Rachilde: la mujer más escandalosa de Francia

Consiguió permiso de la policía para vestir de hombre en 1885 y fue juzgada por escribir la novela más obscena de su tiempo. Recordamos la figura increíble de Marguerite Vallett-Eymery, alias Rachilde

Rachilde, es decir, Marguerite Vallette-Eymery (1860-1953). vestida al estilo masculino.

En 1884, el editor belga Auguste Brancat da a prensa, primero como serial y después en un solo volumen, la novela Monsieur Venus, firmada por la misteriosa Rachilde, con la colaboración de un no menos misterioso (e inexistente) Francis Talman. Todas estas curiosas artimañas para esconder a su autora real, la entonces todavía joven Marguerite Vallette-Eymery (1860-1953), pensadas probablemente para evitar las consecuencias judiciales del escándalo que sabía se le vendría encima, no sirvieron de mucho. Los tribunales belgas juzgaron la novela netamente pornográfica, prohibiéndola y condenando a su autora a dos años de cárcel in absentia. Casi como le ocurriera a su amado Marqués de Sade.

El resultado fue agotar rápidamente tres ediciones del libro, si bien la segunda y tercera fueron algo aligeradas de sus partes más escandalosas.

Portada de la edición española de Monsieur Venus (KRK, 2016).

La edición francesa, publicada en 1889, extrajo por completo un capítulo, pero esto tampoco evitó que Monsieur Venus despertara entusiasmo y condena por igual. Maurice Barres se encargó de escribir un extenso prefacio, alabando sin reservas la novela y a su autora, al tiempo que avisando a los lectores de que se iban a encontrar ante una experiencia nueva y radical. La historia de la joven aristócrata y artista Raoul de Vénérande, de sexualidad más que fluida, peculiares gustos eróticos e inclinaciones sádicas, y sus dos amantes, el humilde florista huérfano Jacques Silvert y el Barón de Raittolbe, es la de la completa dominación de los dos últimos por los deseos y caprichos de la primera, hasta el punto de intercambiar y perder su identidad de género, llegando a la locura y la alienación total.

Se trata de una novela decadente donde las haya, comparable a la obra maestra de J-K Huysmans, A rèbours (1884), pero con mayor dosis si cabe de perversidad y perversión, al venir de manos de una mujer, que, para colmo, viste y se hace llamar como un hombre. Pero, ¿quién era esta Marguerite Eymery capaz de hacer tambalear los cimientos del mundo bohemio y literario de la Belle Époque? Nacida en una familia de alcurnia, su infancia fue desdichada. Hija no querida, nació con una pierna más corta que otra, aprendiendo pronto lo que era ser marginada y estigmatizada.

Portada de la primera edición de Monsieur Venus, pronto prohibida y perseguida por la justicia belga (1884).

Sus progenitores mantenían una relación fría y tortuosa. Su padre, Joseph Eymery, soldado profesional, era constantemente infiel y sufrió en carne propia las penalidades de la guerra francoprusiana y la prisión por participar en un duelo de honor. Gabrielle, la madre, espiritista convencida, despreciaba profundamente a su marido, con quien no mantenía apenas trato. En su hogar, Marguerite fue testigo de unas relaciones familiares e íntimas marcadas por abusos mutuos y comportamientos extravagantes. En cierto modo, la pasión por la escritura se convirtió en su refugio y salvación.

A los doce años ya enviaba textos anónimos y subidos de tono al periódico de su localidad. A los quince, asumió el nombre de Rachilde. No dudó en escribir a su ídolo literario, Victor Hugo, quien respondió animándola a seguir su vocación, influyendo en su decisión de moverse a París entre 1878 y 1881 para dedicarse por completo a la literatura. Una vez allí, frecuentó artistas como Sarah Bernhardt, se introdujo en los círculos simbolistas y decadentes, haciendo amistad con Jean Lorrain, Barbey D´Aurevilly e incluso con el propio Oscar Wilde, manteniendo relaciones con amantes de ambos sexos, hasta conocer al escritor y editor Alfred Vallette (1858-1935), con quien contrajo matrimonio en 1889.

Un año más tarde, Vallette lanzó la revista literaria Mercure de France, considerada la publicación más vanguardista del fin de siècle. En ella, Rachilde resultó fundamental, publicando crítica literaria, publicando sus propios textos y ayudando a su marido en todos los aspectos, apoyando la obra de autores como Alfred Jarry, pintores como Lautrec y Gauguin o el teatro de vanguardia de Paul Fort.

Alfred Vallette, marido de Rachilde, escritor y fundador del Mercure de France, hacia 1909.

No sólo siguió escribiendo a un ritmo endiablado poesía, novelas, relatos y obras teatrales, sino que creó uno de los salones literarios parisinos más atrevidos y modernos del momento, relacionándose con otras autoras como Camille Delaville, Georges de Peyrebrune o Léonide Leblanc, convirtiéndose en una de las primeras admiradoras de la después famosa Colette. Allí recibió también a poetas y escritores como Pierre Louÿs, Verhaeren, Jean Moréas, Francis Carco, Gide, su admirado Catulle Mendès, Bataille, Apollinaire, Leon Bloy, los Gourmont, Huysmans, Flammarion, Mallarmé, Lorrain, Tailahde e incluso a Oscar Wilde y su amante, Lord Alfred Douglas. Gracias a su influencia pasó Verlaine sus últimos días al cuidado de un hospital.

Caricatura de George Goursat (Sem) de un grupo de artistas decadentes parisino encabezado por Jean Lorrain (izq.), amigo íntimo de Rachilde.

Rachilde no dejó nunca de escandalizar y provocar. Sus relaciones con la bisexual Gisèle d´Estoc, seudónimo de Marie-Paule Alice Courbe, escritora, escultora y pionera del feminismo, además de duelista amiga de Marie-Rose Astié de Valsayre —véase la reciente película francesa El profesor de esgrima (2023)—; su preferencia por amistades masculinas homosexuales; su afición a aparecer en las fiestas vestida de hombre junto a un Jean Lorrain vestido de mujer; su afición a mixtificar su biografía y orígenes, afirmando que Rachilde era el nombre de un noble sueco muerto tiempo atrás, que se le había manifestado durante una sesión espiritista o que su familia sufría la maldición del licántropo, la convierten en una de las personalidades más excéntricas de su tiempo.

Pero no deben hacernos olvidar que su transgresora obra merece situarse entre lo mejor de la literatura del cambio del siglo XIX al XX.

Portada de una edición española de La hermética de Rachilde, del año 1904.

Novelas como la citada Monsieur Venus —editada en castellano por KRK en cuidada traducción de Rodrigo Guijarro Lasheras—, o La torre de amor (Hermida editores), son un vertiginoso y deliciosamente perverso descenso a la abyección sexual, moral y psicológica más exquisita. Si la primera explora relaciones de dominio y sumisión, amén de la androginia y los cambios de roles de género más radicales, la segunda explota abismos de necrofilia, locura, amistad masculina y neurosis en el marco de un faro aislado en la costa bretona, y uno se pregunta si el pedante Robert Eggers no la leería antes de filmar su fallida El faro (2019). Pero son solo dos ejemplos de una extensa y compleja obra que merecería ser mejor y más conocida, si bien, curiosamente, llegó a ser publicada ocasionalmente España a principios del siglo pasado.

Rachilde murió casi olvidada en 1953, a los 93 años. Críticos actuales como Camille Paglia la han rescatado como exponente de un feroz individualismo femenino, que no feminista —en 1928 escribió su ensayo Pourquoi je ne suis pas féministe, rebelándose contra cualquier etiqueta de género—, verdadero ejemplo de empoderamiento avant la lettre, con una actitud personal que ella misma resumía así: “Siempre actué como un individuo, sin pensar en fundar una sociedad ni en alterar la presente.” Quizá, la actitud más rebelde posible en su tiempo… y el nuestro.

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