Un pabellón lleno. Diez mil personas en pie. Pancartas, bufandas, niñas y niños subidos a hombros, nombres propios coreados como si llevaran décadas en la élite. No es una final de fútbol masculino, es la final de la Copa de la Reina de baloncesto, que se jugó -y levantó- en Zaragoza.
Nada de esto estaba previsto unos meses antes. Nada de esto habría ocurrido sin una decisión que cambió la historia de un equipo y, en parte, la de una ciudad: contar los logros del Casademont Zaragoza con los mismos medios, la misma ambición y la misma pasión que cualquier gran acontecimiento deportivo. Algo que parece sencillo, pero que -también en esto- demuestra que hacer bien lo que parece obvio suele ser lo más difícil.
Detrás de esa decisión está Sara Martín Rada, hoy directora general de Alea Media, la productora responsable de éxitos como Salvador o Animal. Pero antes de dirigir la compañía, Martín Rada impulsó una de las transformaciones más profundas -y menos estridentes- de la televisión pública reciente: demostrar que el deporte femenino podía liderar audiencias si se contaba con ambición, estrategia y respeto.
No era una cuestión de horario, sino de mirada
Cuando Sara llegó a Aragón TV a finales de 2020, el panorama no era distinto al de muchos informativos. El equipo de la ciudad, el Real Zaragoza, que entonces militaba en Segunda División, ocupaba casi todo el espacio simbólico. El resto de disciplinas sobrevivía en canales digitales o en franjas invisibles.

Sin embargo, el Casademont Zaragoza femenino, pese a competir en la Liga Femenina Endesa -la máxima categoría del baloncesto nacional-, apenas tenía presencia. “Podíamos emitir los partidos sin contexto, sin relato, para cumplir. O podíamos hacerlo bien”, explica Sara.
Hacerlo bien implicaba mucho más que concederles un par de minutos en los informativos. Significaba desplegar los mismos recursos que se destinaban al fútbol: narradores de primer nivel, comentaristas especializados, un equipo fijo de seguimiento, pie de pista, previas cuidadas e historias personales.
“Queríamos que el espectador supiera quién estaba lesionada, quién arrastraba molestias, qué se jugaban esa semana. Exactamente lo mismo que sabemos de ellos”, señala.
No era una cuestión de cuota ni de gesto simbólico. Era una cuestión de enfoque. Y de justicia profesional.
Resistencias, burlas y una apuesta solitaria y sin red
La decisión no fue cómoda. El departamento de Deportes era un territorio históricamente masculino, consolidado desde los inicios de la cadena. Hubo resistencias pasivas y otras más explícitas: retrasos, ironías y también ataques en redes sociales, incluso desde compañeros.
“Había quien decía: han perdido, no merecen este despliegue”, recuerda.

Pero ni Sara ni María de Miguel, entonces directora de Aragón TV, dieron un paso atrás. Al contrario. Insistieron en la igualdad desde la base. “Si el mejor narrador del fútbol es este, ese mismo narra a las chicas. Si en el fútbol hay dos comentaristas y pie de campo, aquí también”. No era una reivindicación ideológica, se trataba de empezar desde la misma línea de salida.
Lo que ocurrió después fue una conjunción poco frecuente. El equipo entendió la apuesta, aceptó abrir su intimidad y dejarse acompañar por el relato. Los resultados deportivos llegaron. Y la audiencia respondió. Primero en televisión, donde los datos superaron todas las previsiones. Después, en las gradas.
De una media de cuatrocientas personas en el pabellón cada fin de semana se pasó a miles. Las retransmisiones se convirtieron en lo más visto del canal. Y el seguimiento dejó de ser anecdótico para convertirse en conversación pública.
El punto culminante llegó con la final de la Copa de la Reina, que llevaron a la ciudad. Aragón TV la convirtió en un acontecimiento colectivo. Hubo sorteos en directo, programas especiales, seguimiento del camino clasificatorio, jugadoras invitadas a espacios generalistas y campañas de promoción específicas. La copa se instaló físicamente en la sede de la televisión pública para que la ciudadanía pudiera visitarla. “Queríamos que toda la ciudad jugara esa copa”, cuenta Sara, todavía con un brillo reconocible en los ojos.
Diez mil personas y una final imposible de escribir
El resultado fue histórico: pabellón lleno, entradas agotadas y una final ganada de forma épica. Expulsión de la capitana, tensión máxima y victoria contra todo pronóstico. “Ni el mejor guionista habría escrito algo así”, admite.

De ahí surgió un documental estrenado en cines, un recibimiento multitudinario, un autobús recorriendo la ciudad y las jugadoras convertidas en pregoneras de las fiestas del Pilar. Pero para Martín Rada, lo importante había sucedido antes. “La gente ya estaba ahí. Ya las conocía. Ya las quería ver jugar por ser ellas”.
De todos los hitos de su carrera, este es el que más reivindica. No por los datos de audiencia, sino por el impacto. “Ser líder un día puede depender de una catástrofe o de la actualidad. Esto fue pensado, trabajado y peleado. Y tiene consecuencias sociales”.
Hicieron posible niñas con referentes, niños que no interiorizan jerarquías deportivas, familias que acuden juntas al baloncesto femenino como plan central del fin de semana.“Que un niño no distinga entre una jugadora y un jugador es un éxito social”, afirma.
Una trayectoria construida desde dentro
Nada de esto surge de la nada. Nacida en Tarazona, Martín Rada llegó a Madrid para estudiar Periodismo cuando en Zaragoza aún no existía la carrera. Quería escribir. Terminó en televisión.
Pasó por agencias, informativos, campañas electorales y seis años en La Sexta siguiendo la política nacional. Después dio el salto al otro lado: la comunicación institucional en la Junta de Andalucía y, más tarde, como directora de Comunicación del Consejo Superior de Deportes.

Allí descubrió el deporte lejos del foco. Sacrificio, valores, anonimato. “Entendí que lo que no se cuenta, no existe”, dice.
Esa idea la acompañó de vuelta a Aragón, donde asumió la dirección de Contenidos y Deportes con un objetivo claro: modernizar la televisión pública y proyectarla hacia el futuro.
Hoy, al frente de Alea Media, esa forma de entender la comunicación sigue intacta. Salvador y Animal, son más que series de ficción: son relatos con mirada e intención.
Proyectos que parten de la misma convicción que llevó al baloncesto femenino a liderar audiencias en Aragón: el interés no depende del género, sino de cómo se cuenta la historia.
