Los beneficios empresariales siguen creciendo. La economía estadounidense aguanta mejor de lo previsto. El petróleo ha caído por debajo de los 80 dólares tras el acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán y el S&P 500 se revaloriza en el año un 7%. Sin embargo, las siete magníficas (Apple, Microsoft, Nvidia, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla) han perdido cerca de tres billones de dólares de valor en bolsa solo en junio y van camino de cerrar su peor mes desde que se convirtieron en el gran motor de Wall Street.
La corrección no responde a un único motivo. Detrás aparecen valoraciones muy exigentes, un ciclo de inversión sin precedentes y un mercado que empieza a preguntarse quién comprará todas las acciones que vienen en camino.
La tensión empieza a sentirse también fuera del mercado. OpenAI, que había presentado la documentación para salir a Bolsa y llegó a plantearse una valoración cercana al billón de dólares, estudia ahora esperar hasta 2027 antes de dar el salto al parqué.
Altas valoraciones
La pregunta es lógica, pero llega con las tecnológicas todavía caras. El sector tecnológico del S&P 500 se paga en torno a 36 veces beneficios y el Nasdaq 100 ronda también las 35 veces, muy por encima de su mediana histórica, situada cerca de 25 veces.

No es el exceso de la burbuja puntocom, cuando el Nasdaq 100 llegó a superar las 100 veces beneficios incluso después de haber empezado a caer, pero sí deja poco margen para decepciones.
La comparación con los bonos tampoco ayuda. Si una empresa cotiza a 36 veces beneficios, su rendimiento por beneficios apenas supera el 2,7%. Dicho de otra forma, por cada 100 dólares invertidos, el beneficio anual que corresponde al accionista ronda los 2,7 dólares. Con el bono estadounidense a diez años todavía por encima del 4%, la prima por asumir riesgo bursátil se estrecha.
Ese problema se agrava si los tipos permanecen elevados durante más tiempo. Cuanto mayor es la rentabilidad de los bonos, más difícil resulta justificar múltiplos tan altos en compañías de crecimiento.
La IA como prueba de resistencia para el accionista
El segundo problema que aparece es el gasto. Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft tienen previsto invertir este año alrededor de 700.000 millones de dólares en IA. Goldman Sachs eleva la escala del fenómeno y calcula que la inversión anual vinculada a la IA puede alcanzar los 765.000 millones en 2026 y crecer hasta 1,6 billones en 2031.

El problema es cuándo llegan esos resultados en forma de beneficios para el accionista. Y ese “cuándo” pesa cada vez más en Bolsa. La inversión se está haciendo ahora, pero la mejora de productividad, en cambio, necesita tiempo, reorganización interna y cambios reales en la forma de trabajar de las empresas.
McKinsey señala que el uso de IA ya está muy extendido, pero que la mayoría de compañías todavía no ha llevado esos proyectos a escala suficiente para notar un impacto claro en sus cuentas. Esa brecha ya aparece en las encuestas empresariales. En Francia, según datos de Bpifrance, el 77% de las empresas medianas usa IA generativa, pero solo el 17% dice haber visto ahorro de tiempo o mejoras de eficiencia.
Por otra parte, cuando el retorno tarda más en aparecer, el mercado deja de mirar solo el tamaño de la inversión y empieza a fijarse en el precio al que podrá venderse esa IA.
La china DeepSeek ofrece algunos de sus servicios de IA a una fracción del coste de los grandes modelos occidentales, mientras Anthropic ha empezado a empujar versiones más baratas de Claude para ampliar su uso entre empresas. La adopción puede acelerarse si la IA baja de precio, pero esa misma rebaja obliga a preguntarse cuánto margen quedará para recuperar la inversión en chips, energía y centros de datos.

La demanda puede seguir creciendo y, aun así, el mercado puede empezar a discutir los múltiplos si sospecha que el precio final de la IA será menor de lo previsto.
Más acciones en circulación
El tercer riesgo está en la oferta de acciones. Durante años, las recompras que han llevado a cabo las grandes tecnológicas redujeron el número de títulos disponibles y ayudaron a sostener las cotizaciones. Ahora empieza a verse el movimiento contrario y las empresas están aprovechando valoraciones elevadas para emitir nuevas acciones o salir a bolsa.
La emisión neta de acciones de compañías no financieras volvió a terreno positivo en el primer trimestre por primera vez desde 2021. Y eso ocurrió antes de que SpaceX recaudara 86.000 millones de dólares en su salida a bolsa y antes de que Alphabet anunciara planes para captar 85.000 millones con una emisión propia.
Conviene recordar que durante la burbuja puntocom entre 1999 y 2000, y durante la fiebre de las SPAC en 2020, los vehículos cotizados que salían a bolsa para comprar empresas privadas, las salidas a bolsa y las emisiones secundarias se aceleraron al calor de valoraciones elevadas. La oferta aumentó porque la demanda de los inversores parecía dispuesta a absorberlo todo. Hasta que dejó de hacerlo.

