Sobre el papel, insuflar tensión dramática en Prime Crime: A True Story parecería ser tarea fácil, considerando que se trata de un thriller criminal basado en el caso de Tony Kiritsis, que en 1977 tomó como rehén a un ejecutivo hipotecario y lo mantuvo cautivo durante 63 horas ante la atenta mirada de cientos de miles de espectadores televisivos. Cualquier suceso de ese tipo invita a un relato cargado de energía y urgencia narrativas, pero los pormenores de aquel secuestro resultan particularmente inquietantes: para mantener a raya a las autoridades, Kiritsis conectó un cable entre su escopeta y el cuello de su víctima, de modo que el gatillo se dispararía automáticamente si él era abatido o si el otro intentaba escapar. El potencial de que un artefacto como ese fallara se antoja extremadamente alto incluso sin tener en cuenta la volatilidad emocional de Kiritsis, que a buen seguro se intensificó a medida que pasaban las horas y la ira y el agotamiento nublaban cada vez más su juicio.
Y, sin embargo, Prime Crime: A True Story transmite una sensación de indiferencia que resulta especialmente llamativa si se considera que su responsable es Gus Van Sant, un autor que en el pasado ha dirigido algunos trabajos de encargo más bien rutinarios —Descubriendo a Forrester (2000) y Tierra prometida (2012), por ejemplo— pero que, por lo general, suele estampar su sello personal a todo lo que hace. El estadounidense, en cambio, parece conformarse con dotar el metraje de la que tan solo es su primera película en ocho años del estilo de un docudrama convencional, imitando el aspecto del material informativo de la televisión local de la época.

Entretanto, las evidentes similitudes de la película con Tarde de perros (1975), otra intriga criminal basada en hechos reales sobre un don nadie empujado a tomar medidas extremas y convertido en una especie de héroe popular a causa del frenesí mediático –tan evidentes que Van Sant decidió sibrayarlas otorgando un papel secundario a Al Pacino, protagonista de la obra maestra de Sidney Lumet–, no hacen sino confirmar qué odiosas resultan las comparaciones de vez en cuando.
En los primeros compases de Prime Crime: A True Story, Kiritsis (Bill Skarsgård) se cuela en las oficinas de una empresa hipotecaria, y poco después sale de ella con su arma conectada a la nuca de Richard Hall (Dacre Montgomery), hijo de un destacado agente financiero (Al Pacino) al que culpa de haberlo arruinado después de pedir una serie de préstamos para trabajar en el terreno donde pretendía construir un centro comercial. Frente a policías y cámaras de televisión, Kiritsis obliga a su rehén a caminar hasta su coche y luego conduce con él de regreso a su apartamento mientras los agentes los siguen discretamente. El secuestrador quiere que su versión de los hechos se haga pública, y exige también una compensación, inmunidad y una disculpa.
Al hacer a su protagonista más joven, más decidido y más calmado de lo que al parecer era realmente —al menos, así lo sugieren las imágenes finales de la película—, Van Sant parece querer dotar sus quejas de cierta legitimidad, convirtiéndolas en consecuencia comprensible del tipo de frustración y rabia ante los abusos corporativos que también encarna Luigi Mangione, que tras asesinar presuntamente a un director ejecutivo del sector sanitario en 2024 se convirtió sorprendentemente en ídolo de masas.

Los factores que le impiden lograrlo son varios. En primer lugar, los detalles de la relación de Kiritsis con aquellos a quienes culpa de haberle estafado son demasiado confusos como para elevar la tensión. Asimismo, la película no se molesta en ofrecer una visión más completa de la psicología de su protagonista. Y además, por último, permanece demasiado tiempo junto a él y su rehén en el apartamento de este, centrándose en las tensas dinámicas de su relación; mientras tanto, las masas y sus reacciones funcionan como poco más que un rumor, y el comentario de Van Sant sobre la avidez de carnaza de los medios y la obsesión por la fama se queda en un mero esbozo.
La historia se nos cuenta de manera metódica, a ratos con destreza, pero siempre con poco brío. La acción nunca resulta suficientemente excesiva como para convertir la película en una sátira o una comedia, pero tampoco está dotada de la suficiente gravedad como para resultar trascendente. El director, decimos, adorna su metraje de alardes estilísticos como pantallas partidas, filtros de color, zooms inesperados, material de archivo en blanco y negro e imágenes congeladas, pero nada de ello logra dotarla de una personalidad realmente distintiva.
