En 2020, el guionista Austin Kolodney comenzó a escribir su primer largometraje sobre el secuestro real perpetrado en 1977 por Tony Kiritsis, a raíz de un podcast sobre el caso. En 2018 ya se había estrenado el documental Dead Man’s Line basado en ese mismo suceso, por lo que acabaría contactando con sus creadores para recopilar toda la información disponible. Ya entonces, Kolodney soñaba con que Gus Van Sant dirigiera su guion. Tras un intento fallido de hacérselo llegar, en 2024 se anunció que Werner Herzog dirigiría el proyecto, con Nicolas Cage como protagonista: una suerte de versión salvaje de Tarde de perros, pero infinitamente más desquiciada. Al final, Kolodney logró contactar con el siempre inquieto Van Sant y, en lugar de Cage, tenemos al camaleónico Bill Skarsgård. Y, aunque el resultado no podría ser más distinto, sale ganando en cualquier caso.
Tras un silencio cinematográfico de siete años (su último largometraje como director fue No te preocupes, no llegará lejos a pie, en 2018), Van Sant regresa a una de sus vertientes más apreciadas: la de cronista de sucesos reales que sacudieron la historia reciente de Estados Unidos, por la vía del true crime de autor, como ya hiciera con la matanza de Columbine en Elephant. Por su parte, ver a Skarsgård lejos del maquillaje de monstruo resulta especialmente refrescante —en una interpretación que no habría desentonado en la pasada temporada de premios—. Su coprotagonista, Dacre Montgomery (en un registro muy alejado de su Billy de Stranger Things), interpreta al hijo del agente hipotecario cuya estafa desata la furia de Kiritsis.
Aunque ficciones como esta suelen aportar poco respecto al documental del que parten, no se puede culpar a Van Sant ni a Kolodney por querer llevarla al cine. La historia real es tan rocambolesca que parece pedir a gritos una adaptación. Además, la película introduce un componente especulativo que el documental no podía permitirse: lo que ocurre de puertas para dentro, las conversaciones entre ambos hombres, unidos por una escopeta recortada y un alambre, un dispositivo potencialmente mortal ante el más mínimo intento de fuga.
El cuestionable título español alude a la cobertura mediática en tiempo real del suceso y al sensacionalismo de una sociedad que aún se recupera del caso Watergate. Colman Domingo destaca como un carismático locutor de radio que se ve arrastrado a este juego de vida o muerte por el propio secuestrador. Myha’la interpreta a una intrépida reportera ficticia dispuesta a todo por la exclusiva. Cary Elwes está irreconocible como el detective que sigue la pista de Kiritsis. Y Al Pacino —haciendo aquí con Tarde de perros lo que Robert De Niro hizo en Joker con El rey de la comedia— parece cómodo como el despreocupado empresario responsable indirecto de la crisis del protagonista: padre del rehén y, quizá, el verdadero villano.

Ambientada en Indianápolis, la película se rodó en apenas diecinueve días, en el invierno de Louisville (Kentucky), residencia del director, en condiciones que el equipo ha descrito como “de guerrilla”. Su presupuesto, de unos quince millones de dólares —diez más que la recompensa que pidió Kiritsis, aunque sin disculpa pública—, resulta casi irrisorio para una producción con este reparto. Y, sin embargo, como ya ocurría en The Brutalist, esta economía de medios no solo no perjudica el resultado, sino que invita a preguntarse en qué se invierten realmente los cientos de millones de las superproducciones actuales.
La película no tiene nada que envidiar en lo técnico a producciones de mayor envergadura y logra recrear los años setenta con notable credibilidad, incluso sabiendo que bajo las patillas se esconden dos de los actores más atractivos de su generación, décadas más jóvenes que sus personajes. La fotografía de Arnaud Poitier, aunque digital en su mayoría, remite al cine pre-Netflix; las imágenes “de archivo” han sido rodadas con cámaras de época para replicar la estética televisiva de 1977. El montaje es ágil, y la banda sonora de Danny Elfman, sorprendentemente contenida, resulta adecuada. El guion va directo al grano, con giros efectivos, aunque incluye un momento a mitad de metraje que recurre a un mecanismo narrativo demasiado visto y prescindible, ya que aporta poco al conjunto (salvado únicamente por el terror que proyecta Skarsgård).
Dados sus logros técnicos, quizá lo único reprochable a Van Sant sea su convencionalidad. Quien espere algo de su vena experimental puede ir olvidándose. Cabe pensar que su ausencia en estos años respondía, más allá de su dedicación a la pintura o dirigir episodios de Feud: Capote vs. The Swans, a una falta de interés por un panorama cinematográfico cada vez más homogéneo. En ese sentido, su regreso contrasta con el de un Coppola que, para bien o para mal, al menos ha vuelto con una propuesta abiertamente fuera de la norma. Van Sant, en cambio, opta por reinsertarse en la industria con una película de corte mucho más clásico. Pero también es probable que, de haber regresado con un proyecto como Gerry, no habría conseguido ni una fracción de este presupuesto.
Aun así, el resultado es sólido. El mayor logro de la película es el retrato de su protagonista. Lejos de ser un simple “perdedor” o un “incel” bidimensional —como tantas ficciones actuales insisten en subrayar, no vaya a ser que parte del público se identifique con Travis Bickle o Patrick Bateman—, el Kiritsis de Bill Skarsgård emerge como un antiheroe errático enfrentado a la indiferencia corporativa, encarnando las frustraciones del hombre corriente ante sistemas que le fallan. En ese sentido, la película respira el espíritu del cine de los setenta al permitirse un protagonista moralmente complejo. Porque, por mucho que cambien los códigos, esa ambigüedad nunca ha desaparecido de la realidad. ¿Acaso no hay todavía quien se posiciona del lado de Luigi Mangione? Y ese sistema también es complejo, incluso contradictorio, como demuestra su desenlace. Porque la realidad, a diferencia del cine, no entiende de moralejas.
