Hay momentos determinantes en la carrera de una deportista de élite donde la mirada se detiene, necesariamente, para analizar con perspectiva el camino recorrido. Alexia Putellas lo ha hecho ahora a través de una conversación íntima para Iberdrola, enmarcada en su 125 aniversario, donde la dos veces Balón de Oro ha recordado que su trayectoria profesional no comenzó bajo los focos de las grandes galas internacionales. Al contrario, sus raíces se hunden en las plazas y los recreos de su infancia, escenarios donde el balón no era un trofeo, sino su único lenguaje y su verdadera forma de entender el mundo.
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La historia de Alexia es, ante todo, una historia de gratitud. Antes de la profesionalización, el éxito dependía de la voluntad de unos padres que no entendían de descansos. La jugadora recuerda con nitidez el esfuerzo de su casa: mientras que entre semana sus padres ya estaban en pie a las seis de la mañana para ir a trabajar, los sábados y domingos repetían el madrugón para que ella pudiera estar a las nueve en cualquier campo de la geografía catalana. “Valorabas mucho que tus padres se levantaran a las seis de la mañana cada día para ir a trabajar y que el fin de semana también madrugaran para llevarte a jugar”, reflexiona Alexia. Este sacrificio ajeno forjó una ética de trabajo que hoy es su sello distintivo: entender que el privilegio de estar en el césped se sostiene sobre el esfuerzo invisible de quienes te rodean.
El fútbol como búnker: la pérdida de su padre
Sin embargo, el momento que define la madurez de la Alexia persona y futbolista llega a los 18 años. El fallecimiento de su padre supuso el golpe más duro de su vida, un punto de quiebre que la obligó a rehacerse en plena adolescencia profesional. En sus reflexiones más íntimas, Putellas confiesa que el césped se convirtió entonces en su única vía de escape, el lugar donde el ruido del duelo lograba, por fin, silenciarse.
El fútbol dejó de ser solo un juego para transformarse en su refugio personal. Esta revelación explica la intensidad casi mística con la que la capitana pisa hoy el campo: para ella, cada partido es el lugar donde todavía conecta con sus raíces y con la figura que más la apoyó cuando el éxito era solo un sueño lejano.
La soledad de la lesión y el regreso a la vida

El último gran desafío de su relato es la rotura del ligamento cruzado justo antes de la Eurocopa de 2022. Putellas describe ese proceso como un choque frontal contra la realidad: pasar de estar focalizada al 100% en la competición a verse fuera del juego de la noche a la mañana. “Cuándo me lesione, al día siguiente, mi cabeza seguía en la Eurocopa”, reflexiona sobre la dureza mental de una recuperación que la mantuvo apartada de lo que más ama.
Hoy, de vuelta en los terrenos de juego, Alexia no solo celebra los títulos, sino el simple hecho de haber superado los tres grandes “inviernos” de su vida. Su testimonio no es solo el de una campeona, sino el de una mujer que aprendió que, para tocar el cielo, primero hay que saber cómo levantarse del suelo más frío.

