Profesiones imposibles

Raquel Díaz Rodríguez, árbitra: “Hoy ya no sorprende ver a una mujer con el silbato”

Después de 16 temporadas arbitrando en categorías nacionales, Raquel Díaz Rodríguez rompe cada fin de semana uno de los últimos techos del fútbol: el del arbitraje femenino

Durante décadas, el silbato en el fútbol fue un símbolo de autoridad casi exclusivamente masculino. Una prolongación del poder de decisión en un deporte concebido por y para hombres. A las mujeres se las relegaba a un papel secundario: la grada, el acompañamiento, la periferia del juego.

Esa escena, sin embargo, ha empezado a cambiar. Raquel Díaz Rodríguez forma parte de una generación que ha conquistado nuevos espacios en el deporte desde dentro. A sus 31 años, arbitra en Primera División femenina y en Tercera División masculina, con 16 temporadas de experiencia acumuladas. Una trayectoria que no empezó como una vocación clara, sino casi por casualidad.

“Siempre me ha gustado el deporte y he practicado varios; los que más hice fueron voleibol y fútbol durante varios años. El fútbol siempre me ha gustado mucho, jugar y verlo”, cuenta. El punto de inflexión llegó a los 16 años, cuando en su instituto vio un cartel anunciando un curso de arbitraje. “Decidí apuntarme con una amiga por probar y ver este deporte desde otra perspectiva y aprendiéndome bien las reglas”.

Raquel Díaz Rodríguez, árbitra.

Lo que empezó como una prueba se convirtió pronto en algo más serio. “Desde el primer momento me enganchó porque había muy buen rollo entre los compañeros, entrenaba y, aparte, ganaba algo de dinerillo para mis gastos”. Durante un tiempo intentó compaginarlo todo. “Los primeros años compaginaba un poco todo —fútbol, voleibol y arbitraje—, pero el tercer año ya me decidí solo por el arbitraje porque era muy difícil hacerlo todo y, aparte, estudiar”.

La progresión fue constante. “Poco a poco empecé a tener más partidos y de categorías cada vez más superiores, por lo que me motivé más a seguir”. Y llegaron los ascensos: “Un año decidieron llevarme a ascender a Tercera División de linier —que es lo que siempre me ha gustado ser— y otro año a Segunda División B, el cual también ascendí a Primera División Femenina”.

Hoy compagina ambos mundos con naturalidad. “La mayoría de los fines de semana arbitro en Primera División Femenina, en la que llevo ocho años, y el finde que libro suelo tener Tercera División Masculina”, explica. Entrena casi a diario y las exigencias son las mismas, no importa el género: “Los entrenamientos que hago me valen para ambas categorías porque nos piden las mismas pruebas físicas y técnicas en masculino que en femenino”.

Raquel Díaz Rodríguez, árbitra.

El arbitraje es una de las figuras más expuestas y cuestionadas del fútbol, y durante años ser mujer añadió presión. “Es cierto que el fútbol ha sido visto durante muchos años como un deporte principalmente de hombres, al igual que el arbitraje, y antes era más raro ver a una mujer arbitrando, por lo que sí que ha conllevado una presión extra porque estábamos más en el punto de mira. Cuando llegaba a algún campo a la gente le llamaba la atención y sí que he escuchado alguna vez comentarios como pues para ser chica no pitas tan mal”.

Ese contexto ha cambiado, al menos en parte. “Actualmente, en Primera Femenina no ocurre tanto porque llevamos ya unos años siendo mujeres las que arbitramos esta liga y ya es lo normal”. Aunque en el fútbol masculino, el escrutinio sigue siendo mayor: “Sí que a veces parece que el público se fija más en cómo lo haces por ser mujer, pero llevo muchos años arbitrando por las mismas zonas y ya me conocen, así que ya no les sorprende tanto verme a mí o a alguna compañera”.

En las gradas, el machismo no ha desaparecido del todo y a veces escucha comentarios hirientes. “Cada vez choca menos ver a una mujer arbitrando, pero todavía hay algunas personas con el pensamiento un poco más anticuado”, explica. “En alguna ocasión me han dicho que me vaya a fregar o a la cocina o cosas peores”. En su caso, subraya, estos comentarios han sido cada vez menos frecuentes, aunque sabe que otras compañeras han recibido insultos “bastante desagradables”. Para estas situaciones, recuerda, la RFEF ha desarrollado un protocolo que permite detener el partido si no cesan.

La anécdota que más le marcó ocurrió siendo más jóven. “Cuando tenía 19 o 20 años, arbitrando en un pueblo, una mujer del público me dijo ‘vete a fregar’”. Más que el insulto, le dolió quién lo pronunciaba: “Me dio entre pena e impotencia que me lo dijera una mujer”.

Dentro del campo, su experiencia ha sido distinta. “En cuanto a jugadores y técnicos nunca he sentido que me hablaran o trataran diferente que a mis compañeros hombres”. Tampoco dentro del colectivo arbitral: “Con mis compañeros árbitros no siento ningún tipo de discriminación, totalmente al contrario”. El trabajo y la exigencia son iguales para todos. “Hacemos las mismas pruebas físicas y exámenes y nunca he sentido que la valoración haya sido diferente por ser mujer, al igual que en el trato personal”.

Raquel Díaz Rodríguez, árbitra.

Cuando empezó, apenas había mujeres en categorías altas. “Es cierto que cuando yo empecé había muy pocas chicas en categorías altas masculinas”, recuerda. Aun así, tuvo referentes. “He tenido algunas con las que he tenido el placer de llegar a arbitrar y ahora son compañeras o incluso responsables”. También echa la vista atrás para medir el cambio: “El fútbol masculino lleva muchos más años de recorrido; el femenino tiene menos, pero poco a poco se están igualando ciertas cosas. Si echamos la vista atrás, personalmente sí que aprecio que han cambiado muchas cosas”.

A las niñas y adolescentes que sueñan con arbitrar, Raquel les lanza un mensaje directo: “Que no tengan miedo”. Porque quienes llegaron antes “no nos hemos rendido incluso en los momentos más difíciles” y porque ahora el camino está un poco más despejado. “Cada vez somos más y cada vez es más normal ver a una chica arbitrando incluso llegar a categorías altas”.

Hoy, ver a una mujer con el silbato ya no sorprende. Una normalidad conquistada a base del tesón de mujeres como ella.

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