La guerra en Irán amenaza con abrir una nueva fase de inflación global. En el centro de ese shock económico están el petróleo, el gas, los fertilizantes y el transporte. Pero, en cadena, también afectará a la alimentación o a la construcción. Para líderes empresariales como Linda G. Alvarado, CEO de la constructora Alvarado en Estados Unidos, el conflicto puede traducirse en materiales disparados, obras más caras y decisiones estratégicas complejas en los próximos meses.
El bloqueo del Estrecho de Ormuz, por el que pasa el 20% del petróleo que se consume en el mundo, ya está impactando en los mercados energéticos. El petróleo se ha disparado por encima de los 100 dólares el barril de Brent, a niveles que no veíamos desde la guerra en Ucrania en el año 2022.
La construcción suele ser uno de los sectores que más rápido siente el impacto de un shock energético. El motivo es sencillo: prácticamente todos sus costes dependen, directa o indirectamente, de la energía. Cuando el petróleo sube, aumenta el precio del transporte de materiales, se encarece la producción de acero, cemento y aluminio, sube el coste de maquinaria, combustibles y logística y se encarece la financiación si la inflación obliga a subir los tipos de interés.
Para ejecutivas como Linda G. Alvarado, este escenario supone un reto. Alvarado fundó su compañía en 1976 con un préstamo de sus padres. Comenzó construyendo aceras y hoy participa en proyectos comerciales e institucionales en Estados Unidos. Se ha hecho cargo de la construcción, entre otros, del Centro de Convenciones de Colorado y del Aeropuerto Internacional de Denver.
Alvarado y el sector inmobiliario
Nacida en Albuquerque, Nuevo México, en una familia de origen mexicano-estadounidense, Alvarado se graduó en Economía por la Universidad de Pomona, en California. Antes de lanzar su propia empresa trabajó en el sector inmobiliario, experiencia que le permitió conocer de primera mano el funcionamiento de la industria. Con el paso de las décadas, Alvarado Construction se convirtió en una de las constructoras comerciales más relevantes del país, y su trayectoria la ha consolidado como una de las empresarias más influyentes del sector en Estados Unidos.
Su carrera es también un caso singular en un sector históricamente dominado por hombres: fue una de las primeras mujeres en dirigir una gran constructora estadounidense y una figura clave en abrir camino a otras profesionales en la industria.
Ahora, el desafío es la guerra de Irán y sus consecuencias. Una CEO de una gran constructora tiene que gestionar varias tensiones simultáneas. La primera es controlar los costes de materiales. Si el petróleo y el gas se disparan, los contratos de obra firmados meses antes pueden volverse mucho menos rentables.
Además, tendrá que renegociar contratos y plazos. Muchos proyectos de infraestructura se firman con presupuestos cerrados. En un contexto inflacionario, las empresas intentan incluir cláusulas de revisión de precios para evitar pérdidas.
Y, por último, gestionar la incertidumbre financiera. Si la inflación vuelve a subir, los bancos centrales podrían aumentar los tipos de interés, lo que encarece la financiación de proyectos inmobiliarios y reduce los beneficios.
Alvarado va a tener que lidiar con el efecto boomerang de Trump. Las decisiones que toma a miles de kilómetros de distancia, en Irán, se le pueden devolver en su propio país en forma de incremento de precios en combustibles, energía en general, alimentos y construcción. Una guerra a miles de kilómetros puede terminar afectando a la obra de un hospital en Denver, una autopista en Texas o un complejo residencial en California. Y ejecutivas como Alvarado tendrán que gestionar ese nuevo escenario de costes, incertidumbre y presión financiera en un sector especialmente sensible a los cambios en la economía global.
