Meritorias

Maite Zúñiga: “Entrené como una salvaje para batir el récord de España”

La atleta mantiene desde 1988 la mejor marca en los 800 metros lisos

El año 1988 estaba marcado en rojo por muchos deportistas. Se iban a disputar desde mediados de septiembre los Juegos Olímpicos de Seúl. Todos buscaban llegar a la cita en las mejores condiciones físicas. Maite Zúñiga (Éibar, 1964) no era una excepción. A sus 23 años le había llegado la oportunidad de cumplir un sueño que comenzó a forjarse cuando se puso sus primeras zapatillas de correr siendo una adolescente en el colegio Miguel de Unamuno de Vitoria. Durante los meses anteriores a la cita olímpica, la eibartarra tenía metido entre ceja y ceja el objetivo de batir la marca de los 800 metros lisos en poder desde el año anterior de Rosa Colorado, toda una leyenda del atletismo femenino que acumuló treinta títulos nacionales en siete modalidades diferentes. No era un objetivo sencillo el que se había propuesto Zúñiga y, como confiesa ahora, “entrené como una salvaje para batir el récord de España”.

Sabía que para rebajar los 2:00.33 que había marcado meses antes en Oslo la atleta salmantina tenía que hacer un esfuerzo casi sobrehumano. Sus entrenadores tenían programados ciclos de tres semanas. En las dos primeras realizaban sesiones de mañana y tarde “y solo descansábamos los viernes por la tarde”. Si la semana había sido muy fuerte también les perdonaban la sesión vespertina de los domingos. “Recuerdo que hacíamos un recorrido bastante exigente y con muchas cuestas por la Casa de Campo”, afirma. La tercera semana era de “regeneración”.

Alguien debió pensar que aquello no era suficiente para aspirar a ganar una medalla en Seúl, así que decidió endurecer la preparación. “Comenzamos a entrenar tres veces al día”, recuerda la guipuzcoana. La exigencia era máxima. Se levantaba a la siete de la mañana para hacer “larga distancia” y después regresaban a desayunar. A las doce en punto tenían que volver al tajo y por la tarde, sobre las 18:00 horas, comenzaba su último entrenamiento. “Intentamos mantener ese ritmo de vida unos cuantos días hasta que nos dimos cuenta de que no éramos capaces de aguantar un ciclo entero con tres entrenamientos diarios”.

A partir de entonces volvieron al plan inicial que solo cambiaba los meses de verano porque, en lugar de hacerlos en Madrid “donde suele hacer un calor insoportable”, se trasladaban a pueblos de la sierra segoviana o abulense. De lo contrario, se hacía imposible completar un entreno en condiciones óptimas. Alcanzado el punto de forma óptimo, faltaba por establecer el lugar idóneo para tratar de rebajar de los dos minutos el récord nacional de los 800 metros lisos.

Al ser un año olímpico estaba prevista la celebración de varios mítines a nivel internacional con las atletas más destacadas de la especialidad. Sin embargo, en España no estaba agendado nada parecido. Examinaron el calendario de carreras estatales y comprobaron que sólo se iban a disputar tres: Madrid, Sevilla y Jerez. “En una de ellas había que intentarlo”, indica. Finalmente, consideraron que la ciudad hispalense iba a ser el escenario “ideal” por las características de la pista. Además, iba a ser un mitin “de bastante nivel”.

El estadio elegido fue el de Chapina, que un año ante había visto competir al estadounidense Carl Lewis y al canadiense Ben Johnson -que resultó ganador de la prueba-, lo que supuso una especie de aperitivo a la final olímpica más memorable de la historia de los 100 metros lisos que se disputó en Seúl y que más tarde quedó descafeinada por el positivo del canadiense en un control antidopaje. Las condiciones del estadio, que fue demolido posteriormente por la reforma urbanística que sufrió la ciudad debido a la celebración de la Expo 92, favorecían a los atletas que aspiraban a rebajar sus marcas. “Estaba muy recogido, lo que impedía que el viento nos perjudicara, y la pista estaba hecha de un material muy rápido”, explica. De hecho, aquella tarde del 1 de junio de 1988 se registraron en general muy buenas marcas.

Zúñiga enfatiza que aquel día, “además de que me pillara en muy buena forma, se aliaron todos los astros porque la temperatura era fantástica y no hacía nada de viento”. Por tanto, no había excusas para afrontar con todas las garantías el intento de bajar de los dos minutos. Para la ocasión contrataron una liebre que no cubrió las expectativas ni de lejos. “Queríamos hacer los primeros 400 metros en 55 ó 56 segundos como mucho, y resulta que los hicimos en 59”, señala. Eso hizo que toda la planificación de la carrera se viniera abajo. La atleta guipuzcoana tuvo que hacer la segunda vuelta en solitario con la necesidad de rebajar la marca de los primeros 400 metros “algo que muy poca gente puede hacer porque la primera vuelta es siempre es la más rápida”.

 

Al final logró un “marcón” que es historia viva del atletismo español: 1:57.45, es decir, más de dos segundos por debajo del récord de Colorado. Había conseguido, además, la mejor marca mundial de la temporada. Lo de la celebración posterior ya es más complicado de contar. Zúñiga vio que todo el mundo le aplaudía al llegar a meta y empezó a responder a esas muestras de cariño con saludos a pie de pista. Cuando enfilaba la pista de los 100 metros en dirección contraria se sintió mareada. “Me entró una pájara y como me daba vergüenza que todo el mundo me viera tumbada en el suelo, conseguí llegar andando como un zombie hasta los vestuarios”. Exhausta por el esfuerzo se tumbó en un banco sueco de madera y cerró los ojos. Cuando los abrió vio que estaba rodeada de hombres en calzoncillos, “lo que pasa es que me vieron tan mal que nadie me dijo, ¡oye guapa, sal de aquí!”. Sin embargo, salió, y se metió en el de chicas. Allí sí pudo tumbarse tranquila en otro banco.

El caso es que Zúñiga llegó pletórica a Seúl. Se convirtió en la primera española en llegar a una final olímpica de atletismo. Volvió a bajar de los dos minutos para llegar séptima a la meta con un tiempo de 1:59,82. No está nada claro que sea un mérito de la guipuzcoana o un demérito de sus rivales que ese récord siga aún vigente. “Las generaciones de ahora son una pasada porque antes dejábamos de estudiar para dedicarnos exclusivamente a entrenar y ahora casi el 90 por ciento de las atletas compaginan los entrenamientos con sus estudios o trabajos y aun así son capaces de hacer marcas fantásticas”, explica.

Sí hubo una atleta posterior a su generación que pudo haberle arrebato el récord pero que, por diversas circunstancias, nunca lo consiguió. Se trata de Mayte Martínez, quien durante los campeonatos del mundo de atletismo celebrados en Osaka (Japón) en 2007 paró el crono en 1:57.62. “Lo de ella tiene mucho más mérito -asegura la guipuzcoana- porque le tocó una generación en la que todas las atletas corrían por encima de los dos minutos y pienso que si hubiera estado en la mía seguro que podría haber bajado”. Resulta un tanto curioso que también el récord mundial de la especialidad sea el más antiguo del atletismo femenino. La marca lograda en 1983 por Jamila Kratochvilova (1:53 28) es cuatro segundos inferior a la de Zúñiga “¡y eso es muchísimo tiempo!”. Llegó a competir con ella “cuando ya estaba un poco de capa caída” y con otras atletas del Este como la alemana Marita Koch.

De aquella Maite Zúñiga que se calzó a los diez años sus primeras zapatillas de correr en el patio del colegio Miguel de Unamuno, donde también lo hacía Martín Fiz, quedan algunos recuerdos en Vitoria. Por ejemplo, una calle de la capital alavesa lleva su nombre junto a otra muy cercana dedicada “a mi vecino de toda la vida”, que resulta ser el maratoniano gasteiztarra. No es que esa especie de homenaje respondiera a un capricho del entonces alcalde José Ángel Cuerda, sino que fue fruto de una iniciativa popular donde los ciudadanos debieron de escoger los nombres de una serie de calles de entre varias personas relacionadas con la cultura, las artes o el deporte.

La plusmarquista nacional de los 800 metros lisos se retiró de la alta competición a los 35 años “bastante saturada psicológicamente” después de haber conseguido 22 títulos de campeona de España y dos finales olímpicas (Seúl y Barcelona). En Atlanta no pudo ser. Después de tener a sus hijas cogió mucho peso y cuando salía a correr en plan tranquilo su rodilla se resentía cada dos meses. “Llegó un momento en que pensé que ya no merecía la pena seguir porque al ser consciente de que ya nunca jamás iba a ser una atleta olímpica decidí priorizar la salud sobre el deporte”, espeta.

En la actualidad, como ella misma dice, “me dedico a cuidar de mí misma”. Dejó tras la pandemia sus tareas en la Federación Española de Atletismo, donde trabajaba con niños de entre 14 y 17 años, y ahora es una asidua al gimnasio. “Voy seis días a la semana porque los domingos descanso”. Ya no suele salir a correr al aire libre. Si lo hace, es con amigos durante 40 minutos “porque a la media hora ya me duele la rodilla y el sóleo”. Su cuerpo lleva mucho machaque fruto de competir tantos años al máximo nivel. Eso no quiere decir que renuncie a realizar otras actividades deportivas. “Yendo al gimnasio no me duele nada y, desde luego, pretendo seguir haciendo deporte para mantenerme y verme bien”, arguye.

Ninguna de sus dos hijas se ha inclinado por el atletismo. “Es que no todo el mundo nace con las mismas condiciones físicas y además, la genética es una mezcla entre el padre y la madre”, sostiene. En su fueron interno tampoco parece importarle que no hayan seguido sus pasos. Una practicó baloncesto y ahora lo ha cambiado por el gimnasio, mientras que la otra se ha decantado por las artes marciales mixtas. “Tengo amigos con hijos que han intentado seguir la estela de sus padres y al final lo único que han conseguido es sentirse frustrados por la presión a la que han estado sometidos”. Y es que para Zúñiga es “preferible” esos chicos y chicas hagan deporte “sin tener puntos de referencia”.

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