, pero pocos o ningún adolescente, sea hombre o mujer, se convierten en Spiderman. Es mucho más fácil y divertido ser el Duende Verde.

Cinematográficamente, La virgen de la tosquera es un verdadero tour de force narrativo. Elegante, sutil, atmosférico y, como está de moda decir ahora, de cocción lenta, que combina las pinceladas de realismo social con las de folk horror urbano (a cargo de la abuela bruja de Natalia, Rita, encarnada por Luisa Merelas), introduciéndonos en el mundo cotidiano de un grupo de chicas, magníficas intérpretes todas ellas y singularmente magnética la protagonista, Dolores Oliverio, así como en su obsesión casi infantil pero poco o nada ingenua por el efebo Diego, guapo Agustín Sosa, destinado a convertirse en involuntario Orfeo a manos de una ménade adolescente despreciada y sus sabuesos infernales. Porque en definitiva, como saben mejor que nadie Mariana Enríquez y Laura Casabé, “El cielo no conoce ira como la del amor transformado en odio, ni el infierno furia como la de una mujer despechada”, que decía el poeta Congreve.
