En el imaginario colectivo, Agatha Ruiz de la Prada es sinónimo de color. De estampados imposibles. De una alegría visual que parece no agotarse nunca. Pero su día a día, contado por ella misma, va por otra vía: menos estridencia y más rutina. Más equilibrio que ruido.
En tiempos de agendas aceleradas, la diseñadora reivindica una vida práctica, casi doméstica, en la que el bienestar se construye con pequeñas decisiones repetidas a lo largo de los años.
La idea aparece en detalles muy concretos. No hay un manual rígido, ni una lista de hábitos perfectos. Hay costumbre. Y una coherencia que, en su caso, se traduce en desayunos que no cambian, movimiento sin grandes pretensiones y una relación con la belleza que prioriza aprovechar, terminar, no desperdiciar.
Un desayuno idéntico desde la infancia
Si hay un gesto que resume ese enfoque es el inicio del día. Agatha Ruiz de la Prada lo cuenta sin adornos: siempre desayuna lo mismo. Pan con aceite y Nescafé, como lo tomaba desde pequeña, igual que su madre. En una época obsesionada con el brunch elaborado y los desayunos de foto, su rutina suena casi subversiva por lo simple. No es una declaración estética: es una forma de estabilidad.
Ese tipo de repetición cotidiana tiene un efecto claro: reduce fricción mental. Si el primer movimiento de la mañana ya está decidido, el día arranca con una sensación de control. Para ella, además, hay un hilo emocional: el desayuno como tradición familiar, como gesto heredado, como una especie de ancla.
“El único deporte que practico es andar”
Agatha Ruiz de la Prada asegura que solo practica un deporte: caminar. Nada de rutinas complejas ni de objetivos atléticos. Andar. Una actividad accesible, sostenible y, sobre todo, amable con el cuerpo. Frente a la épica del esfuerzo, ella sitúa el valor del movimiento cotidiano.

Lo interesante es el marco que le pone. Dice que le encanta caminar por la ciudad y que, durante la pandemia, llegó a andar por Madrid más que nunca. No lo cuenta como una imposición, sino como descubrimiento: menos tráfico, otra manera de mirar las calles, una ciudad que, en su percepción, estaba “más bonita”. Caminar, en ese relato, no es solo ejercicio: es bajar el ritmo. Observar. Recuperar cierta atención por lo que pasa alrededor.
‘Skincare’ sin dogmas: gastar lo que ya existe
Su relación con la cosmética también se aleja de la idea de rutina minimalista y limpia que se vende como ideal. Agatha Ruiz de la Prada explica que, como tenía muchos frascos de cremas regaladas, ahora se aplica una detrás de otra, hasta una docena, para terminarlas. Lo justifica con una razón clara: lo hace porque se considera ecologista y no quiere tirar productos.
Puede sonar caótico, incluso excesivo. Pero en su lógica hay algo nítido: aprovechar al máximo. Terminar hasta la última gota. En un mercado de consumo rápido, donde lo habitual es comprar más de lo que se usa, su postura introduce un debate incómodo. Quizá el problema no sea si usamos “pocos pasos” o “muchos pasos”, sino si acumulamos sin sentido.
Ropa cómoda, sin castigos, como norma
Otra idea se repite: la comodidad. Agatha Ruiz de la Prada dice que lo más importante para ella es ir cómoda, hasta el punto de que en primavera ya empieza a ir con calcetines “hasta el verano”. Es una frase pequeña, pero encaja en una visión completa: la ropa no manda, acompaña. El estilo no debería doler.

Lo mismo aplica al calzado. Los tacones extremos quedan en segundo plano. Prefiere un zapato usado porque uno nuevo suele hacer daño. Y remata con una elección clásica que, en su mundo, funciona como salvavidas práctico: unos “ingleses elegantes” que te arreglan el día. Hay en todo eso un mensaje muy de fondo: a cierta edad, el mito de “para presumir hay que sufrir” pierde sentido. Y ella no parece tener nostalgia de esa época.
Comer en casa y convertir lo “especial” en especial
En lo alimentario, su rutina también rompe con la idea de vida social permanente en restaurantes. Agatha Ruiz de la Pradaafirma que le gusta ir a restaurantes, pero que normalmente come en casa y no necesita salir a uno cada día. Le interesa cambiar, probar sitios distintos, pero sin convertirlo en una obligación rutinaria.
El matiz es importante: no plantea una renuncia, sino una elección. Comer fuera como experiencia, no como automático. En la práctica, esa decisión también suele traducirse en más control sobre lo que se come y, de paso, en una forma de bienestar menos dependiente del ritmo exterior.
